Por qué llora y no llora la izquierda

Pablo Planas

Lloran y lloran mucho, lloran por ellos, pero son incapaces de derramar una lágrima por nadie más y mucho menos por las víctimas del coronavirus, que les pillan muy lejos.

Pablo Planas | 2020-04-27

Como es bien sabido, la izquierda es superior moralmente a la derecha porque lo dicen intelectuales de la talla de Jorge Javier Vázquez ("Si tienes una mala racha no folles con un facha"), Jordi Évole alias el Follonero, el Gran Wyoming, Antón Losada, Máximo Pradera, Julia Otero más Ferreras y señora, la de los bulos, entre muchos otros.

La izquierda, así en general y siempre según los antedichos, es mejor, más culta, bondadosa y cabal, limpia, honrada y benemérita. Por eso es que la izquierda puede extender certificados de buena conducta y honradez, pases pernocta de bondad, salvoconductos de ejemplaridad, carnets de ciudadanía y pasaportes de civismo y buenos sentimientos, mientras que la derecha es caspa y cutrez. No hay más que enchufar la tele y ver Sálvame, Salvados, Al Rojo Vivo o el sábado noche de La Sexta para comprobarlo.

La izquierda, además, tiene sentimientos, sí señor. Y a flor de piel. He ahí las lágrimas de Pablo Iglesias cuando fue investido Pedro Sánchez. El hombre, compendio de virtudes viriles, de azotar pavas hasta sangrar, macho alfa de la manada pijocomunista, no pudo contener el llanto y a la vista de los fotógrafos se abandonó al sollozo compulsivo en un torrente amazónico de lágrimas como las que vertió aquel Monedero por la muerte del comandante Chávez. Y es que ya se veía de vicepresidente.

Otro pedazo de hombre que se viste por los pies y llora, claro que llora, es Pedro Sánchez, el líder mundial de la pandemia. Sin ir más lejos, el 30 de octubre de 2017 nuestro actual presidente del Gobierno renunciaba a su condición de diputado en el Congreso y el diario El País explicaba la circunstancia en los siguientes términos:

En una comparecencia en el Congreso de diez minutos, sin preguntas, en el que se le ha quebrado la voz y ha tenido que detenerse varios segundos ante la imposibilidad de continuar para no llorar abiertamente, ha lanzado reproches y avisos a la comisión gestora [del PSOE].

Había que verlo. Los ojos enrojecidos, el gesto balbuceante, la mandíbula temblorosa, el dolor cincelado en las facciones, rota la voz de pena. En el archivo digital del ABC están las crudas fotos, descarnado serial gráfico del monumental disgusto y hondo dolor causado por su defenestración temporal como líder socialista. Qué pena más grande, madre.

Así que no es cierto que Pedro Sánchez o Pablo Iglesias no sepan llorar. Lloran y lloran mucho, lloran por ellos, de pena o alegría, como el vicepandemias, pero son incapaces de derramar una lágrima por nadie más y mucho menos por las víctimas del coronavirus, muertos que les pillan muy lejos, directamente en la Cochinchina. Y lo que no va a hacer la izquierda es malgastar una sola lágrima por esos difuntos, no vaya a ser que de repente existan más allá de la condición de números, picos, curvas y estadísticas en manos del doctor Simón y se les joda el recuento.

De ahí que no entiendan las lágrimas de Isabel Díaz Ayuso en una misa en la Almudena por los fallecidos por la epidemia o por qué llora la consejera de Sanidad de Castilla y León, la doctora Verónica Casado, a quien se le quebraba la voz en el Parlamento regional al recordar los nombres y apellidos de sus colegas muertos por el coronavirus mientras ejercían su profesión casi sin medios de protección por la incompetencia supina de un Gobierno de iluminados incapaz de comprar mascarillas y tests en condiciones, no por los recortes en los años de la anterior crisis.

"Lágrimas de cocodrilo" alegan los genios del periodismo zurdo, tan cuquis ellos. No lo olviden. Son los mismos que jaleaban a las plañideras que desaguaban cataratas por el sacrificio de la mascota del ébola, el perrito Excalibur. Fascinante, la izquierda, qué de sentimientos, pero ni uno por los demás.