Lenin: monstruos que parecen personas

Julia Escobar

En la galería de monstruos que parecen personas porque leen, se enternecen con películas e incluso aman, Lenin ocupa uno de los principales lugares.

Julia Escobar | 2020-04-22

Este mes, concretamente el 22 de abril, se "celebran" los 150 años del nacimiento en Rusia de Vladimir Ilich Uliánov, alias Lenin, uno de los mayores criminales del "demoledor siglo XX", al que se refiere el libro aun no traducido al español Reflections on a Ravaged Century, de Robert Conquest, autor también de El gran terror (sí traducido), tan fundamentales para la causa del anticomunismo como pueda serlo el Archipiélago Gulag de Solzenitsyn.

"Sólo los enemigos saben estimar los motivos del anticomunismo", decía Nicolas Gómez Dávila. Y ese fue el caso de Kingsley Amis, excomunista devenido ferozmente anticomunista gracias a la influencia de Conquest. Kingsley era el padre de Martin Amis, autor de Koba el temible. La risa y los veinte millones (Anagrama), sobre la incomprensible y duradera complacencia de tantos eminentes intelectuales hacia esa ominosa doctrina.

Dicha complacencia, que tanto nos asombra, ha sido reiteradamente estudiada y comentada por muchos autores que trataron el tema que nos aflige, concretamente, el papel letal del creador de esta abominable doctrina, el camarada Lenin, espejo de todos los totalitarismos modernos, incluido el fascismo. Me limitaré a mencionar algunos de los que considero más destacados, además de los ya citados: La revolución rusa (Robert Pipes, DeBolsillo); Lenin (Robert Conquest, Grijalbo); El verdadero Lenin (Dimitri Volkogónov, Anaya&Mario Muchnik); Memoria del comunismo (Federico Jiménez Losantos, La Esfera de los Libros) y Lénine, l’inventeur du totalitarisme (Stéphane Courtois, Perrin). También debo consignar el Lenin. Una biografía, de Robert Service (Siglo Veintiuno de España), no sin advertir que, en mi opinión, es complicado hacerse una idea de lo que opina realmente el autor, hasta tal punto se pliega esta obra a los cánones más estrictamente académicos del género.

En la galería de monstruos que parecen personas, porque les gusta la música, leen, se enternecen con algunas películas, e incluso aman, Lenin, ocupa uno de los principales lugares; sin duda tiene muchos predecesores en la historia universal de la infamia pero, en el mundo contemporáneo, él es de los primeros junto a Stalin, su secuaz y sucesor al frente de esa organización criminal que fue la Unión Soviética; y Hitler, el otro gran criminal del siglo XX, creador del nacionalsocialismo, más conocido como partido nazi.

Pero así como la influencia de Hitler, vencido y desarmado —juzgados sus crímenes a través de sus acólitos en Nuremberg y aunque sea inolvidable su ignominia— es, en este momento, inoperante, la pesadilla comunista iniciada por Lenin, proseguida por Stalin y continuada en mayor o menor medida, según la época, por todos los dirigentes que les sucedieron hasta la caída del muro de Berlín en 1989 y la implosión de la URSS en 1991, sigue estando vigente en numerosos países donde impera dicho régimen, y lo que es, si no peor, desde luego más inquietante, entre muchos intelectuales y dirigentes políticos de las así llamadas democracias occidentales.

Baste recordar la reacción de la prensa española y de ciertos "destacados intelectuales", a raíz de la malhadada visita de Alexandr Solzenitsyn a España. El colmo de la abyección lo protagonizó el exquisito Juan Benet, resumiendo con sus palabras cuál era la catadura moral de la izquierda —y de la derecha liberal— en aquella época, que yo me atrevería a decir que sigue siendo bastante similar a la de ahora.

Yo creo firmemente que mientras existan gentes como Alexandr Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración… Tal vez los campos deberían estar un poco mejor custodiados a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsyn, en tanto no adquieran un poco más de educación no puedan salir a la calle. Pero una vez cometido el error de dejarles salir, nada me parece más higiénico que las autoridades soviéticas (cuyos gustos y criterios respecto a los escritores rusos subversivos comparto con frecuencia) busquen el modo de sacudirse semejante peste. ("El hermano Solzhenitsyn, Artículos, vol. I, Libertarias, 1983).

Voy a detenerme en lo de "cuyos gustos y criterios respecto a los escritores rusos subversivos comparto con frecuencia". ¿Se refiere a Turguéniev, a Tolstoi? Desde luego, a Dostoievski no creo. ¿O tal vez a los que verdaderamente inspiraron a Lenin? Estoy hablando de Chernyshevski y su novela ¿Qué hacer?, cuyo título habla por sí solo, y del Catecismo del revolucionario de Necháiev. Este último es un panfleto criminógeno, pero el primero es una novela. La diferencia entre Chernyshevski y los grandes escritores de su época aquí mencionados, es que además de no ser grande, era un ideólogo y un panfletario que no quería retratar a la sociedad, como hacían ellos, sino deconstruirla y rediseñarla para que Lenin acabara con ella y hacer verdad el lema de los primeros momentos de la revolución bolchevique: "Conduciremos con mano de hierro a la humanidad hacia la felicidad".

Lo de Benet fue hace cuarenta años, y sin embargo sigue vigente, es más, las cosas, desde entonces, incluso han empeorado. La prueba la tenemos entre nosotros, en la figura de ese que por la razón de la sinrazón que preside los principios de la democracia parlamentaria por la que nos regimos, ha llegado a ser vicepresidente de un gobierno social-comunista. Y lo malo de los comunistas es que, aunque se les demuestren los crímenes cometidos por ellos y en su nombre, eso no sólo no les hace cambiar de opinión, sino que les admiran aún más y se jactan de ello porque están completamente de acuerdo.

Me refiero a Pablo Iglesias, el cual, en su afán de emulación, no tiene empacho en demostrar que conocía perfectamente a su líder, porque es un chico listo y leído, un mini Lenin, dispuesto a medrar a la primera de cambio, que aplica al pie de la letra el sistema de la toma del poder según el principio de "cuanto peor, mejor", propio de aquellos que, como Lenin, en su impaciencia, pescan en aguas revueltas y si no las hay, las revuelven ellos mismos para poder pescar lo antes posible en ellas. Afortunadamente no puede implantar el terror, aunque, aprovechando el coronavirus, hay que reconocer que lo intenta.

Como estamos hablando de los crímenes del comunismo quiero recordar que según un informe ministerial de la URSS, publicado en 1956, sólo entre el 1 de enero de 1935 y el 22 de junio de 1945 fueron fusiladas 7 millones de personas, o sea, un millón al año. En el reinado de Alejandro II fueron ahorcados en Rusia 70 presos políticos. Esa "pequeña" cantidad era debida a que sólo había un verdugo. Pero para fusilar a 7 millones de personas hacen falta muchos más, y así se levantó una especie de industria de la muerte, cuya cadena estaba formada por costureras para las mordazas, conductores para el transporte de las víctimas, antes y después de ser sacrificadas, enterradores... Y como estamos hablando de Lenin, les dejo aquí una muestra de su proceder para conseguir la felicidad del género humano:

El 29 de enero de 1920, después de las huelgas de los ferroviarios en el Ural, Lenin telegrafió a los responsables: "Estoy asombrado de que no procedáis a ejecuciones masiva por sabotaje". "Un buen comunista también es un buen chekista". "Hay que dar ejemplo. 1) Colgar (y digo colgar de forma que la gente lo vea) a no menos de 100 kulaks, ricachones, bebedores de sangre demasiado conocidos. 2) Publicar sus nombres. 3) Apoderarse de todo su grano. 4) Identificar a los rehenes como lo hemos indicado en nuestro telegrama de ayer. Hagan eso de manera que a cien leguas a la redonda la gente lo vea, tiemblen, se enteren y digan: Matan y seguirán matando kulaks sedientos de sangre. Telegrafiad que habéis recibido estas instrucciones. Vuestro. Lenin".

"El socialismo y el comunismo son regímenes de odio, y dicho sea en abono de la humanidad, los regímenes de odio no pueden durar". Esto lo escribió Fernando Pessoa en El banquero anarquista, y aun deseando de todo corazón que así sea, la fea conclusión de lo que vemos es que 150 años después de su puesta a punto el comunismo sigue siendo una pesadilla de la que aún no hemos conseguido despertar.