El retorno del gafe

Emilio Campmany

Sólo unos descreídos marxistas imprudentes como los que hoy gobiernan el PSOE podían haber dejado que un gafe como Simancas saliera a la palestra a tratar de rematar la faena en la campaña contra Ayuso.

Emilio Campmany | 2020-05-14

Una característica del marxismo es su alejamiento de todo lo que no se pueda tocar, comer o robar. Naturalmente, Marx denostó la religión tachándola de opio del pueblo y de superstición. Dio por hecho que ésta, a diferencia de la fe, se descalifica por sí sola. De modo que los socialistas, por mor del materialismo histórico, rechazan todo lo que tenga que ver con el mal de ojo y la gafancia. Pero hacen mal porque a los gafes les pasa lo que a las meigas, que aunque tanto la Iglesia como el marxismo no nos dejen creer en ellos, haberlos haylos.

Y es notable que sean precisamente los socialistas quienes, por artículo de fe de su religión, ignoren insensatamente el infortunio que traen los gafes, teniendo a tantos en su partido. El de Sánchez se está revelando un caso patente, pero carezco de conocimientos suficientes en ciencias ocultas para asegurarlo y, en tiempos de pandemia, es imposible recurrir a los eminentes profesores de jella y jettatura que hay en el sur de Italia. Están todos encerrados en sus casas, rodeados de amuletos haciendo sin parar le corna y llevándose la mano una y otra vez a la entrepierna. El de Simancas en cambio está sobradamente acreditado. Desde que en 2003 le hizo repetir a su partido unas elecciones en Madrid que ya habían ganado para poder perderlas, hazaña digna del mayor jettatore del Mezzogiorno, los socialistas no han vuelto a rascar bola allí. Ni siquiera el año pasado, cuando la incompetencia de la derecha, los escándalos de la época de Esperanza Aguirre, los áticos de Ignacio González, los hurtos de Cristina Cifuentes y los transfuguismos de Ángel Garrido no bastaron para derrotar la capacidad de gafar que tiene Simancas. Luis Yáñez, el que quemó la Exposición Universal y hundió la réplica de una de las carabelas en 1992, es un voluntarioso aficionado comparado con él. No descarten tampoco que Ángel Gabilondo, a pesar de su nombre de pila, haya puesto también su granito de arena. No obstante, ya digo que no hay forma de contactar con los catedráticos para hacer una consulta.

Tan sólo unos descreídos marxistas imprudentes como los que hoy gobiernan el PSOE podían haber dejado que un gafe como Simancas saliera a la palestra a tratar de rematar la faena en la campaña orquestada contra Isabel Díaz Ayuso. Ha sido hacer su descerebrada observación de que ha habido más contagios y más muertos por coronavirus en Madrid con el fin de echar la culpa al PP de las pésimas estadísticas españolas y venirse arriba Ayuso con un discurso memorable en la Asamblea madrileña. No hay forma de explicarse cómo la dirección socialista deja a quien fue capaz de perder unas elecciones después de haberlas ganado que se haga cargo de esta operación de acoso que tan importante es para ellos. Allá el marxismo, el leninismo y su descreimiento. El único que parece saber lo que hace es Ábalos, que, aunque no hace los cuernos, sí se arregla con frecuencia lo que hay detrás de la bragueta.