Diego Costa, ¡qué bobo eres!

Juan Manuel Rodríguez

2020-03-12

El martes que viene la UEFA decidirá si se suspenden las competiciones de clubes hasta nuevo aviso, la Champions y la Europa League. Pese a la anormalidad demostrada por los uefos en ocasiones precedentes, lo más normal incluso para ellos es que el máximo organismo del fútbol continental se decida por la suspensión aunque se necesite el apoyo de todas las federaciones nacionales, y digo que lo más normal es que esto sea así porque, de otro modo, carecería de sentido suspender el City-Real Madrid y el Juventus-Olympique de la semana que viene esperando que dentro de quince días se haya resuelto el problema de la pandemia del coronavirus. Es inevitable que esta situación acabe afectando también a la celebración de la Eurocopa, que ahora mismo está en el aire; ya se habla de que podría jugarse en el verano del año que viene aunque el problema es que la FIFA, que está enfrentada con la UEFA, tiene prevista la puesta en marcha del Mundial de clubes precisamente para esas fechas.

El Real Madrid es el primer equipo español en estar en cuarentena después del positivo de Trey Thompkins, a quien se vio con mascarilla y con guantes a su llegada a Milán pero que no ha evitado el contagio. En la NBA, también suspendida, se ha conocido el segundo positivo por el Covid-19 y, tras Rudy Gobert, es ahora Donovan Mitchell el afectado, los dos jugadores por cierto de Utah Jazz. Tras la reunión de la federación con la Liga también se han suspendido durante dos semanas los partidos de Primera y Segunda División y también se ha suspendido la Euroliga. Lo razonable es que cualquier actividad deportiva profesional quede suspendida hasta nuevo aviso, esperando a que el rebrote de coronavirus empiece a descender hasta acabar siendo controlado, como parece que ya está ocurriendo en China, que nos lleva dos meses de ventaja. Es una situación nueva para todos, inédita hasta la fecha, y lo que hay que hacer es rezar para que se encuentre cuanto antes una vacuna porque, según comentan los epidemiólogos, este virus ha venido para quedarse. Y, mientras tanto, seguir a pies juntillas las recomendaciones de nuestro personal sanitario en cuanto a la escrupulosa higiena personal y la limitación de nuestros movimientos a lo mínimo imprescindible. Porque, tan peligroso o más que el virus, es el colapso de nuestros hospitales y que, al final, se acabe por no poder atender a quien realmente lo necesita.

El asunto no es para tomarlo a broma. Daniele Rugani, por ejemplo, que fue el primer futbolista italiano en dar positivo y que ahora mismo se encuentra en cuarentena, asegura que está bien, que hay que respetar las reglas y que si en Italia te ven por la calle teniendo que observar la cuarentena te denuncian. El mensaje de Rugani es importante porque tiene una capacidad de penetración mayor y porque su ejemplo puede influir en mucha gente; quienes, por unos u otros motivos, tenemos la posibilidad de dirigirnos a la gente debemos lanzar un mensaje de responsabilidad y de tranquilidad porque, si Dios quiere, acabaremos superando esta crisis. De ahí justamente que del delantero Diego Costa, que ayer, a la conclusión del partido contra el Liverpool, tosió sobre los periodistas bromeando con un tema tan serio, hoy no pueda decir otra cosa que es un soberano mamarracho, un imbécil de tomo y lomo, un sansirolé de dimensiones estratosféricas.

Sucede que, a veces, la habilidad innata para tal o cual actividad no va acompañada por un cerebro a la altura. A Costa le hace mucha gracia pero seguro que a los familiares de los fallecidos o infectados no les hace ninguna que un futbolista profesional reconocible a nivel mundial se tome a chanza una pandemia de estas características. El Atlético de Madrid, que tan brillantemente se clasificó anoche para unos cuartos de final de una Copa de Europa que ya veremos si se celebra o no se celebra, debería llamar la atención a Costa, y éste tendría que pedir perdón públicamente. Aunque probablemente todo esto sea como pedirle peras a un alcornoque incapaz de dar incluso un par de bellotas. Costa, tienes la gracia allá donde la espalda pierde su casto nombre. Y sí, te doy una hora para que pienses a qué parte de tu cuerpo me estoy refiriendo.