Convivir con el virus

Cristina Losada

Frente a la tentación de transmitir que todo está controlado y no hay nada que temer, hay que exponer las incógnitas de la situación y los riesgos a los que seguiremos expuestos.

Cristina Losada | 2020-04-27

Hace una semana, la canciller Merkel compareció ante la prensa para manifestar su preocupación. Era el día en que se levantaban varias restricciones impuestas en Alemania para contener la epidemia. El esfuerzo de contención fue exitoso, comparado con el de otros países, como el nuestro. Pero la canciller no lanzó un mensaje triunfalista. Lejos de ello, habló de una "situación engañosa", de estar "en la cuerda floja", de que se había instalado un debate que sugería "una seguridad que no existe en absoluto". Antes, ya había alertado de que era muy posible que no se estuviera al final de la epidemia, sino al principio. Merkel es científica de formación. De ahí que tenga muy presente todo lo que no sabe aún la ciencia sobre un virus altamente infeccioso y selectivamente muy letal.

En nuestro país se ha producido un cambio en el enfoque político de la epidemia. De propugnar las medidas de confinamiento más estrictas posibles, llegando a extremos difíciles de justificar y de entender, se ha pasado a reclamar el levantamiento de restricciones. Desde las autonomías donde los datos son mejores se pide con creciente insistencia la reactivación. Y hay buenas razones para empezar a recuperarla o para definir, al menos, el horizonte de recuperación. Pero ha aparecido, al mismo tiempo, un tono preocupante. El mundo político habla ya con fluidez de una desescalada segura, como si eso fuera posible. Es verdad que le cuelgan a ese concepto una serie de condiciones. Aún así, transmite una promesa de seguridad. Una promesa que no se podrá cumplir.

La epidemia nos ha puesto –y ha puesto a la política– frente a una serie de dilemas y conflictos de interés difíciles de resolver. Allí donde hay un debate abierto sobre esos dilemas, el mayor, el más importante, tiende a verse en estos términos: ¿hay que convivir con el virus o continuar confinados hasta lograr su extinción? Un gran problema es que no está claro que sea posible erradicarlo. Como objetivo, el de la erradicación es incierto. Se trataría, en cierto modo, de una apuesta. No se puede asegurar a día de hoy que después de un lockdown prolongado, con efectos devastadores para la vida social y la economía, el virus vaya a desaparecer de un país. Garantizar que vaya a desaparecer de la faz del planeta es ya todo un imposible.

Una solución de compromiso al dilema consiste en convivir con el virus asumiendo algunas de las malas consecuencias que tendrá ese convivir. Mientras no haya vacuna ni terapia, mientras la inmunidad de rebaño esté tan lejos como ahora, esa vía intermedia significa asumir que no se podrá evitar todo contagio ni todo fallecimiento, y que lo único que se podrá evitar es que se descontrolen los brotes que están por venir. No es una solución óptima, pero puede que no haya otra mejor. En todo caso, es la vía que se va a explorar. También en España. Pero habrá que explorarla sin engañarse ni engañar sobre los riesgos que entraña. El despliegue de instrumentos como el testado, el mapeo de la inmunidad o las aplicaciones para controlar cadenas de contagio, va a disminuirlos, pero no puede hacerlos desaparecer.

La "desescalada segura" no existe en los términos absolutos que evoca el concepto. No existe la seguridad al cien por cien. Ni siquiera se da, en ese grado, en el tipo de escalada que es posible hacer. Frente a la tentación de transmitir que todo está controlado y no hay nada que temer, hay que exponer las incógnitas de la situación y los riesgos a los que seguiremos expuestos. No deberán maquillarse ni ocultarse esas informaciones indispensables. No hay que dorar la píldora. El modo humano de convivir con el riesgo siempre ha sido el de conocerlo lo mejor posible.