Ahmed Haou, excondenado a muerte: "Yo mismo me condené a la guillotina en Marruecos"

Bárbara Ayuso

Ahmed Haou pasó 15 años en un corredor de la muerte marroquí. Tras ser liberado, lucha por la abolición de la pena capital en todo el mundo.

Bárbara Ayuso | 2013-06-08

La decisión era tan sencilla como cruel: su vida, o la de su familia. Cuando Ahmed Haou se paró ante las puertas de aquella comisaría marroquí, sólo quería que el Gobierno dejara de maltratar físicamente a sus padres. "Van a matarles", le dijeron. Para evitarlo, se habría declarado culpable de lo que fuera, pero dijo la verdad: él había escrito los pasquines que criticaban el régimen de Hassan II. La decisión estaba tomada: "Decidí rendirme. En ese momento me condené a mi mismo a la pena de muerte", explica a Libertad Digital. "Pero no lo sabía".

Los 15 años que siguieron a ese día, la vida para Ahmed consistió en esperar a la muerte en una celda de 1,5 x 1,5 metros. Aunque por aquél entonces los únicos delitos constitutivos de la pena capital eran la incitación a la guerra civil o el armamento de grupos violentos, pero él fue sentenciado a la guillotina. En los años de plomo, unos pasquines eran más que suficientes. "El cargo oficial fue atentar contra la seguridad del Estado", explica.

De las 5.475 noches que pasó en la prisión de alta seguridad de Kenitra (al norte de Rabat), Ahmed conserva todos los recuerdos con nitidez. La desnutrición, las torturas de los guardas. "No había ni siquiera servicios, sólo agujeros en el suelo de los que salían ratas sin parar". Pero sobre todo, jamás olvidará la eterna espera; el ruido que rompía el silencio del corredor en mitad de la noche: "Cada vez que escuchaba una puerta abriéndose pensaba, 'de acuerdo, es mi turno. Vienen a llevarme a la guillotina'", relata. Y lo pensó incontables veces, porque la puerta de su celda se abría con frecuencia, pero no para llevarle al patíbulo. Sólo para aterrorizarle, a él, y al resto de presos que habitaban la zona "B" de la prisión, donde las luces no se apagaban ni de noche ni de día. "Tenías que aprender a vivir sabiendo que cualquier día podían ejecutarte", explica.

Lucha por el abolicionismo

El día que más temió Ahmed nunca llegó. La presión internacional contra el régimen marroquí, las huelgas de hambre de los presos y la labor de las organizaciones internacionales lograron que en 1998 Ahmed volviera a ser un hombre libre. Ese mismo día decidió consagrar su vida a la lucha contra la pena de muerte en el mundo.

Sobreponiéndose a las secuelas físicas y psíquicas que aún arrastra - "sé que siempre voy a estar más cómodo en la oscuridad", confiesa- se integró en el Consejo Nacional de Derechos Humanos. La próxima semana participará en el V Congreso Mundial contra la Pena de Muerte que se celebrará en Madrid, donde compartirá su experiencia, pero sobre todo, su optimismo. "Por supuesto que hay esperanza en la causa abolicionista", señala, "ha habido avances que dan una luz de esperanza a los sentenciados a la pena de muerte".

Y no tiene más que remitirse a su caso. Porque Ahmed sabe que lo desgarrador de su testimonio es ya parte de un Marruecos del pasado. "Cuando yo estaba en el corredor de la muerte, no había ni la mitad de apoyo. Ahora hay mucha gente luchando contra la pena de muerte... sin ir más lejos, mira este Congreso", enfatiza.

Las manifestaciones contra los asesinatos cometidos en Casablanca en 1981 y los pasquines que repartió le llevaron al corredor de la muerte. "Hoy, en Marruecos están permitidas las manifestaciones y hay un mayor respeto por los derechos humanos", compara. Es un avance, pero tampoco para él es suficiente. Mohamed VI mantiene la pena de muerte, y "la mayoría de los condenados lo son por razones políticas", resalta. "No podemos decir que Marruecos es una democracia verdadera, como pueden ser España o Francia. Es un sistema transicional, vamos hacia la democracia ahora, pero nuestra Constitución aún tiene que avanzar más".

Aunque considera que su país es "de los más afortunados de la región" en materia de derechos humanos, Ahmed continuará luchando. Por las libertades desde el Consejo Nacional, y por la abolición de la pena de muerte en todo el mundo, su gran batalla. De momento, se apunta una gran victoria: Ahmed Haou confiesa que ha dejado de tener miedo.