Vivan las cadenas

Emilio Campmany

Lo que está haciendo Sánchez en economía, educación, justicia y trabajo es darle la vuelta al ordenamiento jurídico español soslayando todo control parlamentario.

Emilio Campmany | 2020-04-28

Los comunistas defienden que, desaparecida la URSS, Occidente se ha ido despeñando por la sima del capitalismo salvaje a lomos de un neoliberalismo cruel. Se supone que la pandemia ha servido para darnos cuenta de lo mucho que nos hace falta el Estado y de qué mal hicimos cuando consentimos reducirlo a su mínima expresión. Lo público es bueno y lo privado, malo.

La verdad es que, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, el Estado en Europa Occidental no ha hecho más que crecer. Y la caída de la URSS no impidió que siguiera haciéndolo. Lo que ha ocurrido es que el Estado ha dejado de ser el ineficaz empresario público que fue. Pero no ha sido sustituido por empresarios privados que se hayan disputado el mercado en buena lid. El Gobierno, abusando de las muchas competencias que tiene, decide quién gana y quién pierde. Y casi siempre llena los bolsillos de los mismos. Por un empresario que triunfa gracias a su talento y esfuerzo, hay nueve que se forran merced a subvenciones y ayudas. Por otra parte, la maraña legislativa en la que se desenvuelve cada sector hace que sólo pueda tener éxito quien cuente con la benevolencia de las autoridades encargadas de aplicar esa legislación. Las grandes empresas españolas son en general complacientes hetairas del poder político, siempre dispuestas a la lisonja y la coima a cambio de concesiones, autorizaciones y vista gorda. Bancos, empresas inmobiliarias y no digamos grandes medios de comunicación o productoras cinematográficas dependen del Gobierno. La sana competencia apenas se da en ningún sector. Las petroleras, eléctricas y empresas de telecomunicaciones fingen que compiten sin realmente hacerlo. Los consejos de administración están henchidos de antiguos altos cargos. Y todo eso por no hablar de la romería de institutos, fundaciones, observatorios y asociaciones donde sestea la inmensa clientela que come a costa de partidos, sindicatos y patronales, cosa que no sería posible si el Estado no tuviera el inmenso tamaño que tiene. ¿Y necesitamos más Estado? ¿Más impuestos? ¿Más intervencionismo?

Es lógico que una situación de emergencia el Gobierno tenga poderes excepcionales. Sin embargo, cuando el húngaro Viktor Orbán, de derechas, aprovecha la pandemia para atribuirse la facultad de gobernar por decreto, todos se escandalizan. Cuando es Sánchez, de izquierdas, el que hace poco más o menos lo mismo, nadie, ni siquiera en España, dice ni pío. Y si al menos el Gobierno sólo tomara medidas para combatir el virus, sería comprensible. Pero lo que está haciendo Sánchez en economía, educación, justicia y trabajo, por citar sólo algunas áreas, es darle la vuelta al ordenamiento jurídico español soslayando todo control parlamentario.

Es evidente que no necesitamos más Estado, necesitamos una economía que de verdad sea de libre mercado y no un mercado para los amigos del Gobierno donde la moneda de curso sea la corrupción. Pero como la codicia de los políticos no tiene límites, todavía quieren más y más. Y nosotros, que tras tantos días confinados empezamos a dar síntomas de síndrome de Estocolmo, estamos dispuestos a tolerar que nos estrujen con la enésima vuelta de tuerca. Vivan las cadenas.