Hiroshima, el día que tembló el mundo

Luis Herrero Goldáraz

Se cumplen 75 años del lanzamiento de la primera bomba atómica sobre Japón; y algo menos de la publicación del reportaje que mejor explicó lo sucedido

Luis H. Goldáraz | 2020-08-06

El 31 de agosto de 1946, exactamente 360 días después del estallido de la bomba atómica en Hiroshima, los suscriptores de The New Yorker recibieron un nuevo número de la revista. Por lo que aparecía en la portada era difícil suponer qué venía encerrado en su interior, pero bastaron unas cuantas semanas para que se confirmase definitivamente como uno de los mejores trabajos periodísticos que se habían publicado nunca. Su autor, John Hersey, había trabajado de corresponsal durante la Segunda Guerra Mundial, había acompañado a las tropas aliadas en la invasión de Sicilia y, ya en el Pacífico, ayudado a evacuar a los soldados heridos de Guadalcanal. Con el apabullante final del conflicto, no tardó en acudir a las ruinas de Japón para informar acerca de las tareas de reconstrucción. Tras su trabajo allí, que duró varios meses, llevó de vuelta a Estados Unidos algunos testimonios de supervivientes de la catástrofe. Escribió más de 30.000 palabras. Hasta ahora ha sido la única vez que The New Yorker ha empleado todo su número para un único reportaje.

john-hersey.jpg
John Hersey

Para comprender hasta cierto punto la magnitud de lo que se vivió aquellos días de verano de 1945 es necesario conocer lo que hasta ese momento habían temido los propios habitantes de las ciudades bombardeadas. Antes de las ocho y cuarto de la mañana del 6 de agosto, los ciudadanos de Hiroshima continuaban con sus labores preventivas en caso de ataque aéreo. A lo largo de las semanas anteriores varias poblaciones vecinas habían recibido la visita de los B-19 norteamericanos y a nadie se le escapaba que Hiroshima no tardaría en correr la misma suerte. Como es natural, con el paso de los días el nerviosismo fue incrementando y generalizándose y, según relata Hersey, llegó un momento en el que comenzó a correr el rumor de que "los norteamericanos tenían reservado algo especial para la ciudad". En realidad, nadie podía imaginar el horror que estaba a punto de producirse.

La reciente y descomunal explosión en el puerto de Beirut, de la que han circulado innumerables vídeos por internet, ha dejado más de un centenar de fallecidos y casi 5.000 heridos. En Hiroshima murieron 160.000 personas, sin contar con todas las que padecieron secuelas durante décadas a causa de la radiación —ni las de Nagasaki—. John Hersey logró entrevistar en repetidas ocasiones a seis supervivientes: una empleada de una fábrica, dos médicos, la viuda de un sastre, un sacerdote alemán de la Compañía de Jesús y un pastor de la Iglesia Metodista de la ciudad. Todos ellos, en 1946, todavía se preguntaban cómo habían sobrevivido. "Cada uno enumera muchos pequeños factores de suerte o voluntad —un paso dado a tiempo, la decisión de entrar, haber tomado un tranvía en vez de otro— que salvaron su vida", explica el periodista. "Ahora cada uno sabe que en el acto de sobrevivir vivió una docena de vidas y vio más muertes de las que nunca pensó que vería. En aquel momento, ninguno sabía nada".

El lanzamiento de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki no sólo supuso el fin de la guerra. Demostró el poder devastador al que había llegado la ciencia humana y puso de manifiesto la necesidad de un pacto entre potencias que garantizase una mínima paz. Las cifras de la catástrofe japonesa siguen sin poder ser asimiladas fácilmente todavía, 75 años después, pero en aquel preciso instante sumieron al mundo en un estado de alerta ininterrumpida que sentaría las bases de lo que después sería llamado como Guerra Fría. En ese contexto, revistas como The New Yorker y reporteros como John Hersey no rehuyeron su responsabilidad y trataron de mostrar a la población la verdadera gravedad de una situación que de tan inmensa provocaba en la gente un extraño escepticismo. El dedo acusador de la prensa norteamericana se dirigió directamente hacia la Casa Blanca, que excusó su decisión en que, matando a unos cientos de miles, había acortado considerablemente el conflicto bélico y salvado la vida de muchísimos más. Sea como fuere, a nadie se le escapaba tampoco que otra de sus intenciones fue mostrarle a la Unión Soviética la potencia de la nueva arma que había conseguido diseñar. Para ello tuvieron que morir de forma inesperada y cruel cientos de miles de civiles inocentes. Nunca un sólo gesto ha condenado a tantas personas a ser barridas por la historia.