La manipulación estadística de la epidemia

Amando de Miguel

El Gobierno debería ser destituido y luego procesado por su manifiesta incapacidad.

Amando de Miguel | 2020-04-06

La epidemia del virus de China (por su origen y por su beneficiario final) es de alcance mundial; por eso se dice "pandemia". Pero, ante todo, es una lección de humildad para el mundo presuntamente científico en el que creemos habitar. Los supuestos expertos no nos saben decir por qué el dichoso virus ataca más a unas edades que a otras, a unos territorios más que a otros. No nos podemos creer que el oportuno tratamiento de la epidemia, y no digamos la vacuna, se va a generar en España. Fuera de nuestro país, tampoco es que la comunidad científica internacional nos haya dado mucha confianza. A las autoridades sanitarias de los distintos países no se les ocurre otro remedio para luchar contra la epidemia que el confinamiento en los domicilios de la mayor parte de la población. Era lo que se hacía en los tiempos precientíficos. No podemos esperar que China nos proporcione el dato esencial de cómo se gestó la epidemia. Sí sabemos que ese país se alza como el principal proveedor de artículos protectores para combatir la enfermedad.

Las autoridades sanitarias españolas, manifiestamente incompetentes, nos confunden de modo deliberado y torpe con la divulgación de los datos sobre la epidemia. Los suelen dar en números absolutos o estableciendo proporciones espurias (fallecidos por cada cien infectados). El despliegue de estadísticas con números absolutos es un caso de la técnica fraudulenta de la precisión fuera de lugar o irrelevante; sirve para confundir. Hacen comparaciones entre regiones o países sin atender a la población censada en cada uno de los territorios. El resultado es un bien pensado enmascaramiento estadístico para confundir a la sufrida población. Destaca sobre todo el disimulo de la cifra de fallecidos, que es lo más relevante. En efecto, se verá que en las teles nunca aparecen imágenes mortuorias, enterramientos, funerales o actos de despedida y homenaje a los muertos. En su lugar menudean los plácemes a las personas que se curan, las noticias estimulantes con los casos de solidaridad. Es una burda reproducción del tipo de noticias que se suelen hacer circular en las guerras. En el caso actual se trata de una artera manipulación de la realidad, una escandalosa propaganda que me atrevería a calificar de criminal. El número de fallecidos por la epidemia en España supera con creces a todos los muertos por todo tipo de catástrofes, violencias y actos terroristas durante los 40 años de democracia. Y eso que la maldita epidemia se halla solo en sus comienzos.

Se oculta cuidadosamente el cálculo del dato relevante sobre la epidemia. A saber, la relación entre el número de fallecidos en un lapso (día, semana o mes) y el número de habitantes censados para la unidad territorial de que se trate. Esa es la auténtica tasa de mortalidad. Más precisiones. En el numerador de la cantidad de fallecidos convendría distinguir las causas de la muerte. Para simplificar: fallecidos en los que se ha detectado el virus chino y todos los demás. Si se levantaran bien los cálculos dichos, se llegaría a esta terrible conclusión: la tasa de mortalidad en España por el virus chino, a finales de marzo, era ya la más alta del mundo. Desde que empezó la epidemia en enero, la tasa de mortalidad por el virus chino en España sigue una tendencia creciente. La inflexión reciente acaso se deba a que las cifras de fallecidos no son válidas. No se avizora la tendencia a la ralentización o el aplanamiento de la curva de incidencia de la epidemia que pregona insidiosamente la propaganda oficial. Al tiempo que se pregona oficialmente que "disminuye la proporción de afectados", se anota el hecho triunfalista de que los hospitales se saturan y se abren "hoteles medicalizados" y "hospitales de campaña". En el entretanto, los hospitales se han convertido en lazaretos, al estar excluidos de ellos los enfermos de males no contagiosos. Las residencias de ancianos han vuelto a ser los asilos de antaño. Resuena en mi memoria el estribillo de una cancioncilla infantil: "No hay novedad, señora baronesa, no hay novedad, no hay novedad". Resulta que el palacio de la señora baronesa había sido incendiado y se habían destruido todas sus pertenencias.

Hay más. Se sospecha que la tasa de mortalidad española, descontada la epidemia, en marzo de 2020, era muy superior a la del mismo mes del año anterior. Tal anomalía requiere una doble explicación:

1) la dedicación exclusiva a la lucha contra la epidemia ha dejado preterida la atención a los enfermos de otras patologías, que han ido falleciendo inmisericordemente. Esa sí que han sido las víctimas mortales silenciadas;

2) se han producido muchos casos de fallecimiento por el virus chino que no han sido certificados de esa forma. Es muy posible que ese mismo doble proceso se siga produciendo en el mes de abril y en los siguientes. El ocultamiento se debe a que no se han hecho las pruebas del virus chino a muchas personas fallecidas. Ambos supuestos no son excluyentes y revelan una desidia administrativa que no se corresponde con el triunfalismo de que "en España tenemos el mejor sistema sanitario del mundo".

Hay que añadir otros dos datos escandalosos: la mortalidad tan elevada de las personas internas en residencias de ancianos y la proporción tan alta de afectados por el virus chino por parte del personal sanitario. En ambos casos la culpa se debe a la desidia en proveer a los sanitarios de las medidas de protección necesarias para su cometido. El sistema que nos hemos dado en la España del ‘Estado de las Autonomías’ ha sido una rémora para organizar ben la adquisición del material clínico necesario. Aunque se habla oficialmente de un "mando único" en la lucha contra la epidemia, la impresión que queda es la de una completa descoordinación por parte de las autoridades sanitarias.

La tristísima conclusión es que nos encontramos ante una gigantesca estafa por parte de las llamadas "autoridades sanitarias", que quizá no sean propiamente ninguna de las dos cosas. La población española, confinada en sus domicilios sine die, asiste pasiva a este confuso espectáculo de la lucha contra la epidemia. Al tiempo se incuba una situación de crisis económica sin precedentes en la historia. Habrá que volver sobre ello de manera detenida.

De momento, el Gobierno debería ser destituido y luego procesado por su manifiesta incapacidad para gestionar la lucha contra la epidemia. Nunca hubo poderosos tan impotentes.