Caprichos vírico-literarios para olvidar, un ratito, el coronavirus (I)

Pedro de Tena

Aportamos algunos usos de la palabra virus con el fin de entretenernos y olvidarnos, aunque sólo sea un rato, del Covid-19.

2020-03-16

Los virus cobraron actualidad, además de "actuidad" como dejó claro Xavier Zubiri, a finales del siglo XVIII con Jenner, y luego con Pasteur, Koch y otros muchos, pero existir, han existido desde hace muchísimo tiempo. De hecho, la rabia de los perros siempre estuvo causada por un virus, pero durante siglos no se sabía qué era eso. La palabra que hoy los señala, virus, ya era empleada por Cicerón. Fíjense que, en su Lelio o de la amistad, se refirió a un tal Timón, que, por lo visto, era experto en buscar a alguien a quien vomitarle encima el "virus" de su amargura (apud quem evomat virus acerbitatis suae, cita el texto de la Editorial Gredos).

Como puede apreciarse, virus significa hoy una cosa diferente de la que significaba entonces. En el muy querido diccionario juvenil de latín, el viejo Vox, puede leerse que virus -i, para los romanos, significaba jugo, humor, tósigo, ponzoña, veneno, mal olor, fetidez o baba. Pero, tanto en su significación actual como en la antigua, la palabra virus fue utilizada como metáfora en numerosos escritos y en relación con muchos hechos o conductas con los que guardaba una relación de semejanza.

Vamos a ir aportando algunos de estos usos de la palabra virus con el fin de que, a pesar de su desorden, haya un hilo conductor que nos permita entretenernos y olvidarnos, sólo un rato, claro, de ese Covid-19 del que apenas sabemos nada y que parece haber surgido casi de la nada hace unos meses.

Por empezar por uno de los nuestros, Antonio Muñoz Molina, en su novela Plenilunio, describiendo el comportamiento de un primo hermano del hombre-lobo, anota que ese personaje llevaba oculto sin que lo supiera "el virus que ha empezado a envenenarle la sangre… el instinto de crueldad o de homicidio que se despertara en él como un violento mecanismo automático". Es más, presentía que se iba a convertir "en una criatura hacia la que él mismo sentiría horror si pudiera verla en un espejo". Un virus de los de verdad, para empezar.

Pero hay otros. Fernando Bermúdez de Castro, premio Planeta, en su Pasos sin huellas (1958), narraba lo que llamó el "virus amoroso". Lo muestra en el contexto del lance de un personaje que siente alegría por la ausencia del novio de la mujer amada. Y dice: "Se le veía tan dichoso, tan expresivo, que sentí por él idéntica pena a la que sentía por mí mismo. Es repulsivo ver cómo nos ciega el virus amoroso: un rapaz tan inteligente como Antonio, engañándose con la ausencia de un novio... Claro que había que conocer a Dagny Honsted, que por no sentirse sola era capaz de seducir a un estilita".

Más premios Planeta. Esta vez, un polémico argentino, Marcos Aguinis, no muy del agrado de la izquierda, que reemplaza la palabra "fantasma" del Manifiesto Comunista por "virus". Y describe cómo "el comunismo penetró como un virus, circulando por todo el árbol arterial de nuestra sociedad. De su contacto no se libera el cerebro ni el corazón. ¡Ha penetrado en nuestra Santa Iglesia! Algunos sacerdotes sucumben a su infección provocando una consternación lógica entre los fieles. ¡Dios nos proteja de ese mal!...El aire pestilente sopla en las salas y corredores, atraviesa de parte a parte la Casa del Señor". Escrito en La cruz invertida, 1970.

Otro agraciado con el Planeta, José María Gironella, en su novela Condenados a vivir se pone a contar un bodorrio de campeonato. "El vestido de novia, el piso —cerca de la avenida Pearson—, los regalos, los invitados, que entre las dos familias cabía suponer que llegarían sin duda a los quinientos... La irritación de Pedro le salía por los poros". Tanto le salió que espetó a la que se casaba: "¿Qué has hecho en tu vida para que se organice una cosa así? ¡Ni que hubieras descubierto el virus del cáncer, si el cáncer es un virus!". O sea, que el cabreado muy claro no tenía lo que era un virus.

Juan Marsé, otro afortunado de los Planeta, en La muchacha de las bragas de oro, 1978, sí tenía conciencia de que la memoria podía sufrir una suerte de virus y que era preciso "registrar estos hechos para salvarlos del olvido" y sortear "la malignidad del virus que un día había de corroer la artificiosa escenografía, el implacable reverso de la memoria…"

Salgamos, ya de los Planeta, a los que volveremos tal vez más adelante, para reencontrarnos con Azorín. En un escrito sobre los valores literarios, que dedicó a Ortega, tuvo un momento para lo que llamó, no explícitamente, el virus taurino, virus que nunca lo infectó cuando joven porque no era muy partidario de la fiesta nacional. Y escribió: "Se llenan planas enteras en los diarios con las hazañas y peripecias del estúpido espectáculo. En una ciudad cantábrica se celebra una corrida de diez y ocho toros (en la misma ciudad a la cual ha legado su biblioteca Menéndez y Pelayo). Escritores y publicistas que parecía que debieran estar libres de ese virus, se complacen en tratar y debatir sobre cosas de toros...". Al hacerse mayor, Azorín fue infectado, o seducido, por Juan Belmonte.

Don Miguel de Unamuno, sobre el que volveremos, en En torno al casticismo (1902), nos obliga a aplaudir, como hace bien poco a los sanitarios españoles, por su esfuerzo contra el coronavirus, cuando subraya el virus de la política pequeña. "En una politiquilla al menudeo suplanta la ingeniosidad al saber sólido, y se hacen escaramuzas de guerrillas. La pequeñez de la política extiende su virus por todas las demás expansiones del alma nacional". Vamos, no le quitamos ni una coma.

Pero hasta el arte "gentilicio", esto es, el arte de los gentiles puede llegar a ser un virus. Demetrio de los Ríos, en su discurso ingreso Academia Sevillana de Buenas Letras, 1866, se refirió al esfuerzo que hubo de hacer el arte cristiano inicial para "limpiarse del virus gentílico". Lamentablemente, "apenas comienza a resplandecer adolescente, se impregna de nuevo en dicho virus" pero, en fin, no estaba el horno para anatemas.

Más cerca de nuestros días, en la revista Andalucía en la Historia, que edita la Junta de Andalucía, se llegó a mencionar el "virus de la escritura". Se hizo con motivo de la semblanza de Ernesto Feria Galdón, uno de nuestros médicos escritores y filósofos, al que el periodista Víctor Márquez Reviriego, cuando trabajaba en el diario Odiel, convenció para componer una crítica de libros de Filosofía para su periódico. Y confesó el interesado que fue entonces cuando "se le inoculó el 'virus' de la escritura, que ya no le dejó".

Leopoldo Alas, 'Clarín', admirador de Benito Pérez Galdós, se rebeló contra algunos tratamientos que se le aplicaron a su amigo. Y le puso nombre a uno de los responsables de las críticas, "Carlos M. Perier, director de la Defensa de la Sociedad (en competencia con el benemérito Cuerpo de la Guardia civil)" y hace una relación de desgracias que sería necesario suponer, sobre todo, "un artículo lleno de postemas sociales, miasmas pestilenciales, gangrenas, virus venenosos, influencias deletéreas, descomposiciones orgánicas y otras suciedades, como dicen los diputados nuevos hablando de las actas. Pero ni el Sr. Perier es crítico, ni los críticos son el Sr. Perier". Bueno, bueno.

El gran conocedor del español, el mexicano Antonio Alatorre, llegó a hablar en 1992 de un "virus neoacadémico" que convierte a los críticos literarios en gente que no dice si le gusta un poema o no, o qué le gusta del poema "ni mucho menos qué sensaciones experimenta al leerlo, qué cuerdas hace resonar en él". El crítico neoacadémico "va a decir qué es ese texto, en qué consiste desde el punto de vista científico". Sí, de ese virus hay quien sabe mucho e incluso hay muchos que lo portan de manera inmisericorde para no decir lo que en realidad piensan.

El novelista Alberto Vázquez Figueroa, en su Maremágnum, nos habla de otro tipo de virus al que llamaremos el "virus de la caza", que tiene un gran peligro porque degenera. De hecho, los que estaban infectados, "los cazadores profesionales que abatían animales por oficio, pronto dejaban de disfrutar con aquello. Un elefante africano muerto se convertía en cotidianeidad. Un tigre de bengala cosido a balazos, era algo habitual. La emoción desaparecía con el paso de los años". Entonces muchos lo dejaban, pero otros, ojo, "tenían el virus de la muerte inoculado en sus venas. Necesitaban matar para sentirse vivos y los cocodrilos, los hipopótamos y los guepardos había dejado de ser interesantes". ¿Cuál sería ahora el objeto de su interés? Pues los demás hombres. Cuidado.

Niceto Alcalá Zamora y Castillo, hijo de quien fue presidente de la II República española, don Niceto Alcalá Zamora y Torres, riza el rizo cuando menciona la existencia de un virus iconoclasta entre la juventud que estudiaba Derecho Procesal. Lo dijo cuando escribió lo que sigue: "Si a cargos tan audaces, en que la fantasía, desbordada, reemplazó a la información inexistente, y si en el mundo el virus iconoclasta no hiriese estragos —especialmente entre la juventud—, no valdría la pena de pararse un instante a refutar tales imputaciones que, por su ligereza, so vuelven contra quien las profirió, sin lesionar a la figura contra la que se lanzaron". Bueno, sí, estaba en plena pelea intelectual con otros de su profesión.

Naturalmente en las narraciones de ciencia ficción se encuentran muchas referencias a virus diversos. Brian W, Aldiss, en su novela Cuando la tierra esté muerta nos hace dar un paseo fascinante por el Inficarium, un extraño lugar que tenía un pasillo principal y en el que se conservaban todas las enfermedades infecciosas que habían desaparecido de la Tierra, esto es, un museo de virus y bacterias. Y escribe: "Fascinados, Saton y Corbis iban de galería en galería, observando a través de instrumentos ópticos que les permitían contemplar las distintas especies. En la Sala de Virus estudiaron los grupos virales que habían antaño infestado las plantas, los más raros que habían infectado a los peces, las ranas y los anfibios, y todas las prolíficas variedades que en otros tiempos habían perjudicado de manera tan impune la vida animal". Allí estará pronto, vamos a creerlo, el coronavirus.

Para ir terminando esta primera entrega de estos caprichos vírico-literarios para olvidarnos un poco de la pandemia que nos afecta, nada mejor que hacerlo con Alfonso Reyes. Curiosamente, cuenta el gran mexicano, Goethe sufría de pulsiones suicidas y por ello, para sublimarlas y desterrarlas, escribió su Werther. Pero con tan mala fortuna que, gracias a esa obra, inoculó el virus del suicidio a demasiados jóvenes que se atrevieron a hacer lo que él no quiso. En el tomo I de sus Obras Completas, Cuestiones Estéticas, Opiniones, Reyes lo dice así:

Goethe, mezclando datos de su vida y de la joven Jerusalem, hizo, según su decir, arte con materia de la vida, y se libertó de la obsesión del suicidio (que era ambiente); más aquellos de sus amigos a quienes la lectura del libro arrastró a la muerte hicieron vida con materia del arte, y se contaminaron con el virus que el poeta había echado de sí por medio de la expresión literaria.

Y para los amantes de lo extraterrestre, digamos para terminar de verdad que Pedro Amorós, en su Guía de la España misteriosa, nos ha dejado de piedra. En agosto de 1971, relata, se recibió una carta supuestamente escrita por extraterrestres, "en la que se contaba que estaban experimentando con un virus igualmente no terrestre". El caso es que, debido a determinados problemas, "su control se les había escapado de las manos y había afectado a una persona, Margot Shelly, hija de la marquesa de Villasante y baronesa de Alcalalí, Margarita Ruiz de Lihori, que era aristócrata pero no tenía realmente tales títulos.

Era licenciada en Derecho, "había sido corresponsal de guerra en Marruecos, y había dictado eruditas conferencias en diferentes lugares del continente americano. Pertenecía, sin lugar a dudas, a la alta sociedad. Margarita tenía tres hijos varones: Luis, Juan y José María Shelly y Ruiz de Lihori, y también una hija, Margarita, conocida y llamada por todos Margot. Trabajaba para el Instituto Nacional de Previsión del gobierno de Franco y se hallaba destinada en Albacete".

Se dirán ustedes que esto es una trola. Pues no se sabe con certeza porque el famoso semanario El Caso, en 1954, tituló a todo trapo en su portada: El misterio de la mano cortada. La mano era de la pobre Margot Shelly, fallecida joven por una leucemia. Lo de haber sido infectada por un virus extraterrestre es opinable pero su madre, Margarita, un personaje casi imposible, se libró de la cárcel y del manicomio. ABC lo contó aquí y nuestro añorado compañero Paco Pérez Abellán le dedicó un programa fascinante que puede verse y disfrutarse. La serie El Caso le dedicó, cómo no, un episodio. Para nuestro objetivo, todos valen. Se van a distraer de verdad.