Endeudados hasta las cejas

Guillermo Dupuy

Esa letal confianza en la futura capacidad recaudatoria de estos brotes verdes será, tal y como también sucedió con ZP, la que termine por secarlos

Guillermo Dupuy | 2013-09-30

Dado que el déficit público ya supera en casi un punto el objetivo de todo el año, está por ver que la deuda pública acabe este ejercicio en el 94,2% del PIB y cierre en 2014 en el 99,8, tal y como prevé el proyecto de ley de los Presupuestos Generales del Estado del próximo año.

Se trata, en cualquier caso, de una monumental carga que desmiente la cacareada austeridad de un Gobierno que se ha dedicado, en realidad, a apuntalar como sea nuestro sobredimensionado sector público. Téngase en cuenta, además, que el Gobierno de Rajoy ya batió en 2012 con creces todos los récords de incremento de deuda en un año, al pasar del 69,30 al 84,20% de nuestro PIB, por lo que menos mal que "la primera obligación de un gobernante" era, según dijo Soraya Sáenz de Santamaria al comienzo de la legislatura, "no gastar más de lo que ingresa", que si llega a serlo el “no reparar en gastos” no se adónde habríamos llegado.

La recurrente herencia dejada por Zapatero se está quedando chica comparada con el agujero que Rajoy está gestando y que ya nos reclama más de 100 millones de euros al día sólo en pago de intereses. Semejante carga bien puede sofocar los síntomas de recuperación que ahora divisamos como resultado del ajuste que el sector privado ya ha llevado a cabo; pero poco parece importarle a un gobernante que ha terminado por manifestar que el problema de nuestro desequilibrio presupuestario "no tiene raíces estructurales sino tan sólo coyunturales". Con semejante diagnóstico no hay que extrañarse de que su agenda reformista –ya bastante vaga de por sí– se haya agotado o que haya dejado sine die la ejecución de su promesa de bajar los impuestos.

Parece que Rajoy confía en que los brotes verdes de la recuperación le procurarán, más pronto que tarde, una recaudación capaz de sostener todo el improductivo tinglado estatal que padecemos. No hay más que oír a Montoro, quitándole ahora importancia a unos niveles de déficit y endeudamiento que le habrían hecho poner el grito en el cielo cuando estaba en la oposición. Esa inmovilista confianza en la futura capacidad recaudatoria de estos brotes verdes será, tal y como también sucedió con Zapatero, la que termine por secarlos.

Ya podría Rajoy recordar lo que él mismo dijo en su discurso de investidura: "Nunca han partido los periodos de crecimiento y mejora del bienestar de nuestra sociedad de los déficits, del exceso de deuda pública o de las facturas en los cajones. Todo lo contrario, la disciplina presupuestaria ha marcado siempre los inicios de momentos de expansión económica y progreso social". Claro que eso lo afirmaba Rajoy cuando aun no se había desvelado como el mayor impostor que haya presidido nunca un Gobierno de España.