Virus centralista

Cristina Losada

La gran diferencia con España es que Merkel puede contar con la lealtad constitucional de todos los poderes 'autonómicos', sean de su partido o de otros

Cristina Losada | 2020-04-23

Dos hechos están provocando auténticas urticarias entre la grey del nacionalismo periférico. Uno es el papel que están teniendo las Fuerzas Armadas y los cuerpos de seguridad nacionales en la contención de la epidemia. Al principio, en algunas localidades, las autoridades de partidos nacionalistas trataron de obstaculizar incluso su participación en el montaje de hospitales de campaña. Ahora aceptan a regañadientes que las fuerzas de seguridad ayuden, pero rechazan que transmitan al público lo que están haciendo. Quieren que hagan desinfecciones de hospitales y residencias o que traigan material sanitario desde China, pero les molesta enormemente la presencia de los "uniformados" –así los llaman, tono despectivo– en las ruedas de prensa del comité de seguimiento de la crisis. En suma, quieren que trabajen, pero que no se dejen ver.

El segundo asunto que les irrita es que se hayan centralizado decisiones en el denominado ‘mando único’. La remota posibilidad de que esta epidemia pueda conducir a una temible recentralización del Estado les alarma más que la epidemia misma. El Gobierno catalán ha tenido, además, el cuajo de asegurar que la independencia hubiera blindado prácticamente a la región contra el coronavirus. Es la idea loca del separatismo como vacuna. Y si hace dos semanas exigía un encierro mucho más estricto, ahora anuncia que va a aprobar su propio plan para revocar el confinamiento. Nada nuevo bajo el sol. Da igual que haya una catástrofe sin precedentes. Ya han mostrado en otras ocasiones que ellos más que nadie ven las crisis como una oportunidad.

La centralización de decisiones se puede discutir, dejando al margen el caso perdido de la Generalidad catalana. No siempre funciona mejor el mando único, y los fallos que ha habido lo demuestran. El hecho de que el impacto de la epidemia no fuera homogéneo en todo el territorio nacional, sino muy distinto en unas zonas que en otras, también reforzaba el argumento de la descentralización. Pero resulta que la epidemia se desarrolla o puede desarrollarse de tal manera que a la inicial fase de impacto heterogéneo siga una fase de homogeneización, sencillamente porque el virus se traslada de unas zonas a otras. De ahí que apostar por una respuesta descentralizada no fuera la opción más segura.

Estas semanas se pone mucho como ejemplo a Alemania. También para certificar que la descentralización es más eficaz a la hora de contener la epidemia. Pero los buenos resultados de Alemania, que ha tenido una mortalidad muy inferior a la nuestra, no se pueden atribuir a la descentralización o al federalismo, como se está diciendo. Se deben a su capacidad para producir tests, que le ha permitido realizarlos masivamente desde el principio y detectar con más rapidez a los contagiados y sus contactos. Y se deben a que el virus, inicialmente, afectó más a personas jóvenes y de mediana edad, ventaja relativa que ya está perdiendo. En Alemania no se ha impuesto un estado de alarma, pero las restricciones aprobadas se han cumplido en todo el país. Las medidas se negocian entre el Gobierno federal y los Länder. La gran diferencia con España es que Merkel puede contar con la lealtad constitucional de todos los poderes autonómicos, sean de su partido o de otros. Aquí, en cambio, hay que contar con la deslealtad de los habituales.

¿Qué ocurrirá en la siguiente etapa? El Gobierno central dice que el proceso de retirada de restricciones será asimétrico, con fases y medidas diferentes según las zonas. Como no han desvelado aún nada del plan, desconocemos cómo se va a configurar la asimetría. El mayor riesgo a evitar es que suceda lo que ocurrió en algunos países con la gripe española a principios del siglo XX, cuando una epidemia que apareció desigualmente distribuida resurgió en una segunda ola con una virulencia similar en todas las áreas del país. Si sucediera algo así, no habría sistema de salud que lo soportara. La asimetría no puede cortarse, en ningún caso, a la medida de los partidos y poderes autonómicos más desleales. Por más dependencia que tenga de ellos –o querencia por ellos– el Gobierno central.