Intrusos en nuestras vidas

Eduardo Goligorsky

Ha llegado la hora de legalizar, sin subterfugios, la eutanasia y el suicidio asistido.

Eduardo Goligorsky | 2018-04-27

Cuando escribo sobre temas relacionados con la Iglesia Católica procuro medir mis palabras. Nunca he ocultado mi condición de ateo, pero evito cargar mi ateísmo de contenidos ofensivos para los creyentes, tal como hacen muchos progres, gentes que terminan practicando una caricatura de la religión que combaten, con el auxilio de la escoria rapera y otros descerebrados. En general me desentiendo de las polémicas sobre temas ajenos al universo de la razón y trato de entender y respetar los motivos que impulsan a muchas personas a pensar en forma distinta u opuesta a como lo hago yo. Solo saco a relucir mis argumentos críticos –afines a los de Voltaire y Bertrand Russell– cuando esas personas intentan utilizar la religión como trampolín para legislar coactivamente y crear una sociedad moldeada a su gusto y paladar. Quienes proceden así son intrusos en nuestras vidas. Los expulsamos de ellas para proteger nuestros derechos civiles y sociales.

Colaboración descarada

La intromisión puede ser de naturaleza política, aunque tenga cobertura religiosa. José García Domínguez la corta de raíz cuando escribe "Ni un euro para la Iglesia Católica" (LD, 18/4). No reniega ni blasfema. Sencillamente denuncia la colaboración descarada del clero catalán con la subversión secesionista: desde la jerarquía de la Conferencia Episcopal Tarraconense con sus comunicados hasta los curas trabucaires con la estelada en el campanario. A lo que se suman, para más inri, los silencios cómplices y las consignas equívocas de la Conferencia Episcopal Española acerca de los derechos de un mítico "pueblo catalán".

Tampoco se hizo acreedora a ese euro la Iglesia de la comunidad vasca, cuyos obispos han confesado, después del tramposo mea culpa de ETA (LV, 21/4): "Somos conscientes de que también se han dado entre nosotros complicidades, ambigüedades, omisiones por las que pedimos sinceramente perdón". Fueron más que "complicidades, ambigüedades, omisiones": hubo curas que se negaban a oficiar funerales por las víctimas de ETA y daban refugio a los terroristas en sus templos, mientras José María Setién, obispo de San Sebastián, calificaba a los asesinos de "revolucionarios" y pedía que se negociara con la banda aunque esta siguiera matando.

Insensibilidad dogmática

Esta propensión de la Iglesia Católica a implicarse en tejemanejes tenebrosos –de los que aquí solo cito unos pocos que nos perjudican directamente a los ciudadanos españoles de distintas comunidades– hace que sean poco creíbles discursos populistas como los del Papa argentino. Sobre todo cuando este exhibe urbi et orbi una insensibilidad dogmática ante los padecimientos de criaturas indefensas. Esta vez la intromisión en las vidas ajenas no es de índole política sino atrabiliaria.

El papa Francisco está empeñado en prolongar la vida vegetativa de Alfie Evans, de casi dos años, víctima de una enfermedad neurodegenerativa de origen desconocido que ha culminado en un coma irreversible (LV, 21/4). Desde diciembre del 2016 sobrevive conectado a un aparato de respiración artificial. En el mes de febrero el Tribunal Supremo del Reino Unido autorizó que el niño fuera desconectado después de que los médicos del hospital pediátrico Alder Hey, de Liverpool, informaran de que seguir con el tratamiento era "cruel, injusto e inhumano".

El Papa empecinado

Pero el Papa se ha empecinado en mantenerlo con vida y trasladarlo, con la colaboración del desquiciado Gobierno italiano, al hospital Bambino Gesù de Roma, que depende del Vaticano. Allí, prosigue la crónica, "aunque no se proponen curarlo, porque parece ser imposible, quieren cuidar de él. El tratamiento que proponen consiste en una hidratación básica y una traqueotomía para ayudarle a respirar". Los padres del pequeño, alentados por el persistente pontífice Francisco, siguen apelando a distintos tribunales, que siempre rechazan sus peticiones atendiendo a las razones de los médicos: seguir con el tratamiento sería "cruel, injusto e inhumano". Francisco ya había montado, sin éxito, otro show morboso en torno al bebé desahuciado Charlie Gard. En cambio, los miles de niños, jóvenes y adultos que mueren rutinariamente víctimas de hambrunas, guerras y pestes no son tan aptos para el postureo mediático como los escogidos por su excepcionalidad emocional.

Es ilustrativo verificar que el papa Pío XII, muy controvertido por su relación preferencial con el régimen nazi, era más sensible al dolor humano que Jorge Mario Bergoglio, apóstol de la pobreza como antídoto para combatir el hedonismo y el consumismo que él aborrece. Pío XII se pronunció contra el encarnizamiento terapéutico cuando respondió, el 24 de febrero de 1957, a un cuestionario que le envió el IX Congreso Nacional de la Sección Italiana de Anestesiología. Sin dejar de hacer la apología del martirio y del sufrimiento de la carne, dejó un resquicio para la misericordia:

Nos preguntamos:"La supresión del dolor y del conocimiento por medio de narcóticos (cuando lo reclama una indicación médica), ¿está permitida por la religión y la moral al médico y el paciente (aun al acercarse la muerte y previendo que el empleo de narcóticos acortará la vida)?". Se ha de responder: "Si no hay otros medios y si, dadas las circunstancias, ello no impide el cumplimiento de otros deberes religiosos y morales, sí".

Abuso imperdonable

El papa Francisco tiene derecho a optar, si su doctrina es más inflexible que la de Pío XII, por el encarnizamiento terapéutico. También lo tiene a predicar esta opción entre sus feligreses. Pero tanto él como sus correligionarios obedientes incurren en un abuso imperdonable cuando intentan hacernos marchar a todos –creyentes, no creyentes y devotos de otras religiones– al compás de sus dogmas.

La sociedad española, cada vez más parecida a las de su entorno occidental, ya no es lo que era. Informa La Vanguardia ("Aún menos creyentes", 18/4):

Las personas que han superado los 70 no deben salir de su asombro cuando leen que solo el 22 % de las bodas en España se celebra bajo el rito católico, que la mitad de los bebés no son bautizados o que la confirmación ha quedado reducida a un pequeño grupo de fieles.

Agrega el artículo, entre muchos otros datos, que "las nuevas generaciones son cada vez menos creyentes". Entre los 18 y 24 años se declaran religiosos practicantes el 3,4% y no creyentes el 47,7%; entre los 25 y los 34 años las cifras son el 3,3% y el 43,0%, respectivamente. Solo por encima de los 65 años se invierte la relación: 26,7 % de religiosos practicantes frente a 8,4 % de no creyentes.

Sobrevive un tabú

Los cambios en las creencias se reflejan en las costumbres y las leyes, y viceversa. La legalización del aborto y de los matrimonios homosexuales es la prueba de ello. Solo sobrevive un tabú: los intrusos en nuestras vidas frustran, uno tras otro, todos los proyectos de ley de eutanasia y suicidio asistido.

La campaña monomaníaca del papa Francisco encaminada a prolongar contra natura el sufrimiento del niño Alfie Evans es un ejemplo extremo del fanatismo con que los nostálgicos del poder absoluto quieren gobernar nuestra vida y nuestra muerte. Por ahora, y mientras los partidos políticos liberales y regeneradores no pierdan el miedo a los grupos de presión inmovilistas, estamos a merced de los intrusos que atribuyen virtudes purificadoras al dolor. Según la Organización Médica Colegial (OMC) y la Sociedad Española de Cuidados Paliativos (Secpal), "el 60 por ciento de los españoles que necesitan atención paliativa no la reciben y unos 60.000 ciudadanos afrontan cada año la etapa final de su vida con sufrimientos que serían evitables" (LV, 1/3/2017).

Tampoco el testamento vital, no obstante ser un paso positivo, despeja totalmente el camino: solo contempla los casos de enfermos terminales y deja en el limbo a quienes están condenados al tormento perpetuo de la parálisis u otros tipos de incapacidad, o a la decadencia física o psíquica, y desean librarse de ella. Subrayo: solo si desean librarse de ella. Según la encuesta del CIS (LV, 16/1/2016), el 73,6 por ciento de los españoles es partidario de eliminar este limbo y afrontar la realidad. Tal como sostiene la asociación DMD (Derecho a Morir Dignamente), creada por el añorado pensador Salvador Pániker, ha llegado la hora de legalizar, sin subterfugios, la eutanasia y el suicidio asistido.

Espectros del oscurantismo

En una sociedad abierta como la nuestra, es inobjetable el derecho de la Iglesia Católica y de otros cultos o escuelas de pensamiento a inculcar a sus fieles o adictos las normas de vida que consideran más puras, sanas o justas. Pero cuando explotan prejuicios arcaicos para convertir esas normas particulares de conducta en leyes de cumplimiento obligatorio para todos los ciudadanos resucitan los peores espectros del oscurantismo.

Esta misma sociedad abierta ha demolido, uno por uno, los tabúes que la aprisionaban. Solo se mantiene en pie el que niega el derecho a la muerte digna, apuntalado por los intrusos en nuestras vidas. La experiencia pronostica que este también caerá. ¿Qué esperan los legisladores sensibles a las corrientes ilustradas de la historia para librarnos sin más tardanza de esta tortura anacrónica? Déjennos vivir y morir en paz.