Gobernar desde el lecho

Yanire Guillén

Antonio Escohotado viene a desflorar una discusión cada vez más inmadura, simplista y puritana, a la vez que nos introduce en su erudita fascinación por el mito con la mujer como protagonista.

Yanire Guillén | 2019-01-03

Antonio Escohotado viene a desflorar una discusión cada vez más inmadura, simplista y puritana, a la vez que nos introduce en su erudita fascinación por el mito con la mujer como protagonista. Notas sostenidas en los escritos más antiguos del mundo. Lo hace con un texto publicado originalmente en 1993, Rameras y Esposas. Un ensayo enfocado en la guerra de los sexos a través de cuatro mitos: Ishtar y Gilgamesh, Deyanira y Hércules, Hera y Zeus, María y José. Recientemente reeditado por La Emboscadura, es una lectura novedosa para muchos que descubrimos a Escohotado por sus monumentales Los enemigos del comercio o Historia general de las drogas. Su abordaje cobra una vigencia sustancial en esta edición, donde se adentra sin tapujos en espinosos temas como la prostitución y el feminismo radicalizado.

El trueque de sexo por bienes parece confirmarse una práctica primitiva que como especie nos define más de lo que, tal vez, estemos dispuestos a considerar. Y el festival sexual como costumbre nos acompañó durante siglos. Una lectura estimulante que, como mujer, me ha llevado a reflexionar mucho sobre el poder de la sexualidad femenina. Doncellas enloqueciendo a un Olimpo lleno de dioses. Madres maltrechas tratando de competir en mercados amurallados por diosas vestidas de placer. Escohotado ha despertado en mí una repentina curiosidad por el alcance de mi cuerpo (y de mi actitud) como emisor y receptor de dominio sensorial.

Desde Babilonia a Belén, visitando las alcobas donde se disputaba el auténtico mando de gobierno: el sexo. Leyendo este libro, experimentarán con él una divertida perplejidad.

Mientras escribía esta reseña recordaba la historia de Agnódice, un médico juzgado por dudosas prácticas que le granjeaban mucho éxito. Era tal el desfile de pacientes femeninas por su consulta que el resto de médicos le acusó de abusos sexuales. Pero Agnódice, que entró en la facultad de Alejandría con el pelo corto y vestida de hombre, se abre la túnica en pleno juicio y deja al descubierto sus atributos femeninos. El castigo por ser mujer y ejercer la profesión de médico era mayor que el de haber abusado sexualmente de sus pacientes. Pero con el gesto desató una rebelión de mujeres que reclamaban se les permitiera ejercer, pues para algunas cuestiones del cuerpo las mujeres preferimos hablar con mujeres. No pude evitar pensar en la encantadora Ishtar, la más sagrada de las rameras, que pasó a ser repudiada y, con ella, se llevó a todo el gremio por delante. En qué medida las alcobas han ido determinando el rol de género a lo largo de los siglos.

La pugna entre la ramera y la esposa la ganaba sobradamente la ramera, la hieródula gozaba de una veneración que no poseían la esposa y la madre. La ramera como funcionaria pública era sagrada. El mito de Ishtar y Gilgamesh es uno de los pasajes más apasionantes de la obra por el detalle con que el autor nos retrata una sociedad dionisiaca entregada al placer carnal. Es también una leyenda de transición que Escohotado nos alumbra así: "Lo venerable ya no es el caos líquido del orgasmo, sino un puente entre pasado y futuro: esa fecundidad organizada patriarcalmente que representa la esposa". Se vienen la Esposa y el amparo familiar.

El mito de Zeus introduce un elemento nuevo en las relaciones entre mujeres y hombres: el dios de dioses busca esposa y, lejos de decantarse por la belleza o la elocuencia de algunas postulantes, busca aquellos "merecimientos exigibles a una compañera perpetua": que sea una buena esposa, una madre ejemplar, que tenga voz propia y sea leal. La perpetuidad del amor, el placer de la familiaridad, el tupido velo de la confianza.

Deyanira, esposa de Hércules el héroe, el hijo de Zeus, libertador y aventurero, comprendía sus devaneos y no le impuso castigo, siempre y cuando no fueran rutinarios: la ramera, fuera de casa y de forma ocasional; la esposa, en el hogar, abastecida de legitimidad. Pero Hércules muestra remordimientos y se desempeña como esposo. Apunta Escohotado:

Es preciso que Hércules envejezca y sude por gusto, orgulloso de mantener a una esposa única y a su prole. La familia normal va a devenir, con tiempo y buenos oficios, una familia ejemplar.

El patriarcado parece irse consolidando como un "orden social perfecto" tras siglos de "caos líquido". La legitimidad por encima de la ambrosía.

La mujer inseminada por el Espíritu Santo. En el binomio María-Jesús, José es casi irrelevante. Una paternidad conformista, destronada; un hijo empoderado; una madre devota. José y María suponen una ruptura con la naturaleza de los mitos anteriores, no cabe en ellos la infidelidad ni se otorga a las necesidades del adulto más importancia que a las del niño. Se renuncia a saciar el placer y el capricho: viven por y para su hijo. El hijo es el nuevo rey. A él se le rinde devoción y sacrificio.

El mundo dionisiaco no sobrevivió al yugo romano: el mito ejemplar pasaría a ser el principio de la Inmaculada Concepción. Y así la mujer pasó de dominar al hombre mediante la exuberancia de su sexo a hacerlo manejando su escasez o racionamiento.

El ideal monogámico, sustentado en la fusión de la fertilidad y el recato, nos conduce a una sociedad que se corrompe en la clandestinidad. La domesticación de la naturaleza sexual de los seres humanos parece una empresa, efectivamente, frustrada. ¿Precisa el orden social de orden sexual?

La prostituta: de funcionaria pública al repudio

Escohotado reflexiona sobre el papel de la prostituta actual, desposeída de todo voluntarismo por una sociedad que se pretende impoluta. La frigidez y la premura por el cobro, la humillación, muchas veces mutua, entre prostituta y cliente. El mítico protagonista de la novela de Houellebecq Plataforma se queja de que los europeos ya no pueden disfrutar de la prostitución en Europa, se sienten humillados y despreciados, es el paradigmático consumidor de turismo sexual. Cuenta Escohotado que no era ese el trato ni la disposición de la ramera antigua ni es el de la geisha. En zonas donde no reina la ideología puritana (Asia, África o Latinoamérica), hay todavía prostitutas (rameras sagradas) que eligieron sin coacción su oficio.

¿Puede considerarse la guerra entre varones y hembras inconclusa? Tendrán ustedes que leer este libro y abrir en el debate de la lucha de sexos nuevos –o viejos– caminos cuyo tránsito se había despreciado y que ahora nos abre paso este ensayo de Antonio Escohotado.