¿Es el neoliberalismo la raíz de todos nuestros problemas?

Juan Ramón Rallo

La verdadera alternativa revolucionaria a día de hoy no es un estatismo neoliberal mucho más agresivo que el actual.

Juan Ramón Rallo | 2016-05-10

El activista George Monbiot ha escrito un artículo que ha alcanzado una enorme popularidad en la red: "Neoliberalismo: la raíz ideológica de todos nuestros problemas". El título es suficientemente descriptivo de su propósito: culpar al sistema político-económico "neoliberal" de casi todos los males de la humanidad. Acaso el problema inicial de la columna de Monbiot resida en que el término "neoliberalismo" no aparece directamente descrito en ninguna parte del texto y que, en realidad, se lo pretenda equiparar con otras corrientes políticas sí mucho mejor definidas y perfiladas como el liberalismo clásico o el liberalismo libertario.

Pero ello, voy a estructurar esta réplica en dos partes: en la primera, trataré de inferir a qué se refiere Monbiot con "neoliberalismo", distinguiéndolo en todo caso del liberalismo clásico y del liberalismo libertario; en la segunda, explotaré los males que Monbiot achaca al neoliberalismo para analizar si pueden imputárseles de algún modo al liberalismo clásico o al liberalismo libertario.

¿Qué es el neoliberalismo?

Tras revisar 148 ensayos académicos, los politólogos Taylor Boas y Jordan Gans-Morse llegaron a la conclusión de que el término "neoliberalismo" suele emplearse mucho por parte de los teóricos contrarios a los mercados libres pero casi nunca aparece definido como tal: "El significado de neoliberalismo jamás se debate y a menudo ni siquiera se lo define. Como consecuencia, no es que nos hayamos encontrado con demasiadas definiciones, sino con demasiado pocas". Además, como decíamos, no se le da un uso como etiqueta neutra, sino que tiende a ser empleado mayoritariamente por personas que se oponen a los mercados libres: "Los resultados de nuestro análisis de ensayos académicos confirman que el uso negativo del término ‘neoliberalismo’ supera amplísimamente sus usos positivos". De ahí que ambos politólogos consideren que hoy el concepto de "neoliberalismo" no sea más que un slogan antiliberal vacío de contenido distintivo.

En su artículo, Monbiot sigue una estrategia parecida: no describe qué es el neoliberalismo salvo por algunos rasgos que le imputa. Ahora bien, lo que sí intenta hacer Monbiot es atribuir las características de su "neoliberalismo" al liberalismo clásico o al liberalismo libertario. De hecho, muchos de los autores a los que califica como neoliberales (Mises o Hayek) son simplemente liberales. Por eso, permítanme que aclare por qué los rasgos del neoliberalismo de Monbiot no definen en absoluto al liberalismo:

En definitiva, las características que Monbiot imputa al neoliberalismo no encajan en absoluto con el liberalismo. De hecho, si alguna vez ha existido un pensamiento "neoliberal" éste ha sido el desarrollado a partir de las propuestas de Alexander Rüstow, en la llamada "economía social de mercado": un programa político (regulación de la competencia, lucha contra la desigualdad, planificación industrial, aseguramiento obligatorio de los ciudadanos, educación estatalizada…) que, paradójicamente, se parece mucho al que ambiciona toda la socialdemocracia europea (por eso no es de extrañar que, como dice Monbiot, el Partido Laborista y el Partido Demócrata lo hayan abrazado en Reino Unido) e incluso, aunque no sea demasiado consciente de ello, a aquel que el propio Monbiot promueve.

¿La raíz de nuestros problemas?

Una vez aclarado que el liberalismo clásico o el liberalismo libertario no tienen nada que ver con el neoliberalismo del que habla Monbiot, ya podríamos dar por concluido el artículo. Si para Monbiot todos los problemas de la humanidad derivan del neoliberalismo y el neoliberalismo es no-liberalismo, entonces los liberales seguimos estando fuera del foco de sus acusaciones. Sin embargo, podemos continuar analizando la tesis de Monbiot para reflexionar si los males que denuncia son atribuibles al neoliberalismo y si su solución pasa por una mayor intervención del Estado y no por una mayor libertad política y económica.

Antes, sin embargo, ofreceremos una definición de lo que vamos a entender por neoliberalismo, agrupando algunas de las características que Monbiot le atribuye y aquellas que Rüstow consideraba imprescindibles. Definiremos neoliberalismo del siguiente modo: "neoliberalismo es un sistema político tecnocrático donde las élites estatales se encargan monopolísticamente de definir y de gestionar el bien común; para el neoliberalismo, el bien común en materia económica pasa por respetar la institución del mercado (con numerosas regulaciones dirigidas presuntamente a corregir sus defectos), pues de esa manera se maximiza la producción; en materia social, el neoliberalismo defiende una organización de los servicios públicos administrados directa o indirectamente por el Estado para así redistribuir parcialmente la producción que ha generado el mercado". Tomando esta definición, será fácil coincidir en que, como dice Monbiot, todo Occidente está inmerso hoy en un sistema neoliberal. Así pues, ¿en qué medida los males sociales que denuncia son consecuencia del neoliberalismo dominante?

En definitiva, según qué definición adoptemos de neoliberalismo, sí cabrá hallarlo en la raíz de muchos de los males de la modernidad. Tal vez no como el único o determinante factor, pero sí como uno de lo que refuerzan ciertas tendencias negativas. Ahora bien, debe quedar bien claro que neoliberalismo es no-liberalismo: toda la responsabilidad que pueda tener el neoliberalismo en la gestación de esos males la tiene en la medida en que se separa de los presupuestos del liberalismo clásico o del liberalismo libertario. De hecho, y paradójicamente, lo que Monbiot propone —ni socialismo ni capitalismo— no es una alternativa al neoliberalismo dominante, sino una reafirmación del mismo. Lejos de reconocer el fracaso de sus propias ideas, Monbiot opta por construir un muñeco de paja al que imputarle la responsabilidad de ese fracaso. Una simple huida hacia adelante para no reconocer que el neoliberalismo —la economía social de mercado— no es más que otro rostro de la fallida socialdemocracia europea. La verdadera alternativa revolucionaria a día de hoy no es un estatismo neoliberal mucho más agresivo que el actual, sino regresar a los principios fundacionales del liberalismo.