Juan Carlos I no debe acabar como el Sha de Persia

Federico Jiménez Losantos

Fui el primero en decir que Juan Carlos I debía abdicar por la corrupción. Y le puse Campechano por su comportamiento conmigo. Estamos en paz.

Federico Jiménez Losantos | 2020-07-19

De los sórdidos espectáculos que describen la tragedia de España, de la triunfante salida de la cárcel de Junqueras tras cumplir sólo ocho meses al penoso funeral por las víctimas del Covid19, convertido en homenaje al Gobierno que tanta responsabilidad tuvo en su muerte, quizás el más vil, igualmente orquestado por el Gobierno social-comunista, es el anunciado destierro de Juan Carlos I, 'Campechano', mote que, por cierto, le puse yo.

En De la noche a la mañana y El Linchamiento he contado mi guerra con el entonces Rey de España y sus aliados, los mismos -El País, La Vanguardia, El Periódico, Público, El Plural- que entonces pidieron mi despido de la COPE por decir que debía abdicar en su hijo si sus negocios le impedían frenar los apaños de ZP con la ETA y el separatismo catalán, y que ahora fingen sorpresa y escándalo por Corinna y las comisiones. Ahora resulta que nadie sabía nada, ni PRISA ni los que taparon su aparición en la lista Forbes ni los que defendían la "monarquía republicana" capaz de firmar una Ley de memoria Histórica que deslegitimaba al propio firmante.

Ahora, estos severos moralistas, que durante todo su reinado fueron sus amigachos, condenan a Campechano a sufrir la suerte del Sha de Persia que, destronado por Jomeini, anduvo errante por el mundo, con su cáncer a cuestas, hasta morir, solo y abandonado por los USA y los que, pocos años antes, asistían a los lujosos fastos del aniversario del Trono del Pavo Real. Godó y Cebrián podrían ser los fiscales del juancarlismo antimonárquico.

Los hipócritas del juancarlismo

Como todos los desastres de la España actual, el que provocó mi primer enfrentamiento con el Rey, al que había acompañado entre los años 80 y 90 del siglo XX, cubriendo sus viajes para Antonio Herrero y con el que tenía excelente relación, al menos mientras estuvieron en Zarzuela Sabino Fernández Campo, Fernando Gutiérrez, Paco Ordóñez y Javier Solana, fue a cuenta del 11M de 2004 y del Gobierno salido de la masacre.

Y fue Pedro Almodóvar, metido a comentarista político, el motivo del conflicto cuando acusó al Gobierno de Aznar dos días después de las elecciones y ante 400 periodistas extranjeros, de haber querido dar un golpe de Estado e impedir las elecciones, acusación que respaldó poco después la consejera de Gobernación de la Generalidad de Cataluña. Yo estaba ya en La Mañana de la COPE y dije que Zarzuela debía desmentir por escrito y de inmediato esas acusaciones, tan falsas o frívolas como podía esperarse del personaje en cuestión pero que habían recogido muchos medios de comunicación extranjeros, más de 400 presentes y los que las rebotaron.

Zarzuela no lo hizo, y yo insistí con la clásica fórmula de Antonio: "son las equis horas y tantos minutos y Zarzuela aún no ha desmentido la trola de Almodóvar sobre el supuesto golpe de Estado que habría intentado el Gobierno del PP". Y al día siguiente. Y al siguiente. Hasta que a los 15 días salió la nota en cuestión, algo retorcida e indudablemente tardía, pero que al menos impide que Juan Carlos haya pasado a la Historia como el que respaldó aquella mamarrachada tan hiriente para las víctimas y para los que habían votado al PP, partido que no se había inventado, como la SER de Antonio García Ferreras, la trola de que había en los trenes letales "al menos dos terroristas islamistas suicidas con varias capas de calzoncillos".

Los montajes de El País

Luego vino la recepción a Benach, presidente del Parlamento de Cataluña, y la frase de Juan Carlos I "hablando se entiende la gente", que, lógicamente, se interpretó como respaldo del Rey a la negociación de la independencia catalana. Y peor fue el apoyo a la resurrección de ETA y la negociación con ella de Zapatero, con la frase "y si sale, sale". Entonces fue cuando yo empecé a decir y escribir que el Rey se estaba cargando la Monarquía, que después del 11M debía tener más carácter mediador que nunca, y que se estaba comportando como mera comparsa del proyecto de ZP para deslegitimar la Transición y el régimen constitucional de 1978.

En una entrevista con Esther Esteban en El Mundo, en 2006, lo dije con bastante claridad, y entonces fue cuando Ernesto Ekaizer, con su amigo el embajador Bettini, montonero y kirchneriano, montó la portada y varias páginas del domingo en El País diciendo que el Rey, en la cena del 12 de Octubre, había dicho que Rouco debía rezar menos por él y controlar más la COPE, o sea, a mí, que Esperanza Aguirre me había defendido, que los presentes, citando al director de la RAE Víctor García de la Concha, habían apoyado al Rey, y que todo acabó muy mal. Por mi culpa, claro, y la de Esperanza Aguirre, blanco entonces, como ahora Díaz Ayuso, del odio de la Izquierda porque les impedía conquistar Madrid.

Ekaizer manipuló pero no inventó la historia. Le dio más importancia de la que tenía para forzar a Rouco y Aguirre a distanciarse del que pasaba por enemigo público número 1 del Gobierno y del Rey, ya tan acorinado y liado que, de querer actuar correctamente, seguramente no hubiera podido.

Una década de persecución

Desde el primer choque en 2004 hasta su penosa abdicación en 2014, pasé, pues, una década enfrentado a Juan Carlos I. Alguno de sus amigos millonarios, presumiendo de cumplir un encargo del monarca, me tuvo casi diez años de juzgado en juzgado por decir lo que finalmente se demostró verdad y creó jurisprudencia: los Albertos presentaron una denuncia falsa, con un documento inventado, para engañar a sus socios en Urbanor-KIO. No fueron a la cárcel, como yo pedía cada mañana, porque su amigote lo impidió, pero su caso es la base para poder condenar ahora a Pablo Iglesias. Vaya lo uno por lo otro.

Al final, el Rey, el PSOE y el PP de Rajoy y Fernández Díaz, me echaron de la COPE, de donde debí irme antes, por lo que cuento en El Linchamiento, pero de tantas intrigas y fatigas nació esRadio, así que en realidad tengo que agradecerle a esa recua de poderosos maleantes que me tuvieran cinco años frito. O a la parrilla, como San Lorenzo en El Escorial.

Fui, pues, el primero en decir que Juan Carlos I debía abdicar, y por lo que finalmente abdicó: la corrupción que le impedía servir a España. Y le puse Campechano por su comportamiento conmigo. Estamos en paz. Sin él buscarlo, le debo algo inapreciable: una buena empresa. Y un buen rey. Pero, sobre todo, le debo algo que ningún amigo de España y de la Libertad puede olvidar: el paso pacífico de la Dictadura a la Democracia, la Bendita Transición, obra suya más que de ningún otro, y la razón por la que estos últimos y arrastrados años nunca deben oscurecer los milagrosos primeros.

Para corrupción, la del Gobierno

Los que han descubierto de pronto a Corinna como fuente fiable son los mismos que han soltado a Junqueras y vienen protegiendo a Pujol desde antes de que Juan Carlos cobrara la primera comisión, o coima, o pastelón. Socialistas y comunistas quieren destruir en Juan Carlos el prestigio de la Corona de España para quitarse de en medio a Felipe VI, que ha sido capaz de plantar cara a los golpistas que ellos miman delictiva y delictuosamente.

No sé lo que hará el Rey con su padre, y lo que haga, salvo que sea muy malo, tenderé a apoyarlo, porque siempre ha mostrado buen juicio y ha sabido afrontar las urdangarinadas y las cristinadas, que menudo trago. Lo que de ninguna manera quiero es ver a Juan Carlos I, ni tampoco a mi Campechano, dando tumbos de aquí para allá, de un país a otro, como el Sha de Persia, como si tuviera la peste. La peste está muy repartida. Y la peor de las pestes es este Gobierno. Que quizás sí merece la suerte del Sha.