Protesta pacífica en la CNN

Marcel Gascón Barberá

La glosa reporteril de los hechos podría funcionar si se hiciera en la radio. Pero estamos en la tele

Marcel Gascón Barberá | 2020-08-31

Es ya un clásico de nuestro tiempo. Una turba ciega de odio rompe escaparates y enciende hogueras. Un busto parlante narra los acontecimientos en la CNN. Explica con esmero y mucho mimo los impulsos humanistas que la han sacado a la calle (a la turba). La igualdad racial, la dignidad de los negros. Es la suya una rebelión moral contra las fuerzas reaccionarias del mal, que condenan a las minorías a la pobreza y la alienación y las empujan al crimen.

La violencia sigue subiendo de intensidad y el reportero ve necesario excusar a los manifestantes. Hay algunos incidentes y la tensión crece. Pero no por ello, insiste el periodista, ha dejado de ser una protesta pacífica: la inmensa mayoría de los presentes es gente de buena voluntad y ni la provocación de la policía, que se ha excedido echando gas y amagando una carga, ha hecho que se vuelva agresiva.

La glosa reporteril de los hechos podría funcionar si se hiciera en la radio. Pero estamos en la tele y detrás del medio cuerpo que habla se ven volar piedras que impactan en los cascos y los escudos de la policía y se levantan llamaradas muy rojas alimentadas por el mobiliario urbano.

Ocurrió otra vez este 27 de agosto, cuando un joven periodista de la CNN cubría los disturbios en Kenosha, Wisconsin. "Protestas intensas pero en general pacíficas", rezaba el cartelito de la cadena, mientras el reportero nos contaba cuán pacíficas habían sido las manifestaciones -de protesta por la muerte de un ciudadano negro por los disparos de varios policías- durante el día.

El problema es que era de noche, y el chico hablaba delante de un paisaje apocalíptico de destrucción en que los coches ardían y los antidisturbios, que según la crónica habían inflamado el ambiente con su contundente respuesta, esperaban tras sus escudos a que escampara la lluvia de objetos que les tiraban los manifestantes.

La conexión de la CNN desde Kenosha me recordó a las manifestaciones por la educación superior gratuita de la universidad de Wits (Johannesburgo). Debía de ser 2015 y centenares de estudiantes negros eixigían concentrándose en el campus que el Estado les pagara las matrículas a todos.

Las protestas comenzaban todos los días en las escaleras del Senado universitario. A media mañana, cuando se aburrían de cantar y bailar las canciones de guerra que un día animaron las manifestaciones negras en los días del apartheid, marchaban por todo el campus y sacaban de las clases a quienes se habían atrevido a no hacer huelga.

De vuelta a la plaza del Senado, cantaban un poco más y comenzaba la verdadera fiesta. Alguien exigía poder entrar al Senado, pero la seguridad privada de la universidad tenía instrucciones de no dejarles pasar y se lo impedían formando frente a la puerta una muralla humana con sus escudos de metacrilato. Entonces destruían las papeleras de cemento o rompían algunos de los escalones que daban acceso a la plaza. Y las piedras que obtenían se las tiraban a los guardias.

Cada vez más estudiantes desde más y más cerca atacaban a los agentes con aquellos ripios. Sin más arma que las porras, los seguratas solo podían repeler a quienes estaban a un par de metros. Y al final se acercaban tantos a la vez que no podían hacer frente a la avalancha. A algunos les quitaban los escudos y sus cabezas quedaban expuestas a las pedradas virulentas de aquellos bestias.

Yo asistía a todo aquello desde uno de los lados, como los espectadores de la llotja ven los partidos del Barça o las finales de tenis. Mis compañeros de las teles parecían informar de una realidad distinta a la que allí vivíamos. Hablaban de encontronazos y choques, cuando allí no había más que un abuso que dejó malherido a más de un guardia (uno de ellos se quedó ciego como consecuencia de una pedrada en la cabeza, se comentó entonces). Hablaban de los estudiantes como si fueran niños vulnerables y no jóvenes en la cima de sus facultades físicas como en realidad eran.

Aún más reprobable era el comportamiento de los profesores que apoyaban la protesta. Cuando la vida de los agentes de seguridad privada empezaba a estar en peligro intervenía la policía, que tomaba el centro de la plaza para interponerse entre los estudiantes y los guardias y dispersar con agua a presión y pelotas de goma a los violentos. Pero para hacerlo debía desmontar antes, eslabón a eslabón, la cadena humana con que los académicos progres les cortaban el paso para que la turba pudiera seguir apedreando a placer (à vontade, que diría un portugués) las cabezas de los guardias.

Como casi siempre que se le pone a prueba, el crédito de los académicos quedó seriamente tocado esos días. La honra de los periodistas la salvó uno de la BBC, Alastair Leithead. Una de las líderes estudiantiles, que representaba en la universidad al Podemos de allí, insistía ante las cámaras en que la protesta estaba siendo pacífica y acusaba a los guardias y la policía de actuar violentamente contra sus compañeros.

Todos callábamos hasta que le preguntó Leithead: ¿por qué dice que son pacíficos si todos acabamos de ver cómo atacaban con piedras a los guardias indefensos? La chica se enfadó mucho y el resto de la prensa siguió callando.