Marc Fumaroli y la educación de la libertad

Alicia Delibes

Tenía razón el erudito francés al relacionar el desprecio hacia el estudio de los clásicos con la ética del igualitarismo.

Alicia Delibes | 2020-07-05

"Humanista", "lector apasionado", "hombre del renacimiento", "reaccionario con encanto", "polemista", "orgullosamente conservador"… son algunas de las expresiones que se han utilizado estos días en la prensa francesa para homenajear a uno de sus más prestigiosos intelectuales, Marc Fumaroli, fallecido el pasado 24 de junio a los 88 años de edad. La Academia Francesa informaba sobre la fecha, el lugar y la hora del funeral del que fuera uno de sus miembros e indicaba: "A la salida de la ceremonia le serán rendidos honores militares". Muestra del respeto por la cultura que aún conserva Francia.

El 11 de noviembre de 2006, Marc Fumaroli pronunció una conferencia en el Nexus Institut de Amsterdam con el título Éducation de la liberté vs culture et communication. El texto de aquella conferencia fue recogido en un ensayo, La educación de la libertad, que publicó en España la editorial Arcadia en 2007.

En aquel ensayo, Fumaroli se lamentaba del abandono que se había hecho de la lectura de los clásicos en la enseñanza media francesa. Algo que, desde Quintiliano, en el siglo I d. C., había sido considerado el mejor recurso para la formación de los jóvenes. "¿Por qué, de repente, desde hace medio siglo, una tendencia general ha venido a marginar y despreciar esa educación tradicional del espíritu, de la imaginación y de la sensibilidad a través de los clásicos, relegando su estudio a los seminarios de especialistas?", escribía ahí Fumaroli.

Para el intelectual francés, la cultura posmoderna y las tecnologías de la comunicación habían tenido mucho que ver en esa "deshumanización" de la enseñanza escolar. Y es que Fumaroli, al tiempo que reconocía la utilidad de las tecnologías de la comunicación, denunciaba la existencia de un movimiento de "dogmáticos digitales" que, dominados por una "ética del igualitarismo", combaten la educación humanística porque la consideran "elitista" y creen haber encontrado en la comunicación digital el instrumento ideal para acabar con el estudio de los clásicos en la educación de la juventud.

Tenía razón el erudito francés al relacionar el desprecio hacia el estudio de los clásicos con la ética del igualitarismo. Desde las revueltas estudiantiles de Mayo del 68, en Europa Occidental la pasión igualitaria ha dominado el mundo de la educación, provocando un cambio de paradigma escolar. La misión de la escuela ya no debe ser la transmisión de los saberes y de la cultura, sino lograr una sociedad más "democrática", lo que, de hecho, se ha traducido en más igualitaria. Para los igualitaristas, una sociedad de individuos iguales sólo se podría lograr con una educación igual para todos. El latín y la geometría de Euclides tenían que dejar de estudiarse por ser disciplinas demasiado abstractas y, por tanto, inadecuadas para toda la población.

En La educación de la libertad, el escritor francés considera la cultura posmoderna y populista como el otro gran enemigo de la educación humanística. En nuestras sociedades, dice, la palabra cultura se ha convertido en una "enzima glotona que se le aplica indiferentemente a todo, cultura de empresa, cultura juvenil, cultura tecno, cultura gay, cultura gastronómica, etc.", y su significado está muy lejos del que se le dio en el latín clásico, donde cultura animi significaba "maduración del espíritu", esto es, "crecimiento interior por el estudio y la reflexión".

La palabra educación, concluía Fumaroli, viene de educere, que significa "conducir fuera". Y si se considera ese educere como "conducir fuera de la ignorancia, fuera de la barbarie, fuera de la brutalidad", tendremos que concluir que la revolución "cultural y comunicacional" que vivimos "combate con una extraordinaria intolerancia y, en nombre de la tolerancia, la esencia misma de la educación".

Fumaroli sugería que se empleara el dinero público en sostener unos establecimientos escolares para estudiantes de secundaria que ofrecieran diversas enseñanzas y donde quienes sintieran vocación para ello pudieran beneficiarse de unos estudios clásicos tradicionales. Algo que levanta ampollas entre los igualitaristas, que consideran que el dinero de todos no debe gastarse en distinguir a unos estudiantes de otros según su aplicación y aptitudes, y olvidan que del esfuerzo de los mejores puede beneficiarse toda la sociedad.

Fumaroli se mostraba optimista, creía que, antes o después, surgiría un nuevo movimiento humanista: "Nuestros países europeos precisan de sabios y de técnicos de primer orden, igual que precisan de una élite letrada". Y, para ello, confiaba más en la fuerza del individuo que en la acción del Estado, pues, en su opinión, por muy eficaz que sea éste y por muy beneficiosa que sea su gestión,

nada sustituye al coraje personal de quienes se resisten a la fascinación de los fenómenos de masas y las incitaciones de los conformismos de la época.

Desde aquella conferencia de Fumaroli han pasado quince años y la situación que el sabio francés denunciaba no ha mejorado en nada. Los dogmáticos digitales van ganando terreno a medida que lo pierden los defensores de una educación humanística. El elitismo cultural se considera hoy reaccionario y la transmisión de conocimientos, una rara reivindicación de algunos profesores de la vieja escuela.

Al final de sus días, Fumaroli ha tenido que sufrir el espectáculo de unos representantes políticos, artistas y gentes de la cultura que hincan la rodilla para pedir perdón por los supuestos crímenes que cometieron sus antepasados, aquellos que construyeron la civilización de la que ellos hoy se benefician.

Tocqueville, que con tanta lucidez previó los peligros de la democratización de las inteligencias, escribió en el segundo tomo de la Democracia en América:

No debemos tranquilizarnos pensando que los bárbaros están muy alejados de nosotros, pues si hay pueblos que se dejan arrancar la luz de las manos, también los hay que la sofocan ellos mismos con los pies.

Quizás hoy Tocqueville, al contemplar cómo los herederos de la civilización occidental, llevados de un puritanismo impostado y de una ignorancia planificada, se avergüenzan de los logros de sus antepasados y están dispuestos a destruir lo que ellos edificaron, es decir, a sofocar la luz con sus propios pies, hubiera pensado que los bárbaros ya están entre nosotros.