PP y PSOE, el fatal inmovilismo

Juan Carlos Girauta

Las dos formaciones mayoritarias no perciben y, por ende, no explican que en Europa se está acelerando la historia.

Juan Carlos Girauta | 2014-04-13

Contra lo que cree el responsable de Agricultura Arias-Cañete, que ejerce de candidato en las conferencias de prensa posteriores al Consejo de Ministros siguiendo la costumbre socialista que tanto criticó la derecha, lo menos interesante de esta campaña es el debate entre los dos principales partidos españoles. A este afable abogado del Estado, experto en el laberíntico mundo de las subvenciones bruselenses, el cuerpo no le pide campaña, así que su concesión a discutir con el PSOE (solo) tampoco es del todo creíble. En calle Génova impera un principio expuesto con crudeza por la señora De Cospedal: fuera del PP no hay nada. Por eso la designación de candidato –que conlleva siempre una delegación de interlocución– ha resultado tan enojosa para el presidente del Gobierno. Si es cierto que fuera del PP no existe nada, las candidaturas y los períodos electorales no interesan. En esa lógica, no es extraño que el PP plantee su campaña como un soliloquio, como una formalidad molesta, como un trámite administrativo.

PP y PSOE ven las elecciones europeas como una encuesta orientativa de interés estrictamente doméstico. Si Cañete supera a Valenciano, el partido en el Gobierno consolida su hegemonía a menos de dos años de las generales. Si Valenciano supera a Cañete, el padrino de doña Elena, Rubalcaba, se consolida a sí mismo dentro del quebradizo y delicuescente Partido Socialista, aleja un poco más a la desaparecida Chacón y se presenta como el factor de la recuperación de la izquierda. De eso tratan las elecciones europeas para la izquierda y derecha convencionales: de reflotarse ellos. La primera para sobrevivir, que viene de un naufragio. La segunda para atenuar el impacto de haber gobernado –de estar gobernando– fuera de su programa, fuera de su identidad y fuera del cumplimiento de los objetivos europeos.

Las dos formaciones mayoritarias no perciben y, por ende, no explican que en Europa se está acelerando la historia. Que existe Ucrania. Que el Estado de Bienestar será europeo o no será. Que la presión demográfica africana no va a aflojar. Que los tecnócratas seguirán sirviendo para repartir ese 40% del presupuesto comunitario entre los agricultores europeos, y bien está, pero que son los menos indicados para la Política con mayúscula ante el gran choque de tendencias que se producirá durante la próxima legislatura europea. En Europa es el momento de la política de grandes miras; de lo que suceda esta legislatura dependerá que se avance en el proyecto de integración o que el continente, en un lamentable vuelco, regrese a sus fantasmas nacionalistas, a las fronteras internas, a la xenofobia y a los intereses mezquinos sobre el interés general.

A muchos sorprende que no exista en España un partido eurófobo. No lo necesitamos porque todas las pulsiones destructivas del siglo XX yacen aquí bajo el nacionalismo localista (que insiste, mendaz, en su europeísmo) y crecen a la sombra del fatal inmovilismo de la izquierda y la derecha convencionales. ¿Y por qué es mejor la integración, el horizonte de los Estados Unidos de Europa, que la vuelta al proteccionismo y la cesión de todo el protagonismo político a las formaciones anti europeas? Hay mil razones; escojo una, ilustrativa: si la Unión Bancaria hubiera llegado un poco antes, la descomunal rebatiña de las cajas de ahorros por parte de unos consejos obscenamente politizados, con toda su red de favores a amigos constructores, a amigos promotores y amigos vendehúmos, no hubiera sido posible. Nuestro sistema financiero no tendría que haber sido rescatado. El dogma de que un banco no puede liquidarse no se habría impuesto; todo lo contrario: se habría utilizado el Mecanismo de Resolución. ¿Les parece una razón pequeña para apostar por la integración?