¿Mi vida en manos de Pablo Iglesias?

Javier Somalo

España es el ejemplo de un país que, disponiendo de recursos extraordinarios, está pésimamente dirigido para aprovecharlos en una situación de emergencia.

Javier Somalo | 2020-05-09

Madrid sufre lo peor de la pandemia en España por cuestiones obvias. Pero lo cierto es que ha sido también la comunidad que más instrumentos y personas ha puesto al servicio de la lucha contra el virus. Si el Gobierno central no colabora lo suficiente someterá a Madrid a una excepcionalidad que provocará una catástrofe económica… de la que después no dudará en culpar al gobierno de Ayuso.

"Desconfinar" sin garantías sanitarias y epidemiológicas es peligroso pero impedir que esas garantías lleguen, condenando a un confinamiento eterno es una inmoralidad, amén de un delito. Con unos criterios básicos de homologación estatal –serios, lo que excluye a Illa y a Simón– casi todas las empresas habrían realizado ya los test pertinentes a sus empleados. Ese sería un terreno ganado y ahorrado al dinero público –el de verdad, no el de Camen Calvo– porque más caro sale cerrar el negocio y no poder abrirlo que invertir en unos test que permiten calcular si podrás seguir produciendo bienes o servicios, cuántos y cómo en condiciones seguras.

Con muchas más personas analizadas clínicamente resultaría también mucho más accesible cerrar círculos familiares de posibles contagios haciendo un seguimiento como el que se lleva a cabo en la investigación básica contra el cáncer u otras enfermedades con componente hereditario o contagioso. Pues no, no se hace aunque en España se sabe hacer y muy bien. No hay estudio poblacional serio sobre la pandemia ni se le espera. Hasta el CIS –con Tezanos en la calle, por favor– podría aportar una información bruta muy valiosa que podría facilitar análisis válidos sobre contagios. Pero, por lo visto y sufrido en estos casi dos meses, es mejor disfrutar del poder ciego, sin diagnósticos y dar las notas a los alumnos: aprobados y suspensos con un tribunal anónimo, porque no se puede saber quién está decidiendo sobre nuestras vidas. Como en China.

Digan lo que digan o callen lo que callen Illa y Simón por orden de Iglesias y Sánchez, la Ley de Salud Pública (2011) dice con claridad que "las administraciones sanitarias exigirán transparencia e imparcialidad a las organizaciones científicas y profesionales y a las personas expertas con quienes colaboren en las actuaciones de salud pública (…) A estos efectos, será pública la composición de los comités o grupos que evalúen acciones o realicen recomendaciones de salud pública". Lo recuerda Ana Pastor (PP), licenciada en Medicina y Cirugía y dedicada muchos años a la Salud Pública y la Administración Sanitaria antes de decidirse por la política, que también se puede.

España es el triste ejemplo de un país que, disponiendo de recursos humanos y técnicos extraordinarios, está hoy pésimamente dirigido para aprovecharlos como requiere una situación de emergencia general. Somos líderes en investigación y tratamientos contra el cáncer, en donación de órganos y trasplantes, en tratamiento de enfermedades cardiovasculares y hasta en salvar vidas –por muchas que se pierdan– en accidentes de tráfico. Y lo somos porque los profesionales trabajan bien en la sanidad pública y en la privada, con el juramento hipocrático por encima de la conjura política, aunque algunos se empeñen en convertir los aplausos de las ocho en una defensa exclusiva de la cosa pública o por más que la vicepresidenta Calvo cante las virtudes sociales de la sanidad global desde la prestigiosa Ruber.

El Gobierno –con sus sabios ocultos en flagrante ilegalidad– espera el problema para reaccionar y hacerlo mal; en ningún caso hemos visto anticipación para evitar que el problema llegue o crezca. Resulta enormemente ilustrativo, además de desolador, el vídeo de Libertad Digital que demuestra este pecado original del Gobierno con sus propias palabras. Tanto es así que, en ocasiones, empresas y particulares se ven obligados a tomar ejemplo de lo que no hay que hacer. A veces, la antítesis te puede salvar. ¿No es necesaria la mascarilla? Compra mascarillas o fabrícatelas. ¿No habrá en España más allá de algún contagio? ¿Exceso de alarma? Pues camino vamos de los 30.000 muertos si le hacemos el juego del conteo tramposo al Gobierno de Iglesias y Sánchez.

Pablo Iglesias acusa a Isabel Díaz Ayuso de querer "ganar posiciones políticas jugando con algo tan serio como es salvar vidas" por solicitar la salida de la estúpida fase cero a la fase uno, que es la segunda. Pero, ¿qué le decía Carmen Calvo a una mujer que dudaba si ir o no a la manifestación del 8-M cuando ya había alertas sanitarias de sobra? "Pues que le va la vida en ello, que le va la vida". Y quizá le fue.

Si Ayuso consigue comida para los niños que tenían beca de comedor, la izquierda matiza el menú por si engordan o les sube el colesterol, amparados en su especial inquina a determinadas compañías de las que sólo ellos pueden ser consumidores, como la Coca Cola de Espinar o la chaqueta Zara de Iglesias. Lógicamente, los niños no estaban zampándose una "familiar cuatroquesos" al día pero si la imagen emponzoña pues se usa, precisamente para "ganar posiciones políticas", en este caso, las del anticapitalismo –ajeno– vicepresidencial.

España es el país tiene la tasa de personal sanitario infectado más alta del mundo. La última cifra disponible se acerca ya a los 50.000. Un 20% del total de contagiados. Han muerto 60. El país que más se aproxima a nosotros es Italia, con un 11%. Pero España, nuestro Gobierno, no ha querido entrar en el reparto de diez millones de mascarillas para sanitarios financiado por la Comisión Europea. ¿Quién está entonces "jugando con algo tan serio como es salvar vidas"? Porque Ayuso ha traído hasta ocho o nueve aviones cargados con material de protección y la semana que viene repartirá mascarillas gratuitas en las farmacias aunque ya le están poniendo pegas a la homologación.

En resumen: Ayuso es ya pieza a batir porque la izquierda sí tiene planes, pero políticos, para la Comunidad de Madrid, su pieza más deseada desde que perdieron el Ayuntamiento de la capital, el que ponía a los niños a recoger colillas del suelo.

Adriana Lastra se gustó en Twitter, sin formar parte del Gobierno, sin pertenecer a Sanidad y sin ser experta (tampoco) en estos asuntos: "Madrid no puede pasar a la Fase 1. Estamos protegiendo la salud de los madrileños". No tardaron en reprochar a la socialista por qué no lo hizo el 8 de marzo… pero reaccionará la semana que viene, cuando lo entienda. De momento, había que disparar al ladrido de la rehala.

Maruja Torres dijo también en las redes algo sobre Ayuso: "Lo más liviano que se me ocurre es confinarla en el campanario de la Almudena, a solas y sin rimmel". A mí no se me ocurre nada liviano hacia Maruja Torres, lo reconozco. Jugaba la de El País con la imagen de Ayuso llorando en el funeral que se ofició en la desangelada catedral de Madrid pero también con la propia enfermedad que desarrolló. Ya denunciamos aquí la semana pasada que no se ha visto a Sánchez ni a Iglesias ni a maruja alguna visitando el Hospital de IFEMA, menos todavía asistiendo a un funeral en una Iglesia de esas que profanaba el partido que ocupa el Gobierno al grito de "Arderéis como en el 36". Queda mucho ataque por venir.

No me da lo mismo quién tenga armamento nuclear. Prefiero que sea Estados Unidos antes que Irán, Francia antes que Cuba o Reino Unido antes que Corea del Norte. Por el mismo instinto de supervivencia, no me da igual quién esté "jugando con algo tan serio como salvar vidas". Y lo peor es que lo sospecho si terminan con Ayuso.