El estado general de cabreo

Amando de Miguel

Los retóricos "ciudadanos", el honrado pueblo español, ha sido reducido a "la gente". Solo le queda una opción: la de cabrearse.

Amando de Miguel | 2019-12-11

La acción del Gobierno nunca ha entusiasmado mucho a la población, excepto en los periodos bélicos o revolucionarios. No es este el caso actual en España, cuando la política se reduce a las aburridas decisiones de cómo gastar el inmenso caudal de los dineros públicos. Debería producir un ánimo satisfecho en los españoles de cualquier condición. Mas la observación de las conversaciones en los cuartos de estar, en los bares y similares nos lleva a una conclusión opuesta. No es solo antipatía o rechazo lo que produce a muchas personas la contemplación de los gaznápiros y las gaznápiras del Gobierno. Baste registrar que hace escaso tiempo los españoles tuvimos que volver a votar porque al doctor Sánchez no le plugo formar Gobierno con las Unidas Podemos. "Le quitaba el sueño", según propia confesión. Pues bien, después de esos segundos comicios, el doctor Sánchez parece que ha decidido formar Gobierno con las mismas Unidas Podemos, más envalentonadas que nunca. Aun así, el penoso proceso de constituir un Gobierno de corte feminista y progresista puede que necesite un par de meses más hasta la ansiada investidura. El personal (que dicen "ciudadanía") ya no sabe qué es peor: si un definitivo maridaje entre el PSOE y las Unidas Podemos o unas terceras elecciones generales. Hay quien dice que esos nuevos y definitivos comicios van a ser on line, como se hacen ahora las consultas a la militancia de cada partido. La hipotética alternativa de un Gobierno del PSOE en solitario con la anuencia del PP es la solución menos mala, pero resulta imposible y además no puede ser. En catalán se diría que es un romance.

Y así, entre unos y otros imaginativos apaños, la casa sin barrer. Los retóricos "ciudadanos", el honrado pueblo español, ha sido reducido a "la gente". Solo le queda una opción: la de cabrearse.

Bien es verdad que, después de tantos tumbos, lo que quieren los españoles es depender del Estado todo lo posible. Ese ha sido el efecto de dos años de Gobierno "en funciones". Esa pretensión de los contribuyentes significa un colosal dispendio del dinero público. Tanto es así que los pacientes españoles asisten al escandaloso espectáculo de las grandes fortunas personales que han ido levantado los políticos que han dirigido los Gobiernos. Lo mismo da que hayan sido nacionales que autonómicos. Ahora se comprende el ansia de obtener un sillón en un Consejo de Ministros.

Por lo mismo se entiende muy bien el reiterado esfuerzo del doctor Sánchez y sus mozas y mozos del partido por atornillarse a las poltronas del poder. Lo más descorazonador es que la hipotética alternativa de una especie de Gobierno de concentración nacional (PSOE+ PP+ Ciudadanos) no supondría un cambio sustancial de lo ya visto. De ahí el estado general de cabreo que digo por parte de los atónitos contribuyentes. Solo parecen estar seguros de una cosa: el próximo Gobierno va a traer más paro y más impuestos. Caben ciertas dudas sobre si, dentro de unos pocos años, se van a seguir cobrando las pensiones enterizas o con alguna rebaja. Los optimistas razonan que el Estado español no puede quebrar. Puede ser, pero ese desastre lo han experimentado ya otros países que parecían muy solventes; por ejemplo, Argentina o Líbano.

Lo que menos se tolera de modo general es que, al final, los de la Esquerra influyan tanto en la fórmula del Gobierno sedicentemente progresista y feminista. No es por nada, pero los de la Esquerra no se consideran españoles.

No consuela mucho oír (ahora se dice "escuchar") la cantinela de Pablo Iglesias sobre el inmediato resultado de su entrada en el Gobierno, favorecida por "las mayorías sociales". Lo traduce una manera más académica: "Hay que apostar por la empatía". A lo mejor se refiere a su mujer. El hecho es que el Gobierno va a mimar a legiones de paniaguados y paniaguadas que viven de las subvenciones públicas. Hoy los Gobiernos disponen de una ingente cantidad de dinero discrecional. Facilita la versión edulcorada de la antigua malversación de caudales públicos.

No consuela mucho que el próximo Gobierno vaya a subir los impuestos a los ricos, esto es, los que venden masivamente todo tipo de bienes o servicios. Como es natural, el efecto automático de esa mayor presión fiscal a los ricos será la subida de los precios. Más claro aún será el aumento del número de desempleados y mal empleados. Lo dicho, entre Argentina y Líbano, cada uno con su historia particular.