Por qué nos quedamos mucho más solos sin George Steiner

¿Qué sentido tiene seguir enseñando y aprendiendo de las humanidades, si estas han sido incapaces de evitarnos tanto horror inhumano?

Miguel Ángel Quintana Paz | 2020-02-08

Hace poco tuvimos oportunidad de contemplar una escena escalofriante en el Parlamento Europeo. Fue con motivo del Brexit. Casi todos nuestros representantes se alzaron de sus asientos y entrelazaron las manos para formar un semicírculo (como al final de un campamento de verano preadolescente). Comenzaron entonces a corear lo que tantos solíamos cantar en semejantes ocasiones. "Que no nos separemos, no, que un mismo corazón nos una en apretado lazo que nunca dice adiós".

Cierto es que la letra no se coreó en castellano, sino en inglés; y que la pieza se publicitó entre nosotros con el escocés nombre de "Auld Lang Syne", no con el scout título de "Canción de la despedida". Cierto es también que existen interpretaciones bien hermosas de tal composición. Pero ver a talluditos eurodiputados con los dedos trabados mientras escudriñan en un folio qué palabras canturrear se escapa un tanto de lo que a muchos nos suscitan viejas nociones como solemne, digno, augusto. Se aparta de lo que esperaríamos encontrar en una ceremonia de cierta altura. Se aleja de lo exigible al parlamento de una tierra con una herencia tan majestuosa como la europea.

No sabemos si el filósofo George Steiner, fallecido el 4 de febrero de 2020 en su casa de Cambridge, llegó a vislumbrar la escena en uno de sus últimos días. Llevaba ya años enfermo. Mas, de haberse dado el caso, ello no le habría apartado ni media pulgada de una de sus intuiciones más punzantes. Europa se halla en decadencia. Porque la cultura europea se halla en decadencia. Y lo cursi de episodios como el de la Eurocámara solo lo corrobora. Siempre que Occidente "deja de mirar a las estrellas", había aseverado nuestro autor, se pone a mirar entonces "a lo kitsch".

Entendamos bien las reticencias de Steiner, empero. No se trata en absoluto del típico viejo profesor desbordado por la cultura moderna; por el pop, internet o el arte grafitero. De hecho, en una entrevista de hace tres años postulaba que a Shakespeare "le habría encantado la televisión" y escribir para ella. No, el problema no era que los griegos adorasen a Aquiles mientras que nosotros lo hacemos con el último deportista de éxito. El problema es más profundo: vamos olvidando el viejo proverbio de Terencio, aquello de "soy humano, nada humano me es ajeno". Esto es, vamos quedándonos sin humanidades. Y aquí de nuevo hace falta precisar bien las cosas.

Ante todo, no tomemos a Steiner por una adelacortina cualquiera: jamás nos habría sermoneado con lo muy buenos ciudadanos y muy buenos demócratas que seríamos si nos aplicásemos en el estudio de la filosofía griega, el arte etrusco o la poesía serbocroata. Un judío como él había aprendido bien la lección del siglo XX. La más refinada pasión por las artes podía convivir perfectamente con las crueldades del Holocausto; es más, a un nazi sibarita como Hermann Göring las segundas le habían ayudado a agenciarse una excelsa colección de las primeras.

Ahí surgía, de hecho, la pregunta más inquietante con que Steiner se interrogó y nos interrogaría: ¿qué sentido tiene seguir enseñando y aprendiendo de las humanidades, si estas han sido incapaces de evitarnos tanto horror inhumano? ¿Habremos de precipitarnos, entonces, al afán que ahora resulta tan querido en las universidades anglosajonas (y quizá pronto también en las nuestras)? ¿A la obsesión por ir denunciando lo muy machistas que eran los autores del pasado, a la exigencia de cuotas paritarias de sexo en el canon de nuestros clásicos, a deplorar que haya demasiados artistas blancos dentro de un museo del Renacimiento?

lenguaje-y-silenciosteiner.jpg

De nuevo hay que salvar todo posible malentendido: Steiner no solo se mantuvo aparte de estas modas posmodernas, sino que fue de los primeros que las denunciarían, allá por sus inicios, hace ya sesenta años. Lo hizo en una obra que tiene wittgensteiniano mucho más que su título: Lenguaje y silencio (1967). En vez de esforzarnos por sumergir cada obra del pasado en nuestro propio moralismo, en vez de creer que hemos encontrado ya la clave para etiquetar cada texto antiguo en nuestras propias cajitas interseccionales de presuntas opresiones, la aspiración de Steiner fue siempre la contraria: abrirnos hacia esas zonas de silencio que la gran literatura a la vez oculta y a la vez señala. Apuntar hacia todo lo humano que aún nos queda por decir. Admirarnos ante ello. "Un maestro" decía "es el celoso amante de lo que podríamos llegar a ser".

Desde esta pasión por ir más allá de nuestro lenguaje presente, resulta natural que los saltos de unas lenguas a otras fuesen otra de sus ocupaciones recurrentes (Después de Babel, 1975); y no solo por el avatar biográfico de haberse educado en tres idiomas a la vez o haber aprendido luego con fluidez otros tantos.

También ese embeleso ante todo cuanto nos queda por decir explica el título para mí más glorioso con que nos obsequió: Los libros que nunca he escrito (2008). En siete capítulos, Steiner se imponía la tarea de desgranar cómo habrían sido otras tantas obras que alguna vez había albergado la esperanza de elaborar, mas nunca había logrado. ¿Por dónde habría transcurrido su legado de haberlo hecho? Es más, aceptemos nosotros mismos el reto que asumía Steiner: ¿qué recovecos habría tomado nuestra vida de haber escrito aquella carta que al final nunca redactamos, cuánto nos habría trasformado aquel ensayo cuya lectura nunca iniciamos? ¿Qué habría sucedido si hubiésemos convertido en palabras esos silencios? Preguntas como estas son capaces de sumirnos en meditaciones fascinantes, en un auténtico ejercicio espiritual del que nuestro pensador supo sacar honorable fruto.

Se trata, al cabo, de recordar aquello que Steiner decía haber aprendido de Heidegger: que todos somos invitados a la vida. Y que como buenos invitados hemos de intentar aprovechar, en lo posible, la visita. Así como evitar quejarnos demasiado cuando el anfitrión insinúe que quizá ya vaya siendo hora de concluirla. No en vano su padre le había enseñado algo esencial a Steiner: que todo buen judío ha de saber hacerse rápido la maleta. También la última.

Miguel Ángel Quintana Paz es profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes.