Emanuele Felice: "El gran reto de nuestro tiempo es no permitir que el desarrollo tecnológico se desligue de la ética"

Luis Herrero Goldáraz

El economista italiano publica Historia económica de la felicidad, y repasa la evolución tecnológica, ética y cultural de las distintas sociedades.

Luis H. Goldáraz | 2020-02-12

¿Qué es la felicidad? Posiblemente sea una de las preguntas más repetidas a lo largo de los siglos. Para Emanuele Felice (Lanciano, Italia - 1977) se trata de una cuestión fundamental, que ha contribuido al devenir histórico de las distintas sociedades, sobre todo desde el momento en el que el homo sapiens abandonó definitivamente su vida de cazador-recolector y se estableció en sociedades agrícolas y ganaderas. Tratando de profundizar en el asunto, Felice ha escrito Historia económica de la felicidad (Editorial Crítica), un extenso ensayo donde no únicamente ha desgranado el avance económico y tecnológico del hombre, sino también la relación que dicha evolución ha tenido siempre con el desarrollo ético y cultural de las sociedades, junto con la propia idea de felicidad que imperaba en cada una de ellas. Hablamos con él:

Pregunta: ¿El homo sapiens es un animal feliz?

Respuesta: (Risas) Bueno. El homo sapiens es el animal que se ha tenido que comer el problema de la felicidad. Es decir, es el único que ha elaborado esa idea. Un concepto imaginario que otros no tienen. Un ideal. Y, de hecho, según el ideal concreto que tiene en cada momento de cómo ser feliz condiciona su vida. Los otros animales no tienen el pensamiento simbólico que permite elaborar estos conceptos. Pero, por otro lado, creo que la aspiración humana a la felicidad, como si se tratase de una obligación colectiva, es una utopía. Otra cosa distinta es que nos reconozcamos el derecho a ser felices.

P: ¿Qué es la felicidad?

R: El objetivo del libro es precisamente responderse a esa pregunta. Yo quería poner el concepto de felicidad fuera de unos estereotipos extendidos; y colocarlo en relación exclusiva con la historia del desarrollo económico de la humanidad. Es decir: la conquista de la noción de la felicidad como derecho; como posibilidad de realización. Esa es la felicidad. En ese sentido, el desarrollo económico es un factor que puede darnos, o no, esa posibilidad. Y no me refiero a una mera posibilidad material, sino también cultural. Porque el desarrollo económico es el que nos brindó la oportunidad de ser libres, por ejemplo, cuando antes no lo éramos. Los principales cambios sociales, también éticos, han sido consecuencia, en parte, y también causa, de dicho desarrollo. Lo que es seguro es que, sin ese desarrollo, no habrían podido materializarse. El libro repasa esa relación.

P: En el libro se intuye una brecha entre el entendimiento de la felicidad como una cuestión del individuo o como una cuestión colectiva.

R: Sí. Aquí habría que hacer dos diferenciaciones. La felicidad es individual. Y de hecho, cuando el hombre ha buscado una felicidad colectiva, como en el caso del nacionalsocialismo o del comunismo, o el de diversos movimientos religiosos a lo largo de la historia, ha terminado protagonizando distopías terroríficas. En ese sentido, mi libro se posiciona claramente en el marco del humanismo liberal, que entiende que la felicidad es principalmente una cuestión del individuo. Sin embargo, también hay que ser conscientes de que se trata de una cosa que raramente se obtiene viviendo solo. La felicidad tiene un componente fundamental basado en las relaciones humanas. Entonces, decir que la felicidad es una cuestión de cada individuo no quiere decir que sea una cuestión individualista, o egoísta. Por eso es tan importante el discurso sobre los derechos humanos. Si la felicidad fuera meramente un placer individual, ya habríamos resuelto el problema. Todo el que lo desease podría tomarse una pastilla y listo. Lo que pasa es que no es tan sencillo. Creo que es necesario buscar un equilibrio, y que esa es una tarea que corresponde a cada persona.

P: ¿Pero es realmente necesario el desarrollo económico en la felicidad individual? Es cierto que aporta mejoras y bienestar, pero aún así, el hombre sigue pareciendo siempre insatisfecho. ¿No puede uno ser feliz independientemente de las circunstancias económicas o históricas?

R: Sí, eso está claro. La felicidad es como un horizonte que se aleja cada vez que el hombre intenta aproximarse. Pero también existen cosas más concretas. A día de hoy occidente vive con unas mejoras materiales evidentes con respecto a siglos pasados, pero ha visto incrementadas las desigualdades, lo que ha generado un aumento de la infelicidad. Hay estudios que señalan el incremento del número de muertes "por desesperación" —es decir suicidios, pero también muertes relacionadas con el alcoholismo o el abuso de las drogas— en países tan desarrollados como Estados Unidos. Y esos repuntes tienen relación con la idea de felicidad que impera en las sociedades occidentales actualmente. Mira, yo en este libro soy crítico con la visión neoliberal, aunque se encuentre dentro del marco del humanismo liberal. Y también soy crítico con su visión de la felicidad. Tú piensa en Dubai, y en cómo allí se autodenominan como la ciudad más feliz del mundo, aunque no defiendan los derechos humanos. Es una visión consumista de la felicidad, en la que lo único que cuenta en la vida es el enriquecimiento individual. Allí, en oriente, esa visión no ha sido capaz de llevar los derechos humanos; y aquí, en occidente, ha incrementado las desigualdades, lo que ha generado un aumento de la infelicidad. Es cierto que nunca existe la felicidad perfecta, pero también lo es que cuando una sociedad avanza en términos marcadamente desiguales, surgen problemas. Es necesario que exista el derecho a ser feliz, pero si uno vive en una sociedad en la que impera la idea de que la felicidad está relacionada con la renta individual, pero en la que al mismo tiempo el ascensor social no funciona como debería porque existen trabas para poder medrar con el esfuerzo propio, ¿cómo se puede aspirar a ser feliz?

P: ¿Pero estamos tan determinados por la cultura? ¿El individuo no puede conquistar una serie de nociones propias acerca de la felicidad, alejadas de lo que impere en su sociedad, que le permitan concebir una vida más o menos plena pese a sus circunstancias?

R: Lo que pasa es que eso es sólo aparente, porque todo está relacionado. Si no hubiese habido un desarrollo económico y cultural jamás habría desaparecido la esclavitud en occidente, por ejemplo. Si no tienes el barco de vapor, necesitas a gente que reme. Si quieres comer, necesitas vivir anclado al trabajo en el campo. Si no, siempre puedes quedarte quieto y morirte de hambre. El avance tecnológico es fundamental para el bienestar. Pero otra cosa que tenemos que entender es que para alcanzar la felicidad no sólo cuenta el bienestar material, aunque sí que es cierto que es un factor que influye. Lo que pasa es que también es necesario el desarrollo de unas libertades políticas y de unas relaciones humanas. Y todo eso debe darse de forma conjunta. El problema hoy en día es que existen dos maneras de entender la felicidad: los que piensan que lo único que cuenta es el crecimiento económico; y los que piensan que eso es sólo una parte de una visión del ser humano más amplia. Ese es el gran desafío que existe hoy dentro del marco capitalista: los que abogan por un capitalismo autoritario —la distopía neoliberal y anarcocapitalista—, y los que otorgan una importancia necesaria a los derechos humanos. Al final, mi libro es un análisis histórico, pero llegando a la actualidad se encuentra precisamente con esta encrucijada: el problema de la necesidad de gobernar el desarrollo económico en base a los derechos humanos, entre los que se incluye el derecho de cada individuo de buscar su propia felicidad.

P: En el libro diferencias entre las distintas "distopías" históricas que conciben la felicidad como algo colectivo. Pones al nacionalsocialismo como ejemplo de la distopía expansiva, y al comunismo como ejemplo de la distopía humanitaria. También mencionas la distopía neoliberal. En tu repaso histórico, señalas el gran fracaso de todas ellas a la hora de garantizar los derechos humanos. Centrándonos en las dos primeras, ¿qué explicación le encuentras al hecho de que las utopías humanitarias tengan todavía una buena acogida en ciertos sectores de la población?

Nota para el lector: La diferenciación que hace Felice entre distopías humanitarias y expansivas se refiere a una manera de entender el propio desarrollo histórico de la humanidad. Las expansivas, como el nacionalsocialismo, están imbuidas de un cierto darwinismo y beben de la noción del "superhombre" nietzscheana. Consideran que existen unas razas superiores a otras, y conciben la felicidad humana como el momento futuro en que la raza superior, el superhombre, dominará la tierra. Con esas premisas, consideran necesario el exterminio de las razas inferiores y la expansión territorial de la raza superior. Las humanitarias, como el comunismo, por otro lado, consideran que todos los hombres son iguales, y están centradas en exterminar las desigualdades. Sin embargo, en su concepción colectiva de la humanidad terminan renunciando a la individualidad de las personas, y renegando de la libertad en favor de una igualdad utópica que, de hecho, nunca se llega a materializar. Ambas visiones terminan, en la práctica, alejándose de los derechos humanos, restándole valor a la vida humana y justificando genocidios, matanzas y represiones.

R: Sí, es posible que tengas razón. Pero creo que lo ves así porque eres europeo, y el nacionalsocialismo sucedió mucho más cerca de donde vives ahora, por lo que percibes más nítidamente su crítica que la crítica al comunismo. El comunismo cometió crímenes enormes, pero principalmente en Rusia, en China y en Camboya —en otros países también, aunque a lo mejor no tan enormes—. Lo que quiero decir es que los crímenes del comunismo, parangonables a los del nacionalsocialismo, están menos dentro de nuestro mundo. Si le preguntas a un ucraniano, sin embargo, percibirás mucho más el temor al comunismo.

P: Claro, pero me refería a otra cosa. A día de hoy, con la cultura predominante en occidente, ¿no es más fácil que las personas acepten antes la visión distópica humanitaria que la expansiva?

R: Sí, ya te entiendo, sí. En un cierto sentido sí. Porque el concepto de felicidad del comunismo es conciliable con la visión cristiana. Puede venderse como una manera de defender a los pobres y a los desposeídos. La del nacionalsocialismo no. Es otra cosa distinta. Entonces, sí, en un cierto sentido, debido a la cultura profunda de la que venimos, que es de raigambre cristiana, puede resultarnos más fácilmente aceptable una visión distópica humanitaria que una expansiva. Puede parecernos menos grave, a lo mejor. Pero, francamente, no lo sé. No estoy seguro. Puede ser. En este tema creo que tampoco podemos obviar nuestro propio sesgo a la hora de percibir la realidad. Y es un hecho que los crímenes del nacionalsocialismo se produjeron mucho más cerca de nosotros, en el corazón de Europa; mientras que los del comunismo sucedieron en Siberia y en China, por lo que han llegado menos hasta nosotros. También han existido crímenes comparables motivados por la visión distópica neoliberal, pero igualmente lejos de nosotros. ¿Quién habla del exterminio que practicaron los belgas en el Congo, por ejemplo? Con el comunismo ocurre lo mismo: sus crímenes están demasiado distantes.

P: Hablando de la distopía neoliberal, ¿hasta qué punto no somos conscientes todavía de ella, y de los riesgos que conlleva?

R: El problema de esa visión es que, al priorizar únicamente el desarrollo económico, termina menospreciando otras cuestiones igualmente importantes para el bienestar de los individuos. Hablo, por ejemplo, del medioambiente, o de los propios derechos humanos. Es un problema muy serio. La verdadera encrucijada de esa distopía es la que hemos mencionado hace un rato: el hecho de que se absolutice el desarrollo económico y tecnológico, pero que se vayan dejando de lado paulatinamente los derechos humanos. En último término, esa visión distópica puede acarrear consecuencias nefastas para la supervivencia de la humanidad. Lo que pasa es que, por otro lado, el debate con respecto a todas estas distopías, también las expansivas y las humanitarias, es más complejo. Yo lo reconozco en el libro: los propios derechos humanos no dejan de ser una invención. No existen necesariamente. Nosotros no nacemos con derechos, sino que los hemos inventado porque nos ayudan a convivir, buscando una cierta prosperidad y paz basada en la tolerancia. Al final, sin embargo, son ideas igual de inventadas que las nociones sobre la felicidad basadas en la raza, en la igualdad o en el enriquecimiento personal. Yo, por mi parte, pienso que la invención de los derechos humanos nos ha ayudado, efectivamente, a vivir mejor y a resolver nuestros problemas. Y por eso creo que es más deseable que las otras invenciones acerca de la felicidad humana.

P: En el libro mencionas el incremento de la desigualdad como una de las fuentes de infelicidad en el mundo liberal capitalista de hoy. Pero, ¿es posible realmente erradicarla? ¿No es una fuente de infelicidad precisamente obsesionarse con esa imposibilidad?

R: No, no es posible erradicarla, claro. Y esa es la utopía humanitaria de la que hablábamos. Por eso yo soy tan crítico con el comunismo. Es obvio que siempre va a existir un componente de desigualdad. Lo importante es crear un mundo en el que esas desigualdades que siempre van a existir no impidan que la gente pueda realizarse. Esa es una de las cuestiones centrales del pensamiento liberal. Desde sus inicios. Pero creo que ahora el pensamiento liberal se ha desviado un poco de este problema. Por ejemplo, entre los primeros liberales había muchos que eran críticos con la desigualdad que podía generar la renta. La posesión de tierras hereditarias. Defendían por ejemplo los impuestos sobre las herencias, para garantizar de esa forma la financiación de los servicios básicos para las personas más desfavorecidas. En ese sentido, existe un espíritu liberal que considera que los excesos de la desigualdad pueden sofocar el crecimiento económico y la realización personal. Es algo que el pensamiento liberal no debería dejar de lado.

P: Otra crítica al capitalismo neoliberal que se esgrime en nuestros días es la de la insatisfacción: el círculo vicioso por el cual las personas estamos continuamente creando necesidades que luego no somos capaces de saciar.

R: Estoy de acuerdo con esa crítica, en términos generales. Pero es un tema complejo. Muchos de los que la esgrimen abogan después por superar el capitalismo. Yo no lo tengo tan claro. Creo que el derecho a la libertad de empresa y a la libertad económica debe ser uno de los derechos humanos fundamentales. Al final, la política democrática es la que debe encargarse de complementar esos distintos derechos. Es decir, yo no abogo por superar el capitalismo, abogo por gobernarlo. Pero en términos de la historia de la humanidad, la paradoja de la felicidad consumista es un problema, sin duda.

P: Y ya no sólo desde un punto de vista consumista. También genera insatisfacción el no responder a las propias expectativas, o el no sentirse reconocido socialmente. Cuestiones más ideales que materiales.

R: Cierto, cierto. La felicidad humana tiene una dimensión relacional. En el libro hablo de la curva de la "u" invertida. Tiene que ver con esto. Al final el tiempo es lo que es, y una persona que vive únicamente centrada en el trabajo puede acabar sin relaciones sociales, por ejemplo, y cosechando precisamente lo opuesto de lo que esperaba. También puede llegar a sentirse realizada, no lo niego. Lo que pasa es que no hay una fórmula matemática de la felicidad. Lo importante es recoger el derecho de las personas de buscar su propia felicidad. Tiene que existir la posibilidad de elegir cómo vivimos nuestra vida. Tener facilidades para cambiar, a lo largo nuestra existencia. Eso es lo que yo digo.

P: Para acabar. Después del repaso histórico que haces en el ensayo, y viendo el proceso de evolución tecnológica sin precedentes en el que nos encontramos ahora, ¿hacia dónde nos encaminamos?

R: (Risas). Hoy tenemos grandes oportunidades gracias al desarrollo económico. La inteligencia artificial, por ejemplo. Estamos desarrollando cosas de una enorme potencialidad para el futuro. Pero si nos olvidamos de que los derechos humanos tienen que ser garantizados y protegidos en todo momento podemos llegar a un mundo donde la libertad individual se pierda. No sé. Ahora mismo hay más facilidad para controlar a las personas, e incluso se podrían crear desigualdades de forma genética. Puede ser aterrador el mundo que vendrá, si nos olvidamos de los derechos fundamentales de cada persona. Aunque tampoco hay que ser pesimista. Yo creo, y lo digo en el libro, que la evolución económica, que ha sido enorme, también ha mejorado la dimensión ética del ser humano. Es decir, hoy nosotros apreciamos más la vida humana. También la de los animales. O el medioambiente. Contrariamente a lo que se cree, hoy tenemos una sensibilidad más desarrollada precisamente porque tenemos una vida más apacible. No estamos tan acostumbrados al sufrimiento de las personas o de los animales y por eso podemos apreciarlo más. Pero claro, la evolución ética es lenta, mientras que la evolución tecnológica cada vez es más vertiginosa. Por eso existe un riesgo de que se genere un abismo entre una y otra. Y creo que el sentido de la política democrática liberal debe ir encaminado a tratar de juntar esas dos dimensiones. Intentar que el progreso tecnológico y económico no se separe de la ética.