Crítica: 'Castlevania' de Netflix, la brutal adaptación de los legendarios videojuegos de Konami

Juan Manuel González

La serie de animación Castlevania adapta los videojuegos de Konami con buenos (y sangrientos) resultados.

Juanma González | 2020-04-22

Uno no tiene más que darse una vuelta por el mercado de videojuegos de segunda mano para percatarse de la impecable reputación de la saga Castlevania, de la japonesa Konami. Sus versiones para las antediluvianas consolas de 8 y 16 bits alcanzan precios astronómicos y los recopilatorios y nuevas versiones para dispositivos de nueva generación suponen un chorreo constante, como la sangre que gotea de los colmillos de Drácula. Un servidor todavía recuerda la salida de The New Generation para Megadrive de Sega, tras muchos años como un lanzamiento exclusivo de Nintendo, con no demasiadas copias aquí en España, así como la sangrante dificultad que solo un plataformas horizontal de aquellos tiempos podía alcanzar.

Dejando aparte este chispazo metafórico y nostálgico, espero que disculpable, llegamos al porqué de la cuestión. Porque Castlevania, con su peculiar reinterpretación de leyendas vampíricas en clave de fantástico japonés, nunca ha llegado a desaparecer del panorama popular. Así lo demuestra la serie de anime producida por la plataforma Netflix de la que el pasado marzo se estrenó su tercera, y hasta ahora última, temporada, escrita por el reputado guionista de cómics Warren Ellis.

Tras los eventos del final de la segunda, que no contaremos aquí pero que ciertamente pasaron página, nos internamos en un nuevo ciclo. Finiquitamos la vieja historia del último de los Belmont contra Drácula, dispuesto a arrasar la humanidad tras la pérdida de su amor, y nos internamos en nuevo territorio, nuevos escenarios, y una mezcla de nuevos y viejos personajes.

Una decisión que entraña cierto riesgo para el aficionado pero que, por eso mismo, resulta refrescante, testimonio de ese híbrido cultural (varios países, varios medios, varios géneros) que es esta Castlevania. Pese a insertarse, por su procedencia y estética, en el territorio del anime o animación japonesa, el responsable creativo además del estudio Powerhouse (ubicado no precisamente en Japón sino... en Texas) es el británico Warren Ellis, guionista de cómics con una heterogénea carrera tanto en el género de superhéroes como en el adulto o independiente (Planetary, The Authority). Ellis se ha caracterizado casi siempre por una destacable carga crítica que manifiesta, como mínimo, un interés en alejarse de lo uniforme, lo inofensivo, y quizá eso sea lo que ubica la serie producida por Netflix en un territorio muy particular, al menos a ojos de este cronista, no demasiado experto en animación japonesa. Y quizá esa sea también la causa de que Castlevania tenga la épica superheroica de una película Marvel, el tono gótico de un buen film de la Hammer y la violencia y sentimientos descarnados de la esa animación adulta japonesa a la que apela en el territorio visual. Ellis suma pequeñas dosis de un escepticismo acopladas de manera natural a la historia, sin relecturas o ironías pese al evidente mejunje mitológico que habitaba ya en las raíces de la saga, y el resultado es entretenido, brutal y muy, muy satisfactorio.

Además de apelar a la nostalgia de otros tiempos, la serie proporciona terror, acción y gore como pocas producciones de Hollywood podrían lograr en tiempos de blancas franquicias para todos los públicos. Y añade además un extraño y mórbido romanticismo, fruto del buen trabajo con los personajes, casi nunca de una pieza, palpable en relaciones como -por ejemplo- la que mantienen Isaac con Drácula o en esta tercera la que mantiene Hector con Carmilla y Lenore. El resultado, un relato de terror gótico en clave superheroica que, pese a la típica rigidez de la animación televisiva nipona posee un vigor narrativo e imaginativo encomiable que la dirección de Sam Deats, pese a la clásica rigidez e inexpresividad de sus personajes, consigue reflejar en pantalla.

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Castlevania | Netflix

Tras ese breve prólogo de cuatro capítulos que fue la primera temporada y el excelente resultado de la segunda (sus últimos tres episodios son un clímax épico y dramático impresionante), la tercera temporada es un obligado paso atrás para abrir nuevas tramas. Lo que permanece es el interés de los diálogos (en absoluto una ristra de monosilábicos), el trabajo de los actores en su versión original (uno pronto se acostumbra al particular recitado de los mismos, entre absorto y afligido), así como la increíble violencia y el malsano sentido del humor que se permite Ellis.

Castlevania 3 funciona como secuela y a la vez reinicio, desarrollando relaciones humanas que antes se habían obviado y fundando otras en la temporada más meditabunda de todas, con toque "Juego de Tronos" inevitable pero bien integrado. Una vez finiquitada la batalla con Dracula se abre un nuevo horizonte para los protagonistas, y Ellis se toma su tiempo en desarrollar la nueva situación. No pasa nada, en tanto el guionista nunca da la impresión de quedarse sin ideas, sino al contrario: amplía el mundo gótico con nuevos escenarios (el trabajo de fondos, por cierto, es excelente) y deja de lado la épica para introducirse en territorio más íntimo y religioso, con algunos ramalazos oníricos y nuevos personajes secundarios. Castlevania 3 frena un poco para dirigirse lentamente hacia un nuevo objetivo dejando, por el camino, escenas destacables que no solo son de acción o matanza: la conversación entre Isaac y una de sus criaturas (la única que presuntamente puede hablar), el viaje astral de Saint Germain (que incluye una visión inalcanzable de su objetivo) y ese inquietante momento en el que una de las criaturas nocturnas irrumpe en una iglesia… no para destruir sino para "hablar". La música de Trevor Morris, con ese sabor "a lo Hans Zimmer", sigue funcionando muy bien.

La diversidad de públicos al que necesita y puede apelar una plataforma de streaming como la todopoderosa Netflix, con su búsqueda de productos y propiedades para todos los sectores de público, en ocasiones ofrece los resultados esperados. Solo así uno se explica el éxito de una serie de nicho que, a tenor de sus resultados, manifiesta una importante capacidad de trascender su objetivo inicial, o al menos tener unos resultados capaces de apelar al interés de más cantidad de público.