El sentimiento catalán

Cristina Losada

Lo más absurdo es creer que los sentimientos, por el hecho de ser sentimientos, merecen respeto. Un respeto inmediato, absoluto, sin preguntas.

Cristina Losada | 2018-07-19

Cada tanto alguien descubre que lo del separatismo catalán es un asunto sentimental. Que son los sentimientos los que, con fuerza irresistible, llevan a una parte de los catalanes al separatismo. Y los redescubridores, en posesión de la clave del misterio, concluyen que es tremendamente difícil que vuelvan de ahí, de esas "regiones donde la persuasión no puede entrar" como las describía Koestler, si desde el otro lado no se ofrecen buenos sentimientos. Sería más fácil si todo fuera por interés, por la pela y cosas por el estilo, pero al tratarse de sentimientos, se impone el tratamiento sentimental, cuya primera prescripción es no herir los sentimientos.

La entrada en escena del sentimiento junto al asunto catalán, la más notable al menos, fue en 1932, cuando las Cortes republicanas se pusieron a debatir el Estatuto de autonomía de Cataluña. Los dos discursos esenciales -y esencialistas- de aquel debate los pronunciaron José Ortega y Gasset y Manuel Azaña. Los dos hablaron del sentimiento. Ortega con poca simpatía, Azaña con más. El filósofo dijo ahí que "el problema catalán" era un problema perpetuo que no se podía resolver, sólo conllevar. Es lo único que se cita de aquel discurso suyo, pero es más interesante su descripción del problema.

Para Ortega, se trataba de un caso corriente de nacionalismo particularista, que consistía en "un sentimiento de dintorno vago, de intensidad variable, pero de tendencia clara que se apodera de un pueblo o colectividad y le hace desear vivir aparte de los demás pueblos y colectividades". La historia de pueblos como Cataluña e Irlanda, dijo, era un "quejido casi incesante". Los pueblos poseídos por el sentimiento aquel se veían abocados a un terrible destino por querer ser lo que no podían ser, "una pequeña isla de humanidad arisca, reclusa en sí misma", mientras la razón los forzaba a convivir con los otros y la evolución universal marchaba hacia unificaciones cada vez mayores. Ortega precisó que no todos los catalanes sentían aquella tendencia ni todos los que tenían el sentimiento estaban con las fórmulas políticas que preconizaban los nacionalistas. Pero "el problema catalán" eran los que querían "vivir aparte de España".

Azaña, que habló dos semanas después, pero tuvo muy presente lo dicho por Ortega, entre otras cosas para diferenciarse y superarle, no aceptó que el problema fuera insoluble ni suscribió la descripción del filósofo. "El problema que vamos a discutir no es un drama histórico, profundo, perenne", dijo. Pero después recorrió la historia de la constitución de España como Estado moderno como si hubiera sido un drama histórico, profundo y perenne. El asunto catalán lo insertó en un "problema orgánico del Estado español", cuya responsabilidad era de la monarquía. La República lo podía solucionar, como "problema político" que era. La Constitución contenía las bases para "resolver las divergencias históricas peninsulares". No bastaba, eso sí, "variar el sistema político"; había que variar "la política del sistema". Era preciso rectificar la línea histórica de la que se procedía. No se podía hacer lo que había hecho la Revolución francesa, que destruyó un régimen, pero en política interior, debido al triunfo del "unitarismo centralizador jacobino", fue "fiel cumplidora y ejecutora de la política de Luis XIV".

Para Azaña, "la realidad es el hecho de los sentimientos diferenciales en las regiones de la Península". Podía haber existido una "política de asimilación", aunque le hubiera parecido "un empobrecimiento de la riqueza espiritual de España". Pero fuera como fuese, no la hubo. Lo que hubo fue una Corona despótica y absolutista. Y lo que teníamos, por tanto, eran los diferentes sentimientos. Claro que luego resultaba de sus propias palabras que no todos aquellos sentimientos tenían la misma entidad. No todos los sentimientos eran sentimientos, como expuso aquí:

"La diferencia política más notable que yo encuentro entre catalanes y castellanos está en que nosotros los castellanos lo vemos todo en el Estado y donde se nos acaba el Estado se nos acaba todo, en tanto que los catalanes, que son más sentimentales, o son sentimentales y nosotros no, ponen entre el Estado y su persona una porción de cosas blandas, amorosas, amables y exorables que les alejan un poco la presencia severa, abstracta e impersonal del Estado".

Este párrafo de aquel discurso de Azaña, que años después diría pestes de los nacionalistas catalanes, condensa el mito del "sentimiento catalán" que ha llegado hasta nuestros días. Lo condensa muy bien precisamente por el aliento literario del autor, que empleó su talento para dotar de cuerpo emotivo a la finalidad política que tenía en mente: resolver el problema que quería resolver (y que no resolvió). Pocas cosas han hecho más por crear y consolidar ese mito del sentimiento que la literatura. Y no la buena, como la de Azaña, sino la mala. Cuanto peor la literatura, como la de Pujol, más ha engordado el mito inacabable.

En 1932, dos cabezas de primera se metieron en el fango sentimental para razonar la autonomía de Cataluña. Qué gran error. Pero qué decir de los que hoy dan por hecho que ese fango es el primigenio y creen que los sentimientos sólo pueden ser naturales. Como si brotaran ellos solitos. Como si no se pudiera poner la semilla y cultivarlos. Como si el catalanismo y el nacionalismo no hubieran tenido arte ni parte en la aparición de los sentimientos. Aunque lo más absurdo es creer que los sentimientos, por el hecho de ser sentimientos, merecen respeto. Un respeto inmediato, absoluto, sin preguntas.

Cuando se trata del sentimiento, cuidado, porque el sentimiento no hay que herirlo. Y lo que hemos visto estos años ha sido, por parte de muchos, una gran inclinación respetuosa ante los sentimientos del separatismo catalán. Un respeto reverencial. Hasta ha habido quienes recetaron como antídoto para el golpismo que mostráramos todos lo mucho que queremos "a Cataluña" y, en realidad, al nacionalismo que preparaba el intento cruel y calculador de separación.

Los sentimentales dan por sentado no sólo que los sentimientos son naturales, sino que también son buenos. ¿Y qué pasa con los malos sentimientos? El odio es un sentimiento. El resentimiento ya lo dice. El racismo es un sentimiento. Esos sentimientos, que son la raíz nutricia del sentimiento separatista catalán, no merecen ningún respeto. Merecen ser expuestos como lo que son: malos y despreciables. Pero los que descubren cada tanto que el separatismo es un problema sentimental, no suelen descubrir esos sentimientos despreciables. Así, lo que prescriben es una vuelta al error.