Lo malo es que nadie los cree

Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos | 2001-10-09
A lo mejor es cierto lo que dice Rodrigo Rato. A lo mejor es verdad que la inspección de Gescartera que suspendió la Agencia Tributaria en el 98 no tuvo nada que ver con el hecho de que Enrique Giménez Reyna y Pilar Valiente anduvieran en puestos de la máxima responsabilidad. A lo mejor es cierto que los inspectores actuaron por su cuenta y no dieron parte a sus superiores ni de lo que vieron ni de lo que no vieron. A lo mejor.

Lo malo es que, a estas alturas, después de haber soportado no una mentira ni dos ni tres sino la mentira, la trola y la desinformación sistemática como mecanismo de comunicación habitual de don Enrique, de Doña Pilar y –también, sí, también– de don Rodrigo Rato, lo que dice sobre la Agencia Tributaria nos merece aproximadamente la misma credibilidad que lo que nos diga sobre la CNMV. O sea, ninguna.

La credibilidad en política tarda mucho en ganarse, pero se pierde de forma súbita, inmediata y generalmente irreversible. También en Economía se pierde la credibilidad, pero hay grados de aproximación objetivables. Por ejemplo, los Presupuestos del 2002, como ha explicado Alberto Recarte en estas páginas, carecen de credibilidad porque los datos de crecimiento en que se basan son, insostenibles, inverosímles, falsos. También es absurdo que cuando Caruana y Folgado admiten la verdad: que no se puede alcanzar el previsto déficit cero, salga Rato a decir que ese es un objetivo irrenunciable. Si no se puede alcanzar, habrá que renunciar a él, siquiera por este año. Y el que viene, gastar menos. Pero, en fin, si el déficit son “unas decimillas” o no es significativo, lo esencial de la credibilidad presupuestaria se mantendrá. Una parte del crédito en materia de política económica se mantendrá en la medida en que los datos definitivos se aproximen a los proyectados. Y nadie se lo tendrá muy en cuenta, porque el propósito es plausible.

Pero en lo que a ética se refiere –y mentir o no sobre la actuación de las instituciones que deberían haber vigilado Gescartera es una opción primordialmente ética, sólo en segunda instancia política– la confianza no es cuantificable: se tiene o no se tiene. Y por desgracia para el Gobierno, ni Rato ni Montoro merecen confianza en lo que a Gescartera se refiere. Ni poca, ni mucha ni nada. ¿Alguien va a atreverse de una vez a sacar las consecuencias?