El dictador perfecto

Santiago Navajas

Un 'totalitarismo light' como el de Singapur es la amenaza más clara contra el liberalismo

Santiago Navajas | 2015-03-29

Lee Kuan Yew nació en 1923. Fidel Castro, en 1926. Kuan Yew fue primer ministro de su país en 1959. Fidel Castro, ídem. Vidas paralelas, ambos licenciados en Derecho, encarnan dos modos muy distintos de ejercer una dictadura. La vía capitalista de Kuan Yew ha llevado a que la polis de Singapur haya pasado de una situación tercermundista, con menos de 500 dólares per cápita, a situarse como uno de los países más ricos del planeta, con cerca de 60.000 dólares. La alternativa de Castro, por el contrario, también se ha incrementado, pero sólo de 2.000 a 4.000 dólares.

Lee Kuan Yew ha muerto recientemente pero su dictablanda se ha convertido en un asunto familiar. Ahora es uno de sus hijos el que lo dirige con mano dictatorial en guante capitalista. En Cuba, el asunto familiar se dirime entre hermanos, de Fidel a Raúl.

El dirigente singapurense, que condujo a su país de la pobreza a la riqueza en apenas un par de generaciones, contaba con una ventaja geoestratégica fundamental, al estar situado Singapur en pleno Estrecho de Malaca. Pero lo relevante para ese crecimiento espectacular han sido las políticas económicas de Kuan Yew, inequívocamente liberales al estar basadas en un mercado abierto que estimula la competitividad y la innovación. Sin embargo, este liberalismo económico se ha logrado desde un paradójico paternalismo que condujo a planificar el capitalismo desde una Junta de Desarrollo Económico con unos postulados de regulación flexible liberales: fuerte protección de los derechos de propiedad, seguridad jurídica, efectivo cumplimiento de las leyes contra la corrupción. Tanto el Índice de Libertad Económica como el de Transparencia política sitúan a Singapur en todo lo alto del podio capitalista. Con una presión fiscal muy baja y un gasto público reducido, Singapur podría pasar por el modelo liberal perfecto.

Pero desde el punto de vista político Singapur es profundamente antiliberal. En el Índice de Democracia de The Economist se situaba entre los regímenes híbridos en 2012, con elementos tanto democráticos como dictatoriales. En el mismo pelotón, para que se hagan una idea, que Venezuela o Marruecos (en la última entrega de 2014 ha mejorado algo esta calificación). El Partido de Acción Popular compite en unas elecciones libres, pero en realidad es tal su poder sobre la sociedad, y tantos y tan variados los mecanismos de controlar a los ciudadanos, que dicho voto es cautivo. De ahí que Reporteros sin Fronteras coloque a Singapur en el puesto 150 de 180, mientras que Freedom House especifica que, por lo que respecta a internet, sólo es parcialmente libre y que en absoluto hay libertad de prensa.

Por otro lado, cabe pensar que la mayor parte de los ciudadanos votan al PAP por convencimiento, en el sentido de que una menor libertad política se sacrifica con contento a cambio de una prosperidad y una riqueza indiscutibles. Parafraseando el dicho popular, "dame pan y llámame esclavo".

El Singapur de Lee Kuan Yew es uno de los infinitos caminos de servidumbre contra los que advertía Hayek en su obra homónima. En este caso, un camino de servidumbre de baldosas chapadas en oro donde al final se encuentra un viejecito de apariencia tan benévola como el siniestro Mago de Oz, sólo que con ojos rasgados. El despotismo ilustrado ha sido una tentación tenebrosa para el liberalismo. El mismo Immanuel Kant glosaba elogiosamente la figura de Federico II en su opúsculo ¿Qué es la Ilustración? Pero Kant lo hace precisamente en cuanto que Federico favorecía la libertad política, que es aquella que permite que un hombre se transforme en ciudadano y deje de ser súbdito.

Este totalitarismo light (la propaganda turística lo pinta como un paraíso de orden, cordialidad y limpieza. También lo es, según los indicadores internacionales, de educación y sanidad), a través de una ingeniería social de corte capitalista y orientación pragmática, es la amenaza más clara contra el liberalismo, ya que propone una oferta al estilo Corleone: cesión de libertades políticas y de autonomía moral a cambio de prosperidad económica.

Y con la excusa de los valores orientales (un mito muy conveniente refutado por el economista indio Amartya Sen) finalmente sería el modelo hobbesiano de Estado total el que se impondría sobre el de Locke, de un Estado limitado, donde vale la pena ser más pobre a cambio de ser más libre. Comentaba el finado:

A menudo se me acusa de interferir en la vida privada de los ciudadanos. Si no lo hiciera, no estaríamos hoy aquí (...) Los occidentales aprecian las libertades individuales, pero mis valores, como asiático de influencia cultural china, abogan por un gobierno que sea honesto, eficaz y eficiente.

Ahora va a resultar que Platón o Heidegger, Rousseau o Hobbes, o todos los votantes del Frente Nacional o Syriza, son nuestros asiáticos. Al final lo que importará no será si el gato es negro o blanco, sino que no sabremos si estará como el de Schrödinger.