Las tribulaciones del nacionalismo vasco en la España de la fragmentación

Mikel Buesa

Son muchos los que creen que, en la España de la fragmentación, los nacionalismos periféricos nadan como pez en el agua, de manera que todo son oportunidades para ellos. Están equivocados.

Mikel Buesa | 2019-03-28

Son muchos los que creen que, en la España de la fragmentación, los nacionalismos periféricos nadan como pez en el agua, de manera que todo son oportunidades para ellos. Están equivocados, porque la división del electorado de los partidos nacionales y su consiguiente debilitamiento incrementa poderosamente el nivel de incertidumbre al que han de enfrentarse los políticos nacionalistas. El caso del PNV es un buen ejemplo de ello, y el del independentismo catalán también, aunque, por ahora, no voy a entrar en su caso.

Tomemos, pues, al PNV y observemos su trayectoria durante la última legislatura. Tras la investidura de Rajoy, en la que los jeltzales votaron en contra, y pasado el huracán catalán, aplicación del 155 incluida, encontraron su oportunidad para hacer valer sus votos en el Congreso con ocasión de los Presupuestos de 2018. Ahí exprimieron en todo lo que pudieron a un Gobierno débil, proporcionándole la mayoría que necesitaba y sacando a cambio una muy generosa renovación del Cupo, unos buenos dineros en inversiones y otras prebendas, así como un muy importante apoyo del grupo popular en el Parlamento vasco para que Urkullu pudiera sacar adelante sus presupuestos con comodidad. Es cierto que no se contemplaron todos los temas de la agenda nacionalista, pero sí los más importantes. Y, por encima de todo, con ese pacto se delimitó una senda de estabilidad tanto para el Gobierno de España como para el de Euskadi.

Pero esto duró poco, pues en seguida vino la censura de Rajoy liderada por el doctor Sánchez y su oferta Frankenstein. En el PNV se valoró que, como por ensalmo, se abría otra oportunidad para empujar la aludida agenda, sobre todo en los temas más políticos, como el de las competencias penitenciarias y, con él, el de la generosa solución nacionalista a la cuestión de los presos de ETA. Y se pusieron a ello, traicionando los acuerdos precedentes con el PP casi sin coste, pues el asunto principal –el del nuevo Cupo– estaba ya resuelto y publicado en el Boletín Oficial del Estado.

Pero, en ese giro, lo que el PNV no tuvo en cuenta es que la fragmentación electoral de los partidos nacionales, de manera indirecta, reduce sus oportunidades. Y las consecuencias no se hicieron esperar. Para empezar, el PP vasco le retiró su apoyo, de modo que, sin él, Urkullu fue incapaz de sacar adelante sus propios presupuestos para 2019 y se ha visto obligado a prorrogar los del año anterior, entrando así en una senda, similar a la que tuvo que afrontar Ibarretxe, que acaba siendo esterilizante para cualquier proyecto político debido a las constricciones que la prórroga presupuestaria introduce en los programas de gasto.

Pero es que, además, también le fallaron sus cálculos con relación al comportamiento del nacionalismo catalán. Para el PNV, la idea de la reconducción del conflicto independentista hacia una senda de diálogo –que es lo que prometía el doctor Sánchez– resultaba óptima porque encajaba a la perfección con su propia pretensión de progresar por esa vía, lenta pero inexorablemente, hacia un proyecto confederal que diera satisfacción al separatismo vasco –también al catalán– y de paso redujera la influencia política de los herederos de ETA. Vana ilusión, porque lo que ha fallado en este caso es la alianza virtual con los seguidores de Puigdemont, en nada dispuestos a encontrar otra salida para sus pretensiones que la efectiva constitución de una república catalana reconocida por España. Y el resultado final, de momento, no ha sido otro que la ruptura del statu quo y la convocatoria anticipada de unas elecciones generales en el peor momento para los nacionalistas vascos. Estos, además, no podrán auparse sobre los catalanes para obtener representación en el Parlamento Europeo, con lo que muy probablemente se verán obligados a abandonar ese escenario tan necesario para sustentar su proyección internacional –y con el agravante de que Bildu sí lo consiga al asociarse con ERC y el Bloque Nacionalista Gallego–.

O sea que los jeltzales se han quedado compuestos y sin novia. De repente, todo ha fallado: el presupuesto y la estabilidad de su Gobierno en el País Vasco; el acuerdo que lograron con Sánchez para abordar una gran parte de la agenda vasca; sus posibilidades de estar en Europa. Ya se ve que, con un electorado fragmentado en la derecha y en la izquierda, la incertidumbre se extiende también hacia los nacionalistas. Pudiera ser que, si la derecha ganara las elecciones generales, las cosas fueran aún peor para el PNV. Todo dependerá de la posición que ocupe el PP –con el que, por cierto, podría ensayarse un nuevo pacto, pues no se olvide que ambos partidos, en el País Vasco, tienen en común su anclaje sobre el foralismo–, ya que si la influencia de Ciudadanos –y no digamos la de Vox– es amplia, los jeltzales tendrán por delante una larga y desértica travesía.