¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros?

Iván Vélez

La figura de Prim ha sido arrumbada por el separatismo catalán por razones perfectamente explicables.

Iván Vélez | 2019-01-03

Ocultos bajo una ropa mortuoria en la que se incluyó la pirámide masónica, los surcos que dejó el cuero de un cinturón sobre el cuello de la momia de Prim sirvieron para reconstruir lo ocurrido en los días posteriores a los disparos que se abrieron paso entre los copos de nieve que caían sobre la calle del Turco el 27 de diciembre de 1870. El objetivo de aquella munición era el más ilustre de los reusenses del siglo XIX. A Francisco Pérez Abellán, recientemente fallecido, debemos el conocimiento de las conclusiones obtenidas por la comisión multidisciplinar que él mismo dirigió. Un grupo capaz de acercarse a un cuerpo que no se corrompió debido a la gran cantidad de sangre que las balas hicieron manar de él. Conservado en un ataúd de plomo cubierto por madera y piedra, el cadáver conservó las marcas de una correa que probablemente apretó José María Pastor, jefe de escolta del general Serrano, verdadero inductor –apoyado por el duque de Montpensier– del magnicidio. Sobre la oscura piel momificada, los ojos de vidrio sostienen la mirada de aquel a quien Castelar describió del siguiente modo:

Su estatura regular, su actitud modesta, sus modales finos, su conjunto bien proporcionado. Tenía nervudos los brazos, fuerte el pecho, armoniosas y bien ordenadas las facciones, la mirada triste, la barba ni rala ni poblada, los labios finísimos y descoloridos, la tez amarillenta, y la sonrisa fría.

La inesperada muerte de Pérez Abellán ofrece la posibilidad de revisitar a Prim, figura que, como tantas otras, ha sido arrumbada por el separatismo catalán, tan presto a homenajear a cualquier catalán que haga gala de su visceralidad hispanófoba como hostil con aquel hijo de Cataluña capaz de manejar, con solvencia y sin complejos, los símbolos nacionales. Dentro de esta categoría, en la que podemos incluir a Salvador Dalí, figura destacadamente Juan Prim y Prats, de cuyos perfiles daremos algunas pinceladas.

Nacido en la tarraconense Reus fruto del matrimonio entre un notario, veterano de la Guerra de la Independencia, y una mujer perteneciente a una familia de comerciantes, Prim ingresó a los diecinueve años –a las órdenes de su padre– como voluntario en el primer batallón de los Tiradores de Isabel II. Al finalizar la Primera Guerra Carlista, el joven isabelino fue ascendido a teniente coronel mayor. Mientras en su uniforme lucían las conmemoraciones, su cuerpo atesoraba las cicatrices de ocho heridas de guerra. Calladas las armas, en 1843 participó en una conspiración para derribar a Baldomero Espartero, que abrió las puertas del poder a Narváez. De resultas de aquellas acciones fue nombrado conde de Reus y vizconde de un Bruch en el que todavía sonaban los ecos del tamborilero antifrancés.

A finales de 1847, Prim, firme partidario del proteccionismo, en el que tantos intereses catalanes había, fue nombrado capitán general de Puerto Rico, para regresar meses después a la Península debido al rigor legal con que trató de impedir una previsible rebelión negra impulsada por el abolicionismo francés. Ya en España, comenzó su carrera política como diputado del Partido Progresista. Muy enriquecido tras la boda con la mexicana, veinte años más joven, Francisca Agüero González, Prim prosiguió con su ascenso en la vida política española. Sin embargo, los campos de batalla seguían imantando al aguerrido tarraconense.

Las condiciones para el regreso al mundo militar eran propicias. A partir de la segunda mitad del siglo XIX, España cambió su política africana tratando de no perder comba con potencias que, como Francia, trataban de implantar un colonialismo cuyos efectos han mostrado su rostro más desagradable a principios del siglo XXI. A pesar de la firma de diferentes tratados, las cábilas rifeñas no habían cedido en su hostigamiento a las ciudades de Ceuta y, especialmente, Melilla. Todo ello determinó que el 22 de octubre de 1859 Leopoldo O'Donnell propusiera al Congreso de los Diputados la declaración de guerra, iniciativa que fue aprobada por unanimidad. Fuertemente avivadas por la prensa, las campañas del norte de África contaron con un gran apoyo popular. Vascongadas y Cataluña, viejos bastiones carlistas, aportaron grandes contingentes de voluntarios dispuestos a guerrear. En su discurso, O'Donnell, presidente del Gobierno, que tomó el mando del Ejército de África, dijo:

Firmes en nuestra razón y en nuestro derecho, el Dios de los ejércitos hará el resto.

Prim estuvo al frente de una división de reserva formada en Antequera, compuesta por cuatro batallones de infantería, dos de artillería y otros dos de ingenieros. Al mando de aquellos hombres, el de Reus protagonizó un episodio heroico. El 1 de enero de 1860 se produjo la decisiva batalla de Los Castillejos, a unos 10 kilómetros de Ceuta. Mientras la artillería despejaba un bosque, el brigadier Serrano cubrió el avance de Prim. Veinte mil combatientes se oponían al ejército español. En medio de un agotador combate, el Regimiento del Príncipe quedó rodeado en una colina. Exhaustos, los soldados mandados por nuestro hombre abandonaron sus mochilas para combatir con mayor ligereza. Fue entonces cuando Juan Prim protagonizó un hecho que es ya leyenda. Tras arrebatar la bandera a su abanderado, arengó a sus tropas según transcribió Pedro Antonio de Alarcón y reprodujo Antonio M. Carrasco González en su El reino olvidado:

¡Soldados! Vosotros podéis abandonar esas mochilas porque son vuestras; pero no podéis abandonar esta bandera, que es la de la Patria. Yo voy a meterme con ella en las filas enemigas… ¿Permitiréis que el estandarte de España caiga en poder de los moros? ¿Dejaréis morir solo a vuestro general?