Dentro de la tormenta

Luis Herrero

¿Por qué Sánchez se empeña en parecer un lobo de mar en medio de una galerna si su aspecto es el de un asustado timonel a merced del temporal?

Luis Herrero | 2020-03-29

Volvió a pasar. El sábado por la tarde, estando imbuido en la lectura de La Línea de sombra, de Joseph Conrad, una alerta del móvil me arrebató el mar azul, sembrado de arrecifes, por el que navegaba el barco de mi imaginación y me obligó a poner pie a tierra. "El presidente del Gobierno comparecerá en rueda de prensa a las 18:30 de la tarde". Cerré el libro, no de muy buen grado, y me dispuse a escuchar la perorata del capitán que ocupa el puente de mando del país.

Mi hija Irene, que sigue con vivo interés la actualidad política a pesar de tener que lidiar el confinamiento de sus cuatro hijos —o tal vez por ello—, me preguntó por whatsapp: "¿Y qué diablos nos quiere anunciar, otra vez nada?". Era una pregunta pertinente. La semana pasada habíamos comentado la absurda comparecencia sabatina de Sánchez: cuarenta minutos de verborrea bolivariana sin otro motivo aparente que el de vender su imagen de esforzado gobernante.

El arranque no fue nada prometedor. Parecía que venía con un mensaje de esperanza debajo del brazo dispuesto a levantar la moral de los españoles confinados por el virus. Luego pasó a mayores. "La Unión Europea —dijo mientras los huesos de la mandíbula le asomaban a la mejilla— nació para evitar la tercera guerra mundial". "Ostras, qué lejos quedan los eufemismos de la simple gripe", pensé. El espíritu de Churchill brillaba en sus ojos: "Debemos librar unidos, los 27 países de la Unión, esta guerra contra un enemigo común. Europa no puede defraudar, como hizo en 2008. Es la hora de la contundencia y la solidaridad. Si Europa quiere, puede". Esa parte del discurso me rayó un poco. Nada de lo que decía era incierto, pero sonaba a excusa de mal pagador. "Ahí tienen al culpable de nuestras desdichas —creí entender que estaba diciendo—. Si el primo de Zumosol no nos protege, démonos por jodidos".

Y entonces llegó el anuncio. Medida excepcional: "Todos los trabajadores de actividades no esenciales deberán quedarse en casa hasta el 9 de abril." Bueno, me dije, al menos esta vez ha salido para anunciar algo. Sí, ¿pero, qué? Poco a poco, sus explicaciones se iban haciendo más oscuras. Entendí algo de adelantar la Semana Santa, de recuperar después los días no trabajados, de que si hacemos sus cuentas la restricción solo afectaba a 8 días laborables, de que el salario de este parón no corre peligro. Sí, vale. ¿Pero a quiénes le afecta?

"Los trabajos no esenciales son los que fija el decreto del Estado de Alarma", responde Sánchez en el turno de preguntas, sesgadas una vez más por el filtro protector de su jefe de prensa. Su voz titubea. Parece que no sabe explicar muy bien el alcance concreto de las decisiones que toma. Si los servicios esenciales ya estaban fijados y sus trabajadores ya podían circular por la calle durante el confinamiento, ¿en qué cambia la situación? Mi hija Irene me envía un mensaje: "¿Papá, va a aclarar lo que es no esencial?". ¡Albricias! No soy yo el único obtuso, suspiro aliviado. Tuvimos que esperar a la rueda de prensa de la portavoz, el domingo por la tarde, para salir de dudas. Y menos mal. La alternativa hubiera sido otra comparecencia de Sánchez.

Que el Gobierno lo está haciendo tirando a muy mal parece una opinión bastante generalizada. Pero seamos justos: ¿estamos seguros de que otros, en su pellejo, lo estarían haciendo mejor? Tampoco el PP parece seguir criterios demasiado claros. Tan pronto habla de "oposición de Estado" como se lanza a la yugular. En el gobierno de Madrid, la gestión de la crisis no es un dechado de ejemplaridad. Aún estamos esperando el avión de China cargado de material sanitario que Díaz Ayuso prometió hace más de una semana. No nos lo cuentan, pero el pacto de coalición con Ciudadanos echa humo. Las grietas entre los socios se agrandan cada día.

Durante la comparecencia de Sánchez no paraba de darle vueltas a esta idea para impedir que mi juicio a su discurso resultara injusto. Sin embargo, ni aun así era capaz de salir de mi asombro. ¿Pero por qué se explica tan mal?, me preguntaba. "¿Por qué no pide perdón por los errores cometidos? ¿Por qué se empeña en parecer un lobo de mar en medio de una galerna si su aspecto, y su lenguaje corporal, es el de un asustado y voluntarioso timonel a merced de la tormenta?

De puertas adentro, en los susurros off the récord, algunos de los ayudantes de campo que bajan al cuartel general del estado de alarma —conocida como zona cero— reconocen que hay cosas que se han hecho mal. Fue una estupidez, reconocen, dejar la gestión de la crisis en manos de Sanidad. Es un ministerio raquítico y sin experiencia en compras. Fue otra barbaridad, reconocen también, dilatar 24 horas la entrada en vigor de la orden de confinamiento después de haberla anunciado. Se hubiera evitado la diáspora a las segundas residencias y la extensión del contagio se habría contenido mejor.

Otro error más, reconocido en la penumbra: haber decretado la centralización de las compras y no haber acudido de inmediato a un mercado salvaje donde impera la ley del mejor postor. Ahora, las Comunidades Autónomas, vista la ineptitud de Illa, tienen que sobrepujar, sin recursos suficientes, las ofertas de países mucho más solventes. Y eso, claro, sin hablar del 8-M. ¿Por qué no reconoce Sánchez en público lo que reconocen sus próximos en privado? Los ciudadanos nos sentiríamos más seguros al saber que el piloto al mando es consciente de lo que está funcionando mal. Si un motor está en llamas y el comandante dice que son reflejos del sol en el fuselaje, el pánico, antes o después, será inevitable.