¿Cómo van a ser racistas?

Cristina Losada

El racismo no reconocido es habitual, posiblemente el más extendido. Pero en el caso del separatismo catalán hay más madera.

2020-02-13

Han llovido las acusaciones de racismo sobre la alcaldesa de Vic, Anna Erra, por su intervención en el Parlamento catalán al presentar la campaña "No me cambies de lengua", y el separatismo está extrañado. ¿Cómo van a ser racistas ellos? Será, naturalmente, todo lo contrario. Pedirles a "los catalanes autóctonos" que no se pasen del catalán al español "cuando creen, por el acento o los rasgos físicos, que su interlocutor no es nacido en Cataluña". Decir que es un grave defecto o una mala costumbre "hablar en castellano a cualquier persona que, por su aspecto físico o por su nombre, no parece catalana". Afirmar que perjudica a la lengua catalana creer que ese gesto es una muestra de respeto. Insistir, como hizo la consejera de Cultura, Mariángela Vilallonga, firmante del manifiesto Koiné, en que es necesario que los catalanoparlantes "mantengan el catalán ante personas que por sus rasgos o signos distintivos no sepan si saben o no catalán". Todo esto, se dicen sorprendidos y dolidos, ¿cómo va a ser racista?

La cuestión, en realidad, se la formulan así: ¿cómo vamos a ser racistas nosotros? Eso es un imposible metafísico, desde su punto de vista. El racismo no reconocido es habitual, posiblemente el más extendido. Pero en el caso del separatismo catalán hay más madera.

No se limitan a decir que no son racistas, como tantos racistas. Han ido apilando pruebas de que son todo lo contrario: el viejo lema "Cataluña, país de acogida", sus denodados esfuerzos por la cohesión social, su filantrópico interés por la integración. Y sí, la integración es la integración en la lengua, pero para que ningún no autóctono se sienta foráneo. No para impedir que se oiga la lengua de las bestias en Cataluña, como diría Torra. No para desterrar el español a la condición de lengua extranjera, de lengua del ejército de ocupación, que diría Pujol. Nada de eso. De lo único que se trata, así lo ve el separatismo, es de hacer el bien. Lo suyo es pura generosidad integradora.

El separatismo catalán se tiene en un gran concepto. Ese gran concepto en que se tiene excluye totalmente la posibilidad de que anide en él la maldad racista. El primer artículo del credo separatista declara, confirma y asienta la altura moral de sus miembros. Se ven y se piensan, tal como lo vienen transmitiendo desde hace mucho tiempo, aunque más en los últimos y trepidantes años, como una privilegiada reserva de cualidades humanas, cívicas, políticas y éticas. Prácticamente sin ningún defecto, salvo tal vez su propia bondad: a veces ser tan bueno no sale a cuenta. Ese estatus imaginario crece en la comparación con el resto de los españoles, gentes que consideran aún están por civilizar, y es que tuvo origen ahí, en la invención de la diferencia, en la exacerbación (narcisismo) de las pequeñas diferencias. Pero lo esencial es que se consideran mejores. Con plena naturalidad. No ya como si el supremacismo estuviera justificado, sino como si fuera plenamente natural. Ese supremacista no puede reconocer su supremacismo.

Nos encontramos así con que las palabras de Anna Erra, que son las palabras de la campaña que presentaba y las palabras de la mayoría del separatismo, las han vindicado los separatistas como la antítesis del racismo. Como una prueba, otra más, de que, lejos de diferenciar a las personas por su aspecto, su acento y otros rasgos distintivos, lo que quieren es no discriminar a nadie; darles a todos la oportunidad de aprender catalán y acceder a la cultura. Aunque sea forzándolos un poquito. Aunque sea obligándolos a seguir una conversación en un idioma que no conocen o conocen poco. Pero es que no hay otra manera. De lo contrario, cediendo a las malas costumbres y cortesías, igual se piensan esas personas no autóctonas que cuando están en Cataluña están en España. Igual se creen que se las pueden arreglar allí hablando la lengua de las bestezuelas. Y eso hay que quitárselo de la cabeza. Sabino Arana aconsejó en un artículo publicado en 1895: "Si algún español que estuviese, por ejemplo, ahogándose en la ría, pidiese socorro, contéstale: niz eztakit erderaz (no sé castellano)". Era un método más expeditivo. Pero iba por el mismo camino.