Irene Montero o la diarrea de una izquierda arracional, desigualitaria y odiosa

Pedro de Tena

Algún día se escribirá cómo se llega desde indignada en la Puerta del Sol a propietaria de una mansión en Galapagar y desde

2020-03-09

Algún día se escribirá cómo se llega desde indignada en la Puerta del Sol a propietaria de una mansión en Galapagar y desde militante anticasta de púlpito a ministra de un Gobierno de España. Plumas habrá que trencen la crónica. Lo que sabemos es que a la nación española le ha sobrevenido una epidemia izquierdista con tres características principales: está instalada en la arracionalidad, practica la desigualación entre ciudadanos y provoca odio hacia los diferentes.

No es una irracionalidad, un desprecio de la razón en tanto que mecanismo para comprender la realidad, sino la más cruda arracionalidad, que consiste en convertir la arrazón, la sinrazón y la irrazón en una palanca de poder sin más. La verdad ya no importa. Cuando el otro día esta ministra explicaba su ley de libertad sexual (sobre todo de las mujeres, claro) en una televisión, se enfrentó a la pregunta crucial del cómo saber si sí es sí. ¿Cómo juzgará un juez si se ha dado o no consentimiento expreso cuando no hay testigos? Y se atrevió a decir Irene Montero: "Cuando no hay cámaras ni hay testigos, el juez cuenta con las testificales y los testigos", lo cual raya en la indecencia intelectual o en el analfabetismo jurídico. ¿O es que no se atrevió a decir que el juez, por ley, debería creer siempre a la mujer y nunca al hombre?

Este es el problema de las leyes de género y, en general, como ha subrayado en estas páginas, y ya en 2006, Antonio Robles, de toda la ofensiva de discriminaciones positivas. ¿Tiene género la violencia, o tiene autores y víctimas, sean quienes sean? Como ocurrió con las medidas paritarias de presencia de la mujer en Gobiernos y en otros casos, el mérito, la capacidad, la razón y la verdad se dejan al margen. Que en las leyes de violencia de género sólo el hombre heterosexual pueda ser culpable y que sólo la mujer heterosexual pueda ser víctima –no en caso de otros tipos de familias y parejas– es sorprendente y completamente arracional, y yo defiendo que deberían haber sido declaradas inconstitucionales. Todo ello conduce a la desigualdad ante la ley de los ciudadanos en función de su sexo.

La arracionalidad se ha manifestado además en un Consejo de Ministros que aprueba una ley sin leerla o al menos sin tener el texto definitivo. La arracionalidad se ha demostrado también en que el Ministerio de Justicia haya producido 26 páginas de correcciones y críticas a un proyecto de ley, que no sabemos cuál fue, si el mismo o no que leyeron los ministros o si antes o después. La arracionalidad culmina en que no hubiera ni un asesor de la ministra, que tiene una buena cuadrilla, que supiera algo de técnica legal. ¿Y el Consejo de Estado?

Frente al deseo de buena parte de la Humanidad desde el siglo XVIII de conseguir la igualdad de todos los seres humanos ante la ley, sin distinción de sexos ni de ninguna otra característica personal, que es lo que dice exactamente el artículo 14 de la Constitución vigente, estamos caminando ley tras ley e interpretación constitucional tras interpretación constitucional hacia otra Constitución. La arracionalidad y la desigualdad que impulsa la mayoría de izquierda socialcomunista permite que el argumento racional, científico y técnico y la tolerancia derivada de un profundo sentido democrático estén dando paso a un odio creciente, por ahora en las palabras, contra los disidentes de estas nuevas minorías enceguecidas por el poder sin más. La arbitrariedad y el capricho contra la ley. No es nuevo. Es Calígula, la otra peste de Camus. Es lo mismo que se sembró antes de que comunismos y totalitarismos fascistas y nazis asolaran Europa.

El problema es que cuando los arracionales, desigualadores y odiosos logran un trozo o trocito de poder, lo ejercen y arrinconan o tratan de acogotar a sus adversarios. Sin embargo, los que estamos en contra de toda esta nueva barbarie y del camino empedrado que nos conduce a un infierno no sólo no hacemos mucho, sino que cuando se ha tenido el poder, como lo tuvo Mariano Rajoy desde 2011, uno de los poderes más importantes de la historia de la democracia, no se hizo nada eficaz. Y así se sigue. Véase el caso Cayetana Álvarez de Toledo por decir que dos y dos son cuatro. El llanto y crujir de dientes vendrá después, pero…