¡Es el terrorismo, estúpido!

Eduardo Goligorsky

Si durante la II Guerra Mundial estas almas piadosas hubiesen disfrutado del poder mediático que tienen hoy, el Desembarco de Normandía habría fracasado,

Eduardo Goligorsky | 2013-06-08

En inglés los llaman bleeding hearts, "corazones sangrantes". Son los que llevan una contabilidad minuciosa de las bajas que las fuerzas de seguridad –ya sean militares, policiales o de agencias de inteligencia– de los países democráticos infligen a los guerrilleros o terroristas empeñados en destruir nuestra sociedad abierta, y las catalogan como violaciones de los derechos humanos. A algunos de estos corazones sangrantes, gente sencilla y bienintencionada, pero ajena a los entresijos de la política internacional, los mueven nobles sentimientos de compasión que hacen perdonable su mal enfocada misericordia. Otros, sin embargo, que ocupan puestos de responsabilidad en las instituciones o en los medios de comunicación, actúan cegados por la frivolidad típica de los progres que no tienen ni zorra idea del destino que les aguardaría si triunfaran los insurgentes de los que se apiadan. Y, finalmente, están los peores, los que se asocian conscientemente a los enemigos de la civilización occidental. Muerto el leninismo, bueno es para estos revanchistas cualquier sucedáneo tóxico: nihilismo antisistema, populismo totalitario, fanatismo identitario, fundamentalismo religioso… todos valen y son intercambiables cuando se trata de resucitar la barbarie.

Un test apropiado

Hoy, la reacción frente a los actos aberrantes del terrorismo islámico puede convertirse en un test apropiado para medir la fiabilidad de los políticos y formadores de opinión sobre cuyas espaldas recae la responsabilidad de ilustrar y defender a los ciudadanos. Sobre todo cuando se multiplican los ejemplos de que, para sintetizarlo con el titular de un periódico (LV, 2/6): "El enemigo está entre nosotros. Europeos conversos han cometido los últimos ataques islamistas en el continente". Pero cuando dos islamistas con documentos británicos asesinaron a un soldado de esa misma nacionalidad en un suburbio de Londres, el corresponsal de ese diario escribió, arremetiendo contra el primer ministro David Cameron (23/5):

Apelar al sentimiento de inseguridad de los votantes y crear un clima de terror es una de las tácticas más viejas de los gobiernos, a fin de distraer la atención de otros problemas. (…) "Hay numerosos indicios de que se trata de un atentado terrorista", afirmó solemne y desafiante el primer ministro en París, en un lenguaje del nosotros contra ellos curiosamente parecido al del asesino que habló a las cámaras.

El grito nace espontáneamente cuando un descerebrado compara al primer ministro Cameron con el asesino: "¡Es el terrorismo, estúpido!"

Manos ensangrentadas

Nos abruma la avalancha de argumentos para explicar, o quizá justificar, la ira de los terroristas. Fawaz A. Gerges reproduce en dos artículos (LV, 4 y 5/6) las amenazas de algunos de ellos. Por ejemplo, las del "sospechoso" (sic) de Woolwich, Michael Adebolajo, que con las manos ensangrentadas, se dirigió a la cámara:

La única razón por la que hemos matado hoy a este hombre es que hay musulmanes que mueren a diario por la acción de los soldados británicos; este soldado británico es uno de ellos, así que ojo por ojo, diente por diente. Juramos por Dios todopoderoso que nunca dejaremos de combatiros hasta que nos dejéis en paz. Así que, ¿qué problema hay si queremos vivir según la charia propia de tierras musulmanas? ¿Por qué ello ha de implicar que habéis de seguirnos, perseguirnos, llamarnos extremistas y matarnos? (…) Vosotros nunca estaréis seguros. Destituid a vuestros gobiernos.

Los dos artículos de Gerges arguyen que estos jóvenes nacidos y educados en Europa se volcaron al terrorismo porque los indignó la muerte de combatientes y civiles musulmanes en Irak, Afganistán, Yemen, Mali y demás enclaves fundamentalistas donde se desarrollan acciones bélicas o de contención. Pero Gerges no se pregunta por qué estos jóvenes, educados en Europa, no asimilaron los valores de la civilización occidental y, por el contrario, se muestran comprensivos o solidarios cuando sus correligionarios suníes masacran a sus correligionarios chiíes y viceversa, y cuando unos y otros matan a maestras y alumnos, incendian escuelas, asesinan a médicos y enfermeras, esclavizan a las mujeres, exterminan a quienes profesan otras religiones o ninguna, lapidan a quienes se apartan de sus normas sexuales, mutilan delincuentes y convierten la sharia en el sustento religioso de todas estas abominaciones.

¡Es el terrorismo, estúpido!

Definitivamente incorporado a las filas del derrotismo que en otros tiempos se encarnó en el Movimiento por el Desarme Nuclear Unilateral, Gerges propone:

Es posible que la desescalada de la guerra contra el terrorismo mediante la supresión del discutible empleo de tácticas como los ataques de drones no represente el final de la radicalización surgida en nuestros países; pero podría representar un gran avance a fin de desactivar los campos de minas culturales y religiosos que atrapan a desengañados jóvenes musulmanes e incitan a algunos de ellos a deslizarse por una senda de violencia.

Están en Babia

Si Gerges sabe que no bastará claudicar para poner fin a la radicalización, ¿qué sentido tiene proponer "la desescalada de la guerra contra el terrorismo"? Sólo quienes están en Babia pueden creer que allanando el camino de los terroristas hacia la conquista de su desiderátum, el Califato Islámico Mundial, conseguiremos que nos dejen disfrutar en paz de nuestra civilización. Su despiste es tan grande como el del prestigioso catedrático Timothy Garton Ash, quien afirma que, en el país de John Milton y John Stuart Mill, se puede "Contrarrestar el relato extremista" (El País, 3/6) "¡sólo con nuestro ingenio y la fuerza de nuestro idioma!". Siempre he leído con interés y respeto a Garton Ash, aun discrepando con él, pero en esta oportunidad, cuando propone abrir los canales de comunicación a los extremistas para discutir razonadamente con ellos, respondo:

¡Es el terrorismo, estúpido!

Estados Unidos lo tiene claro. Barack Obama lo dijo sin rodeos, para mayor escándalo de los bleeding hearts, cuando recogió el Premio Nobel de la Paz:

Soy responsable de llevar a miles de jóvenes a luchar en un país distante. Algunos matarán. A otros los matarán. (…) El terrorismo no es una táctica nueva, pero la tecnología moderna permite que unos cuantos hombres insignificantes con enorme ira asesinen a inocentes en una escala horrorosa. Es más, las guerras entre naciones con (…) frecuencia han sido reemplazadas por guerras en el interior de las naciones. El resurgir de conflictos étnicos o sectarios, el auge de los movimientos secesionistas y las insurgencias, los estados fallidos, todas estas cosas han atrapado (…) a civiles en un caos interminable. En las guerras, hoy, mueren más civiles que soldados.

Lobos solitarios

Es precisamente en el artículo citado, "El enemigo está entre nosotros", donde Xavier Mas de Xaxàs explica que el FBI dispone de los recursos humanos y tecnológicos, y también del marco legal, necesarios para enfrentar este peligro. Hay 15.000 informantes infiltrados en más de 2.000 mezquitas. Su misión consiste en identificar a los individuos más permeables a la ideología radical "y provocar que den el paso hacia la violencia en un entorno controlado". Añade el periodista:

Desde 1993, en Estados Unidos se han abortado 83 atentados islamistas, según ha calculado Martha Crenshaw, experta en terrorismo de la Universidad de Stanford. "Sesenta y nueve –explica– han sido gracias a la ayuda de los agentes provocadores del FBI". Sobre el peso relativo de los lobos solitarios, Crenshaw aporta un dato claro: dos tercios de los terroristas que aparentemente actuaban solos tenían lazos con el exterior, los más peligrosos, con Yemen y Pakistán. Detectar estos lazos sería imposible sin pinchar ordenadores.

Infiltrarse en las mezquitas. Pinchar ordenadores. Los bleeding hearts prefieren practicar el juego limpio con los asesinos, y así nos va en Europa. Ah, y los drones.

No hay que olvidar la diatriba contra los aviones no tripulados. Según han denunciado los bleeding hearts, estos mataron a cuatro individuos con pasaporte norteamericano, casualmente islámicos, que estaban por azar en campos de entrenamiento para terroristas, tres en Yemen y uno en Pakistán, y estas muertes han hecho sangrar aun más copiosamente los corazones atribulados.

Si durante la Segunda Guerra Mundial estas almas piadosas hubiesen disfrutado del poder mediático que tienen hoy, el desembarco aliado en Normandía habría fracasado, con el consiguiente regocijo de Hitler. Antony Beevor explica en El Día D (Crítica, 2010) que antes de la invasión los bombardeos aliados destinados a preparar el terreno ya habían causado la muerte de 15.000 civiles franceses, a los que se sumaron otros 20.000 hasta la liberación de París. A los ingleses les sorprendió descubrir que los bombardeos aliados causaron más muertes entre los civiles franceses que las ocasionadas en Londres por las bombas alemanas durante toda la guerra.

Los drones están aquí para quedarse (Time, 11/2 y 10/6/2013). También Guantámo, con esa u otra ubicación. "Incluso si Obama pudiera clausurarlo, no ha prometido poner fin al confinamiento de larga duración sin proceso judicial" (Time, 10/6). Lo que realmente nos amenaza no es el recorte de nuestras libertades en la sociedad abierta…

¡Es el terrorismo, estúpido!