Aunque no sea el momento

Federico Jiménez Losantos

Federico Jiménez Losantos | 2001-01-15
Aunque no sea el momento, habrá que decir que la ayuda internacional a países que acreditan su incapacidad para sacar lecciones de los desastres naturales no contribuye a mejorar la situación más que a muy corto plazo. En realidad, apenas a maquillar el rostro del desastre: enterrar a los muertos y procurar algún milagro de resurrección de enterrados gracias a los perros rastreadores, espectáculo muy agradecido ante las cámaras de televisión. Pero un remedio duradero no puede improvisarse cuando la catástrofe ya no tiene remedio.

Se habla de la pobreza como raíz de la imprevisión en muchos países del llamado Tercer Mundo. ¿Por qué en toda Centroamérica, teatro habitual de catástrofes naturales no puede haber un grupo de bomberos con perros rastreadores como los que España envía para el milagrito televisivo, pero que llegan cuando ya su eficacia sólo puede ser escasa? ¿Falta dinero? ¿No se pierde más en cada catástrofe de lo que costaría levantar una estructura de prevención civil, cuya amortización, siquiera económica, está más que asegurada?

¿Por qué hay ciudades que se reedifican en los mismos lugares donde fueron destruídas? ¿Por qué zonas residenciales se instalan en torrenteras, por qué la corrupción y la especulación son inseparables de la destrucción de comarcas enteras, que se rehacen con la misma inseguridad estructural tras la catástrofe y la ruina? ¿Por qué se habla siempre de la población indefensa ante las catástrofes naturales y no de la catástrofe que supone una clase dirigente a caballo entre la ineptitud y la cleptocracia?

No es el momento --se dice-- de hacer estas preguntas. Pero aunque no lo sea, alguien tendrá que hacerlas. ¿Y cuándo mejor que ahora? ¿Cuándo hayamos olvidado esta catástrofe y antes de que nos sobresalte la siguiente? Ahora o nunca. Porque siempre es nunca.