El negocio de los contenidos y los contenidos del negocio

Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos | 2002-12-02
Lo importante del imperio polanquista no es —o no es sólo— el negocio de los contenidos sino los contenidos del negocio. Si el negocio de Polanco fuera otro, más tarde o más temprano el mercado lo reduciría a sus justos límites, o sea, que le pondría alguno. Pero Polanco no vende tornillos, ni petróleo, ni siquiera teléfonos; Polanco vende ideología, Polanco factura opinión, Polanco hace política, Polanco fabrica opinión y la democracia es un régimen de opinión pública, de forma que quien domina la creación de opinión pública a través de los medios de comunicación domina la democracia. Eso es lo que nunca le podrán perdonar los liberales españoles a José María Aznar y al Gobierno del PP: poner la democracia española en manos —o a pies— de Polanco. Eso es lo que siguen sin entender —o no quieren hacerlo para no comprometer sus ingresos y su negocio— muchos liberales que entienden la libertad como asignatura universitaria o como mecanismo de asignación de recursos, pero no como la única forma de hacer política en las sociedades que pretenden ser libres y que, para serlo, parten de la negación por principio de ese monopolio implacable, expansivo y corruptor que es y tiende a ser siempre el poder. El liberalismo se define por poner límites precisos, definidos, nítidos y constantes al poder. ¿Qué clase de liberales produce últimamente España que se niegan a combatir, a criticar o simplemente a no aplaudir al mayor poder de España, que es el de Polanco? Deben de ser aquellos “liberales reprimidos” de tiempos de Franco, que se oponían fieramente a la dictadura pero en la sala de estar de su casa y sólo después de la tercera copa. O sea, como don Jesús: el antifranquismo dentro del franquismo, el liberalismo dentro del monopolio. La censura pasada por la autocensura.

Lo terrible, lo verdaderamente devastador de este “monopolio perfecto” concedido de forma artera y rastrera al imperio prisaico por el Gobierno de José María Aznar es que legaliza y consolida para muchos años el ya aplastante dominio ideológico de las ideas y valores de la izquierda en los medios de comunicación audiovisuales, tanto educativos como de entretenimiento, tanto políticos como económicos. A la posición de privilegio que de forma clamorosamente ilegal —contra sentencia firme del Tribunal Supremo de hace más de dos años— disfruta Polanco en la radio y entre las cabeceras de Prensa nacional, se añade ahora este monopolio indefinido sobre la televisión de pago que le permitirá disponer de unos fondos prácticamente ilimitados para competir con ventaja y destruir si le apetece los pocos rivales que en los distintos ámbitos mediáticos —nunca en todos, porque ningún multimedia le llega ni de lejos— le vayan quedando. El caso de Antena 3 de Radio —comprar ilegalmente la empresa rival para cerrarla— es sólo una entre las muchas pruebas del modo de entender la competencia que tiene Polanco. El caso Liaño —echar de la carrera al juez que se atrevió a investigar los trapicheos contables de la ahora entronizada Sogecable—, la forma que tiene de entender la Justicia. Y, sobre todo, cada número de El País y cada minuto de cada programa de la SER, la idea que tiene Polanco de España y de la democracia. Recuérdese la última campaña electoral, cuando la SER decía que el PP era el partido de los asesinos de García Lorca. ¿Que pese a todo ganó Aznar? Cierto. Pero eso no se repetirá. ¿Alguien se atreve a sostener que no se repetirá lo de la SER? ¿Alguien puede creer que no arreciará?

El negocio del fútbol, el cine y demás contenidos de la televisión de pago que tan elocuentemente han explicado las empresas de televisión por cable —y que de tan poco les ha servido ante la voluntad genuflexa y prevarigalupadora del Gobierno Aznar— nos ha hecho casi perder de vista lo fundamental, lo que verdaderamente importa a la vida pública española: los contenidos que de manera sistemática, exclusiva y rigurosamente sectaria vende, es decir, proclama, difunde, implanta e impone Polanco. Esos contenidos no son ni plurales ni amigos ni defensores de la libertad. Más bien sucede justo lo contrario. No hay uno solo de sus medios que defienda el liberalismo. No hay uno solo de sus medios que defienda a la derecha, ni española ni extranjera, ni pasada, ni presente, ni futura. No hay uno solo de sus medios que no proclame la superioridad moral de la izquierda, de cualquier izquierda en cualquier momento de la historia. No hay uno solo de sus medios que no sea guerracivilista, en un sentido genuinamente manipulador y desvergonzadamente embustero con respecto a la moderna historia de España. No hay uno sólo de sus medios que no sea fervorosamente anticristiano. No hay uno solo de sus medios que no sea tercermundista. No hay uno solo de sus medios que no sea anti-israelí. No hay uno solo de sus medios que no sea anti-USA. Hay que recordar siempre el titular de El País tras el atentado del 11-S: “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”; en él está sintetizada con vileza concisa y abyecta perfección toda la ideología que impregna el periodismo polanquista. Pues bien: a esa ideología, a esa política de comunicación, a ese contenido del negocio es al que Aznar le ha regalado el monopolio audiovisual por muchos, muchos años. Ah, y además, Polanco es el defensor de la dictadura marroquí frente a España. Y además, el defensor del PNV contra España y el hombre que dirigió el asesinato político de Redondo Terreros. En fin, Polanco ha sido —y muy eficazmente— el gran padrino mediático de la corrupción de los gobiernos del PSOE presididos por Felipe González. Por simple coherencia con su trayectoria político-empresarial, no es de extrañar que se disponga a regentar la corrupción de los gobiernos del PP presididos por José María Aznar. En rigor, por los gobiernos que vengan, los presida quien los presida. Que será poco.