El lodazal

Cristina Losada

Los que más gallean de que van a limpiar el lodazal son los que más se hunden en él. La limpieza que tiene que hacer Sánchez es la de sus establos.

2018-09-27

Después de las penúltimas filtraciones que ponen en duda la ética de uno de los miembros de su Gobierno, el presidente Sánchez dijo en Nueva York varias cosas de interés. De interés, sobre todo, porque su manera de defenderse de las dañinas revelaciones contradice su propia conducta política cuando estaba en la oposición. No ha pasado tanto tiempo como para que aquellas actuaciones se hayan olvidado. Y no es posible ignorarlas como si fueran intrascendentes. No hablamos de sus viejos y prosaicos tuits anunciando que iba a cenar o a dormir, que los duendes de la red social recuperan para regocijo del irreverente público, sino de una parte destacada de su política de oposición al Gobierno que ha derribado, por usar el verbo que empleaba el otro día la vicepresidenta.

"No nos va a marcar la agenda política ningún corrupto" y no se debe "hacer oposición a base de informaciones de un chantajista" son frases que bien pudo haber pronunciado Rajoy a la vista del seísmo político que provocó la publicación en el diario El Mundo de unos SMS que había intercambiado con el extesorero Luis Bárcenas, en aquel momento imputado por la trama Gürtel. Según el periódico, Bárcenas decidió sacar a la luz aquellos fragmentos de una conversación privada a raíz de que el portavoz del PP en el Congreso le llamara "delincuente". Las filtraciones de aquel delincuente marcaron la agenda política española de tal manera y por tanto tiempo, que dos años y medio después, en el cara a cara electoral entre Rajoy y Sánchez, éste "le repitió una y otra vez el ‘Luis, sé fuerte’ que Rajoy escribió en un mensaje de texto a Luis Bárcenas". Así lo recoge una crónica periodística del debate.

El presidente cree que las informaciones de un chantajista o un corrupto son material tóxico sin ninguna credibilidad, que contaminan al que las utiliza. El problema, su problema, es que no creía eso mismo hace pocos años. Entonces creyó las informaciones que proporcionó un corrupto y armó su oposición en base a ellas. De modo paralelo, la prensa que ahora llama a no facilitar la estrategia del chantajista corrupto dio cancha interminable a la estrategia de un corrupto chantajista. ¿Lo que valía contra el Gobierno Rajoy no vale contra el Gobierno Sánchez? Esto es como la escena de Casablanca: ¡qué escándalo, la prensa publica secretos que filtran gentes indeseables! ¡Y la oposición lo utiliza!

Doble vara de medir aparte, la cuestión es la veracidad. Si las grabaciones en las que aparece la ministra de Justicia no han sido manipuladas, si son auténticas, Dolores Delgado no puede seguir siendo ministra de Justicia. No por referirse despectivamente al juez Grande Marlaska, no por las expresiones que escandalizan a puritanos de ocasión y guardianes de la corrección política. Aquello que importa, lo que pone en cuestión su idoneidad para el cargo, es su cómoda relación de compadreo con personajes dedicados a la extorsión y el hecho de que, informada de alguna de sus actividades presuntamente delictivas, todo lo que hizo fue decir: "Éxito garantizado". Las grabaciones muestran que, siendo fiscal de la Audiencia Nacional, se relacionaba en términos de gran familiaridad con unos chantajistas, y celebraba el relato que éstos hacían de sus hazañas. La cartera de Justicia no debe estar en manos de una persona que exhibe esa laxitud moral.

El presidente Sánchez dijo también en Nueva York que "el Estado no acepta chantajes de nadie". Pero la ministra de Justicia no es el Estado. Afortunadamente. Ni siquiera el Gobierno del señor Sánchez es el Estado. Y el presidente del Gobierno, obviamente, no es el Rey Sol, al que se le atribuye la famosa frase. A quien más se parece ahora Sánchez, mira tú por dónde, es a Donald Trump. En especial, cuando dice, como acaba de decir: "Hemos venido a limpiar y vamos a seguir limpiando". Trump llegó a la Casa Blanca blandiendo un lema de ese estilo: Drain the swamp! Drenar el pantano significaba acabar con la corrupción de Washington, un clásico propósito del populismo estadounidense, muy antigubernamental. Pero lo que ha sucedido es que, lejos de drenar el pantano, Trump preside una de las Administraciones más cuestionadas por falta de ética de toda la historia moderna de EEUU. Parece una maldición. Los que más gallean de que van a limpiar el lodazal son los que más se hunden en él. La limpieza que tiene que hacer Sánchez es la de sus establos.