Es una buena guerra, no una mala película

Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos | 2001-12-10
La incurable frivolidad de los medios de comunicación occidentales (que, con admirables aunque minoritarias excepciones, rara vez defienden los principios de libertad que crearon la civilización occidental) está a punto de protagonizar otra de esas epopeyas que parecen salidas de la mente de John Kennedy Toole, inolvidable autor de “La Conjura de los necios”. Como no ha sido suficiente varapalo para su vanidad el estrepitoso fracaso de sus negras previsiones en Afganistán, como no han quedado suficientemente ridiculizados todos sus argumentos sobre la inevitable derrota norteamericana, como no han sido bastante desmentidas sus predicciones sobre la heroica resistencia de los talibanes, ahora están empeñados en que si no se captura de inmediato a Ben Laden y al tuerto Omar, Estados Unidos habrá perdido la guerra.

¿Y ante quién habrían perdido la guerra los norteamericanos? ¿Ante los talibanes que no han parado de huir desde que empezaron a avanzar los cochambrosos milicianos de la Alianza del Norte? ¿Ante los rusos que pronosticaron una debacle como la suya hace una década si los norteamericanos cometían el error de empezar los bombardeos? ¿Ante la opinión pública norteamericana, que sigue respaldando sin fisuras a su Gobierno y a sus ejércitos? ¿Ante unos aliados cuya solidaridad ha crecido en proporción directa a los éxitos militares? ¿Ante unos países islámicos que dan la callada por respuesta o celebran el hundimiento del régimen de Kabul? ¿Ante quién podrían perder la guerra unos soldados que no han cosechado más que éxitos?

Los arúspices que pronosticaban la derrota hace apenas un mes, no nos lo dicen. Pero debemos entender que ante ellos mismos, ante ese tribunal de pacotilla que constituye el núcleo duro de la progresía política y periodística. Ante esa misma casta infatuada que todos los días extiende el acta de defunción de la economía, la política y la cultura occidentales (en su caso, y por desgracia, sin éxito). Pero esta es una buena guerra, no una mala película. Y no debe terminar cuando a los guionistas –que pertenecen además a estudios cinematográficos de la competencia– les apetezca, sino cuando se hayan cumplido los objetivos que la alumbraron. Casi debemos felicitarnos de que hayan desaparecido de momento Ben Laden y el tuerto Omar, porque, al menos durante todo el tiempo que tarden en pillarlos, la progresía periodística no pedirá el fin de las operaciones militares en la guerra contra el terrorismo.

Quienes nunca la han librado –siguen llamando “rebeldes” a los terroristas, siguen mostrando su complicidad con los enemigos de Occidente– es comprensible que quieran su derrota o, por lo menos, su final. Por el contrario, quienes tememos la fragilidad de la opinión pública occidental, en parte fruto de esa prensa irresponsable, esperamos que esta guerra dure varios años, precisamente porque no sólo Al Qaeda debe ser destruida, sino también bandas como ETA y las FARC. Eso precisa tiempo, esfuerzo y paciencia, mucha paciencia. Precisamente la que les falta a los que creen que una buena guerra puede terminar como una mala película.

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