Inferioridades raciales

Jesús Laínz

Lo más interesante de esta peliaguda intersección entre la ciencia y la política es que sólo se da en una dirección, con un único culpable posible: el hombre blanco.

Jesús Laínz | 2020-06-12

El estadounidense James Dewey Watson es uno de los científicos más importantes del siglo XX. Nada menos que el descubridor, junto con Francis Crick y Maurice Wilkins, de la estructura del ADN, por lo que recibió el Nobel de Medicina en 1962. En años posteriores ejercería de director del Proyecto Genoma Humano, cargo del que dimitiría por su desacuerdo con los colegas que pretendían patentar secuencias de genes, ya que, según Watson, "las leyes de la naturaleza no pueden ser propiedad de nadie".

Pero su enorme prestigio no le evitó el escándalo cuando declaró en 2007 que hay un vínculo genético entre inteligencia y raza. Afirmó que las diferencias de cociente intelectual entre negros y blancos se deben a los genes, por lo que se manifestó pesimista sobre el futuro de África. También expuso su crítica a los izquierdistas "porque no les gusta la genética, ya que ésta implica que a veces fallamos en la vida debido a que tenemos malos genes, mientras que ellos desean que todos los fracasos en la vida se deban a la maldad del sistema". De repente, el sabio se convirtió en un ignorante. El escándalo fue mayúsculo, pero, explicando que lo que él deseaba promover era la ciencia y no el racismo, logró capear el temporal.

El año pasado, con motivo de su nonagésimo cumpleaños, se emitió un documental sobre su vida y obra (American Masters: Decoding Watson) en el que reiteró sus opiniones acerca de la relación entre raza y genética. Esta vez no hubo perdón: el prestigioso Cold Spring Harbor Laboratory, del que fue director, condenó sus declaraciones por "reprobables y sin sustento científico", revocó sus cargos honorarios y cortó toda relación con él. La prensa mundial le colmó de insultos y sólo faltó que le retirasen el Nobel. Pero ninguno de los argumentos empleados contra las opiniones del científico se adentraron en el terreno de la ciencia, agazapados en el de la corrección política, enfoque particularmente incomprensible, dado que Watson no sacó ninguna consecuencia moral o jurídica de sus opiniones científicas, lo que sí podría haber sido objeto de debate político.

No es la primera vez que estos asuntos levantan intensas polémicas. En 1994, por ejemplo, el psicólogo Richard Herrenstein y el sociólogo Charles Murray publicaron el libro The bell curve: intelligence and class structure in American life, en el que sostuvieron que la inteligencia humana está influida por factores tanto ambientales como heredados. Entre estos últimos se encuentra el factor raza, estrechamente unido al cociente intelectual. Según las estadísticas manejadas por los autores, las razas situadas en las primeras posiciones son la amarilla y la blanca, y la peor clasificada la negra. Relacionando el cociente intelectual con la trayectoria vital de los miles de encuestados, los autores llegaron a la conclusión de que un bajo cociente intelectual influía grandemente en las posibilidades de abandonar los estudios, no encontrar trabajo, fracasar en el matrimonio, vivir en la pobreza y delinquir. Herrenstein y Murray tampoco sacaron ninguna conclusión moral o jurídica de estos datos. Lejos de ello, incluso apuntaron expresamente que, "a pesar de las causas de las diferencias, no debe haber diferencia de trato a las personas". La prensa internacional ardió de indignación, e incluso se acusó a los autores de pretender sostener con pruebas supuestamente científicas el supremacismo blanco, sorprendente acusación dado que la raza que mejor parada salía de sus estudios no era la blanca, sino la amarilla.

El premio Nobel de Física William Shockley había levantado similar polvareda al declarar en 1974: "Mis investigaciones me conducen inevitablemente a la opinión de que la principal causa de los déficits intelectuales y sociales del negro americano es hereditaria y racialmente genética, por lo que no se puede resolver en su mayor parte mediante mejoras en el ambiente". Y a Arthur Jensen, uno de los más destacados psicólogos del siglo XX, por escribir en 1969 que la capacidad cognitiva de los seres humanos está determinada principalmente por factores genéticos, no educativos, y por deducir de ello que los intentos por aumentar el cociente intelectual de los negros estaban condenados al fracaso, le tocó soportar protestas, escupitajos, peticiones de despido, la destrucción de su coche y amenazas a su familia. Tuvo que cambiar de domicilio, desplazarse protegido por guardaespaldas y cancelar su actividad docente para evitar disturbios.

Lo más interesante de esta peliaguda intersección entre la ciencia y la política es que sólo se da en una dirección, con un único culpable posible: el hombre blanco. Pues también ha habido quienes han sostenido que la melanina está directamente relacionada con la inteligencia, razón por la que los negros serían más inteligentes que los blancos. Este tipo de afirmaciones, aunque, evidentemente, también levantan polémica, suelen pasar bastante inadvertidas.

Las que sí tienen eco, y suelen ser muy celebradas, son las manifestaciones de autodesprecio de los blancos. Así, la portada del ABC del 5 de agosto de 1996 proclamó la "apoteosis de la negritud" en los recién concluidos juegos olímpicos de Atlanta. Junto a la muy simbólica imagen de unas manos negras sosteniendo desde arriba a unas blancas, el diario conservador madrileño subrayó que "se ha vuelto a poner de manifiesto la supremacía de la raza negra en la alta competición". Y en páginas interiores seguía explicándose, bajo el título "Negritud: más altos, más lejos, más fuertes", que "una de las máximas del olimpismo se cumple en función al color de la piel de cada atleta. En estos Juegos, más que nunca, los hombres de color han impuesto su ley".

Tres años más tarde, el mismo ABC publicaba un artículo de Jaime Campmany en el que manifestaba así su satisfacción:

Siempre es primero en la meta un negro, y luego, segundo, otro negro, y tercero, otro más, y detrás llegan los que fueron hercúleos atletas tudescos, rusos, eslavos y nórdicos, blancos, rubios, casi todos derrotados (…) Está claro que la raza negra es físicamente superior a la raza blanca.

Valgan estos dos ejemplos nacionales para mostrar un fenómeno evidentemente mundial y que colma de satisfacción a los profesionales del antirracismo, ésos que afirman que no hay diferencia alguna entre las razas por la sencilla razón de que las razas no existen: sólo existe la raza humana. Pero cuando se trata de señalar la inferioridad –y, sobre todo, la maldad– de la blanca, entonces, de repente, vuelven a existir: por ejemplo, esas pancartas feministas que rezan "Que arda lo macho y lo blanco" o el linchamiento mundial a los blancos como consecuencia de la trágica muerte de George Floyd.

Por otro lado, ¿puede usted imaginar, antirracista lector, la que se organizaría si a un periódico cualquiera, de cualquier país del mundo, se le ocurriese titular su portada, por motivos olímpicos o de cualquier otro tipo, "Apoteosis de la raza blanca"?

Para terminar, regresemos al principio de estas líneas, comenzadas con el caso Watson. Porque parece prudente conservar la calma y responder a los argumentos científicos con argumentos científicos, y a los políticos con argumentos políticos. La ciencia y la política son dos elementos que, separados, funcionan razonablemente bien. Pero cuando se mezclan, suelen explotar.