Ucrania o el declive del imperio americano

José García Domínguez

La idea tan celebrada de que modernización y occidentalización resultan sinónimos no era más que otra piadosa falacia

José García Domínguez | 2014-03-18

Acaso el rasgo más inesperado del mundo que surgió tras la caída del comunismo sea que el pensamiento utópico, lejos de desmoronarse con el muro de Berlín, se desplazó a la derecha para emerger con mayor fuerza aún. La gran quimera marxista, el sueño de un universo igualitario regido por la fe ilustrada en el progreso, sería sustituida por la gran quimera del laissez faire, el sueño no menos adánico de la expansión planetaria del libre mercado y su expresión política, la democracia liberal. El cuento de hadas sobre el que se asienta el discurso de la globalización parte de ese inopinado viaje de la utopía desde la izquierda hacia la derecha. Un cuento de hadas que Rusia ha acabado de desmentir hace apenas unas horas.

Ocurre que las dos premisas mayores sobre las que se sustenta la cosmovisión de las elites que impulsan la globalización se han revelado falsas. La Rusia de Putin es la prueba. Porque ni era cierto que la mundialización de la economía implicase la extensión a todos los rincones del modelo anglosajón del capitalismo, ni tampoco que la difusión universal de la democracia fuese correlato no menos inevitable de ese proceso. La idea tan celebrada de que modernización y occidentalización resultan sinónimos no era más que otra piadosa falacia. Como antes Japón, Rusia y China se están modernizando a marchas forzadas tras implantar su muy particular versión del capitalismo. Pero, al igual que Japón, en absoluto desean occidentalizarse.

El comunismo, a fin de cuentas una doctrina hija de la Ilustración, no dejó de constituir el último intento de desplazar la mentalidad rusa a hacia Occidente; intento fallido, por cierto. Así las cosas, seguir pensando que la globalización supone extender una réplica del sistema económico, ideológico e institucional norteamericano al resto del mundo empieza a resultar ridículo. Tal como ha escrito John Gray con esa lúcida clarividencia tan suya, la rica, nacionalista y autoritaria Rusia no encaja en el bonito cuento que nos explicó Francis Fukuyama, el de "la marcha de la historia hacia la democracia mundial". Por lo demás, el gran problema de Occidente es que aún no ha entendido que Occidente ya no manda. Estados Unidos y su siempre servicial ayuda de cámara, la Unión Europea, cometieron una temeridad llevando a los uniformados de la OTAN hasta el Cáucaso, el eterno patio trasero de Rusia. Ahora, el precio de tanta y tan arrogante necedad se llama Ucrania.