Paliativos y eutanasia encubierta

Eduardo Goligorsky

La apelación al "No matarás" bíblico no basta para resolver los complejos problemas de la muerte digna.

2020-02-21

Los únicos argumentos que escucho contra la ley de eutanasia para los que no tengo respuesta desde el punto de vista racional son los de los creyentes que, como mi abnegada cuidadora evangélica, aluden a sus principios religiosos. No puedo rebatirlos ni polemizar con ellos porque para hacerlo tendría que aceptar dimensiones que me son totalmente ajenas. Me extraña, por ello, que quienes tienen a su alcance un nutrido arsenal de textos canónicos que conocen al dedillo, no los utilicen para enriquecer el debate, y opten en cambio por arengas difamatorias que lo empobrecen.

Respetar las discrepancias

La explicación de este silencio la encuentro en el hecho de que incluso quienes obedecen a dichas convicciones religiosas saben que la sociedad marcha por otros carriles. La apelación al "No matarás" bíblico no basta para resolver los complejos problemas de la muerte digna. Sobre todo en un mundo donde ese mandamiento es transgredido sistemáticamente en guerras y revoluciones que a menudo cuentan con la bendición de las jerarquías cristianas, musulmanas, judías y ateas.

Puesto que no todos escuchan la palabra de un Ser Supremo, cualquiera sea el nombre que este reciba, lo más razonable será que quienes sí creen escucharla se afirmen en sus creencias, las apliquen en la práctica y las divulguen en su entorno profano con un respeto civilizado por las discrepancias. Si alguien piensa, como el papa Juan Pablo II, que el sufrimiento tiene virtudes redentoras, que lo diga sin miedo. Precisamente porque hemos entrado en una etapa más avanzada de la civilización hemos aprendido a respetar las discrepancias. Y en esta sociedad laica y aconfesional, el legislador ha dejado de castigar como delito lo que algunos consideran pecado. Es lo que ha sucedido con el divorcio, el aborto y las relaciones homosexuales, y lo que es previsible que ocurra con la eutanasia. Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

Demanda social

Una vez desestimado el argumento religioso contra la eutanasia, válido exclusivamente para los creyentes, que deben disfrutar del derecho inalienable a criticarla y no practicarla, entramos en el terreno de la demanda social. Francamente favorable a la aprobación de esta ley. Según el Estudio de valores europeos 2019, elaborado por la Fundación BBVA, siete de cada diez españoles son muy o totalmente partidarios de autorizar esta práctica, con supervisión y ayuda médica (LV, 11/2).

El objeto del proyecto de ley, según la información citada, "es regular el derecho de las personas que sufran una enfermedad grave e incurable, o padecen una enfermedad grave, crónica e invalidante (certificada por un médico), que cumplan una serie de requisitos, a solicitar y recibir la ayuda necesaria para morir (…) El paciente deberá realizar la solicitud a su médico por escrito (…) El médico evaluará si la solicitud es voluntaria, sin coacciones externas y que expresa fielmente los deseos de la persona y se la enviará a otro médico ajeno a su equipo para que también la evalúe".Y a partir de aquí habrá una sucesión de controles y plazos de índole garantista antes de llegar al desenlace solicitado.

Lucha a muerte

Insisto en que si se excluyen las objeciones de contenido religioso es muy difícil articular la oposición a la ley de eutanasia. La cultura humanista reconoce el derecho de los individuos en uso de razón a disponer del propio cuerpo, y una de las aplicaciones legítimas de este derecho consiste en emplear todos los recursos para evitarle el sufrimiento. Incluidos los recursos extremos cuando el sufrimiento es crónico, incurable e invalidante, como estipula la ley.

Esta lucha a muerte -nunca mejor dicho- contra el sufrimiento es tan imperiosa que se cuela en los textos de la Iglesia católica. Informa Josep Playa Maset (LV, 11/2), que después de rechazar explícitamente la eutanasia,

el documento de 70 páginas Sembradores de esperanza de la Conferencia Episcopal Española habla de adecuar los cuidados paliativos para no caer en la obstinación terapéutica, e incluye la opción de retirar, ajustar o no iniciar tratamientos que se consideren inútiles. (…) Y se acepta, por ejemplo, que la morfina puede aliviar al paciente en casos extremos. Y que "en situaciones de enfermedad incurable, avanzada e irreversible, con un pronóstico de vida limitado o bien en situación de agonía (…) se emplea la sedación paliativa (…) que el paciente disminuya su nivel de conciencia con ayuda de medicamentos de modo que no perciba dolor, sufrimiento o angustia.

La compasión vence al tabú

Los eufemismos y circunloquios no ocultan que los cuidados paliativos aquí aceptados conducen, paso a paso, al mismo final previsto en la ley de eutanasia, sin detallar las garantías que esta ley enumera. Es la eutanasia encubierta por la vía de los paliativos o de "retirar, ajustar o no iniciar tratamientos que se consideren inútiles", tal como muchos médicos la han estado practicando bajo cuerda, hasta ahora, cuando la compasión vence al tabú.

La nueva ley borrará del anecdotario esta confesión que escuché de labios de un difunto médico clínico, con una larga experiencia en la sanidad pública y privada: "Nunca desconectamos el respirador de un paciente terminal. Le decimos a la enfermera Paquita que lo haga".

Ayudaría a la convivencia y al bienestar de los ciudadanos que los legisladores del Partido Popular y Vox asimilen las sutilezas -¿jesuíticas?- de la CEE y moderen su oposición a una ley que no obliga a nadie, nos ampara a todos, y es coherente con el ideario liberal.