El dilema de Junqueras

Luis Herrero

¿Tragará con lo que diga Torra para no quedar como un traidor, o se atreverá a disentir arriesgándose a que las urnas castiguen su tibieza con Sánchez?

2020-02-09

En las últimas elecciones catalanas, las de diciembre del 17, la lista de Puigdemont mejoró en casi cuatro puntos el pronóstico electoral que le otorgaba el promedio de las encuestas. En mayo del 19, en las elecciones europeas, Junts, contra todo pronóstico, le sacó en Cataluña más de siete puntos de diferencia a Esquerra y dobló el resultado de las estimaciones previas. Hay algo que las vísceras de las ocas no olfatean bien cuando les toca predecir el futuro electoral de los post convergentes. Por eso hay caras de preocupación en Lledoners y de razonable optimismo en Waterloo. Según La Vanguardia, ERC le saca menos de cinco puntos a JxCat (24,9 frente a 19,8). De acuerdo a los últimos antecedentes eso significa que la noche del recuento la victoria se puede decidir en la foto finish. De ahí que el tiempo que falte hasta las elecciones —de tres a ocho meses— resulte tan decisivo.

Los republicanos le están dando oxígeno al Estado represor, con el argumento de que es la mejor estrategia para agrandar la base social que necesita el independentismo catalán para hacerse incontestablemente mayoritario, y los secuaces de Puigdemont tratan de demostrar que esa es una estrategia estéril, rayana en la traición, abocada a desencadenar la aplicación de un nuevo 155. Lo que pase el día de las urnas dependerá del poder de convicción de esos dos argumentarios. Así las cosas, Torra tiene muy claro cuál es su papel, antes de que la inhabilitación le retire de escena. Tiene que demostrar que la vía del diálogo abierta por Rufián y Aragonés con el Gobierno no es nada más que un engañabobos diseñada por Iván Redondoel hombre de los grandes cabezazos— para mercadear la aprobación de los Presupuestos Generales del Estado que Sánchez necesita para darle vuelo a la legislatura.

Tras la reunión del jueves en Barcelona, la postura del presidente quedó resumida en dos puntos: sí a lo de hablar de la autodeterminación, aunque con calma infinita y sabiendo que el acuerdo es poco menos que imposible, pero no, bajo ningún concepto, a lo del mediador internacional. Horas después, Torra, públicamente, le hizo una enmienda a la totalidad. ¿Negociación lenta? ¡Ni hablar! Autodeterminación aquí y ahora. ¿Rechazo al mediador internacional? ¡Inaceptable! El Parlament aprobó una resolución que lo exige de forma categórica. Sin mediador no hay mesa de diálogo. Durante los próximos días, Torra reunirá a toda la camarilla independentista —Junts, Esquerra, CUP, Omnium y ANC— y les pedirá que secunden sus dos reivindicaciones para poder plantearlas, con el respaldo unánime de todos, cuando vuelva a reunirse con Sánchez, ahora en la primera sesión de trabajo de la mesa de gobiernos prevista para finales de mes: autodeterminación inmediata —nada de ad calendas graecas— y mediador internacional. O eso, o nada. Son lentejas.

La gran pregunta es que hará ERC en esa reunión. ¿Tragará para no quedar señalado como traidor a la causa, o se atreverá a disentir y afrontará el riesgo de que las urnas castiguen su tibieza? El dilema de Junqueras no es fácil de resolver. Si no gana las elecciones catalanas, su apuesta por la bilateralidad de conveniencia quedará desautorizada, tendrá muy difícil seguir apoyando al Gobierno, la legislatura será ingobernable y la continuidad de Sánchez, tras unas nuevas elecciones, se pondrá en peligro. Sin ERC en la presidencia de la Generalitat ni el PSOE en la Moncloa, el diseño de su estrategia colapsará. ¿Podría ganar si se desmarca de los cancerberos del procés y decide seguir alimentando por su cuenta el diálogo con el gobierno socialista? Las encuestas no le dan mucho margen. Junts aguanta mejor de lo esperado. Y eso que aún no tiene candidato. Los partidarios de la desobediencia son más que los partidarios de la contemporización.

Sabedor de las dificultades que entraña el camino, Sánchez ha decidido acelerar la tramitación presupuestaria —de ahí su convivencia gubernamental en Quintos de Mora— para cobrarse el apoyo de Esquerra, a cambio de su viaje a Barcelona, antes de que Junqueras se quede sin margen de maniobra. Que la jugada le salga bien depende de que Torra no rompa la baraja antes de tiempo. Una vez más, la estabilidad política de España está en manos de lo que decidan los líderes independentistas. Como diría Federico Trillo, ¡manda huevos!