La muerte de Chicho Gordillo, el cómico que no quiso sustituir a Kiko Ledgard en 'Un, dos, tres'

Manuel Román

Kiko era peruano, compatriota por tanto de Chicho Gordillo. Y a éste no le pareció digno cubrir su puesto.

Manuel Román | 2019-10-30

Triste es morir en la miseria. Lo que se agrava cuando nadie de sus deudos puede pagar el entierro. La tristeza se acentúa si además el fallecido es un cómico que hizo reír a mucha gente en vida. Es lo que le ha sucedido a Chicho Gordillo, un humorista sobradamente conocido por sus actuaciones en televisión, teatros, salas de fiestas y en algunas películas.

Su popularidad le llegó a finales de los años 60, que aumentó en décadas siguientes alcanzando en los 80 su mayor proyección al pasar por el programa Un, dos, tres... responda otra vez. Ha sido en Valencia donde le ha llegado su final. No trabajaba desde 2008. Padecía el llamado herpes zóster, cuyos dolores le impedían salir al escenario. Poco a poco su salud se fue deteriorando, complicada con otros males.

Un hombre bueno, divertido, cuya sonrisa se le fue acabando. Han tenido que ser compañeros suyos, como ya se ha contado en Chic, los que corrieran con los gastos de su enterramiento, incapaz su viuda de hacer frente a ello. Una estampa que se nos hace dura de admitir.

Juan Eduardo Gordillo, que así se llamaba, nació en un barrio de Lima (Perú) en 1936. A los trece años ya destacaba por su facilidad para imitar a personajes del cine y la canción. Tenía gran disposición tanto para captar gestos y maneras de hablar de sus imitados como buen oído para remedar las melodías de quienes se dedicaban a la música. Como quiera que en su país sólo conseguía actuar en emisoras de radio y muchas veces sin recibir nada a cambio se propuso llegar hasta México, pero unas veces caminando, y otras buscándose la vida en "auto-stop" hasta conocer muchos pueblos aztecas. Dos años después de emprender aquella marcha alcanzó por fin México D.F., la capital. Allí, poco a poco fue dándose a conocer, siendo sus imitaciones más logradas las que hizo del mito nacional Mario Moreno (Cantinflas) a quien llegó a conocer, junto a las de Frank Sinatra, a quien pudo también saludar en cierta ocasión.

Toda la trayectoria humorística de Chicho Gordillo, salvo cuando en funciones teatrales, películas o guiones de televisión debía atenerse a unos libretos, se basó en contar chistes combinándolos con esas imitaciones. Recordaba cuando coincidió en un club mexicano con Sinatra y el gran amigo de éste, Sammy Davies Jr., el "showman" de color que llegaba a tocar siete instrumentos, y fue quien adiestró a Chicho Gordillo a contener la respiración para así en el escenario sacar el mayor partido posible de sus actuaciones. Otro gran intérprete al que conoció en el cabaré Tropicana, de La Habana, fue Nat King Cole, que interpretada románticos boleros en español aunque sólo se aprendía las letras: luego, no articulaba frase alguna en nuestro idioma. Su muestrario de imitados se nutría también de nombres tan conocidos como Marlene Dietrich, Charles Aznavour, Dean Martin, Julio Iglesias y Raphael, aunque al de Linares no le gustaba lo que Chicho hacía de él.

Chicho Gordillo repartió su vida primero en Barcelona y luego en Madrid, y contaba que conocía todas las capitales de provincia y muchos pueblos. Salía a actuar, lo recuerdo, muy a menudo con un sombrero deportivo a cuadros, saludaba al público, se ajustaba su mano derecha sobre la frente, mirando al fondo de la sala, llamando la atención del empleado que se ocupaba de los focos: "¡Alex... Alex.... Alectricista....!" Y así conseguía la primera carcajada de la noche. Después, elegantemente, sacaba una pitillera de plata, entresacaba un cigarrillo, lo encendía pausadamente y empezaba su espectáculo. Diferente al de otros cómicos. Recorrió ochenta países, actuó en cincuenta y dos, vivió cuarenta y ocho años en España.

Y cuando Chicho Ibáñez Serrador lo llamó para presentar Un, dos, tres... se lo pensó dos veces. Era una oferta tentadora. Mas se trataba de sustituir al bueno de Kiko Ledgard, que de vacaciones en Lima, en la terraza de un hotel ante un grupo de periodistas, no se le ocurrió mejor cosa que hacer una pirueta peligrosa. Tanto que cayó al vació, sufrió conmoción cerebral, no pudo recuperarse y volver a España, falleciendo poco después. Kiko era peruano, compatriota por tanto de Chicho Gordillo. Y a éste no le pareció digno cubrir su puesto.

La vida sentimental de Chicho Gordillo fue más bien discreta, a espaldas de la curiosidad pública. Yo le recuerdo una época, debió ser a mediados de los años 60, cuando su pareja era una hermosa mujer morena, vedette de revista y estrella de cine, Ángela Bravo, quien pudo haber llegado más alto de cuanto consiguió en ambas facetas. Después, nada más supimos de otros amores, que los tendría, probablemente. Era un tipo encantador y divertido. Ahora, a su muerte, me he enterado de quién es su viuda, con quien llevaba más de veinte años unido: la actriz abulense Rosa de Alba, a quien conocí en sus comienzos teatrales: pizpireta, mediana de estatura, muy decidida siempre, se enamoró de Chicho Gordillo tras coincidir en un programa de Radio Intercontinental.

Vivieron entre Madrid y Valencia. Cuando cumplían catorce años de vida en común decidieron casarse: en Lima, ceremonia civil que ofició el alcalde de Breña, primo del novio. La novia lucía para la ocasión un vestido folclórico tradicional peruano. No han tenido hijos. En el acto nupcial, cuando el munícipe les decía aquello de "unidos hasta que la muerte os separe", Chicho introdujo una ocurrencia: "Mejor... hasta que las deudas nos separen". De alguna manera se ha salido con la suya, fallecido en la más completa indigencia.