Ignacio Peyró, cabeza de buen asiento

Daniel R. Rodero

Ignacio Peyró regresa con otro trabajo delicioso: 'Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas' (Libros del Asteroide), un diario divertidísimo.

Daniel R. Rodero | 2020-11-02

De Ignacio Peyró lo hemos leído casi todo. Desde aquel primer libro que nada tenía de primerizo y que tituló Pompa y circunstancia (un diccionario sentimental de la cultura inglesa con el solo defecto de no incluir bibliografía ni una entrada dedicada a Los Beatles) hasta el último de los suyos, Comimos y bebimos, pasando por sus disertaciones en la National Geographic o sus columnas en El Confidencial Digital. Puede decirse, por tanto, que uno es seguidor de Peyró desde la primera hora (de la suya como cronista y de la propia como lector), un seguimiento que resulta gratificante por lo mucho que tiene de apuesta confirmada. Y es que años antes de que dirigiese el Instituto Cervantes en Londres, uno le leía en la página web de La gaceta de los negocios, cuando Jorge Bustos y él apenas habían descollado y redimían al rotativo tanto de sus excesos de tono como de sus prosas de redacción escolar.

Ahora ha regresado con otro trabajo delicioso, Ya sentarás cabeza. Cuando fuimos periodistas (2006-2011) editado por Libros del Asteroide, un diario divertidísimo que tiene bastante de cuaderno de notas, de cúmulo de borradores, de centón de antiguos ejercicios de estilo cuya publicación no podemos sino agradecer. Los abonados a Peyró desde hace más de una década se deleitarán reencontrándose con algunos de los aforismos que salpican estas páginas y que uno recuerda haber visto en los medios donde ya va dicho que colaboraba. Pero tales ocurrencias -hondas, inteligentes, agudas- no dejan de suponer simples anécdotas ante la felicidad mayor que proporcionan los demás textos.

Hay en este libro mucho de confesión personal (amores y desamores, euforias y melancolías, esperanzas y desesperanzas), de panorámica al vitriolo del mundo de la comunicación, de testimonio parcial y privilegiado de la desorientación de una derecha que, al igual que una brújula en el polo norte, hace tiempo que dejó de marcar rumbo alguno para ponerse a girar sobre sí misma, aunque sin tener nada claro cuál debe ser su eje. Peyró fustiga lo que le desagrada con tralla esperpentizadora. Las páginas que dedica a su paso televisivo por La Noria son extraordinarias; tanto como la descripción de los sectores culturales dominados por la ñoñez opusina de jovencitos que se meten el polo por dentro y a quienes de vez en cuando se les escapa un "joé, macho", interjección que ya ni siquiera profieren los que aún dicen "recórcholis".

Consignemos aquí algunas muestras de la felicidad que este libro nos brinda:

 Yo creo que en un mundo donde triunfa alguien llamado DJ Pulpo es muy poco lo que tenemos que hacer, salvo aspirar a apagarnos dignamente.

Para la derecha, la cultura es eso que les gusta a las mujeres de los ricos.

Comemos con Margallo, muy sólido en los números, muy solvente en la explicación de la crisis. Gran cabeza. Con tantas manchas y tantos lamparones que podríamos haber mojado pan en él.

En un siglo hemos pasado del vals al reggaetón.

Tras la concepción adolescente, heroica del amor como caza de absolutos, de pronto descubrimos que el truco del amor es que nos quieran. Resulta poco erótico decirlo, pero ahí estamos en el confort tan dulce, en la seguridad del niño que juega a sabiendas de que detrás hay alguien que vela.

Como sucede con todo católico sentimental doblado de cinismo, para Ignacio Peyró,
unir el amor al humor es bastante más que un giro paronomástico, es el modo con que las
personas nobles se asoman al mundo. También uno es de los que piensan que la media sonrisa -engarce de ironía y lirismo a un mismo tiempo- es el mayor indicio de civilidad tras el "por favor" y el "gracias".

No obstante, el principal riesgo de los dietarios de periodista es enfeudarse en exceso con la actualidad. Peyró parece haberlo sorteado garbosamente, aunque suponemos que se deba al acierto de dejar varias páginas en el cajón. Tampoco conviene perder de vista que los diarios en que media más de una década entre que se escriben y se publican presentan cierto porcentaje de truco. Al autor le resulta muy fácil desechar las impresiones que con el tiempo se han demostrado erradas y primar aquellas que la realidad ha confirmado, como los parrafitos que dedica a la proyección imparable del actual líder del PP.

En las páginas introductorias, el mismo autor reconoce que ha cribado y corregido estos apuntes antes de darlos a imprenta. Con todo, aun cuando la crítica se empeñe en hermanar estos diarios con el Cuaderno gris, uno piensa que por la temática y los años de quien los escribía, están más próximos a otras obras de Josep Pla como Madrid, 1921 y El advenimiento de la República.

Sin que falten en él los apuntes gastronómicos (desde la exaltación de unas sopas de ajo hasta el recuerdo de noches gratísimas regadas con Valbuena) Ya sentarás cabeza narra la historia inverosímil de cómo un joven periodista fue atinando a sentarla y a sacarla, entre artículos, traducciones por encargo y discursos para Mariano Rajoy. Al fin y a la postre, Peyró barniza todo lo que hace con ese inusual sentido de la estética de quien ha pasado los veranos de su niñez entre cochinos ibéricos y clásicos ingleses.

Leer sus apuntes constituye ante todo un acto higiénico, una ducha que nos devuelve el entusiasmo por vivir aunque en la calle arrecie la pandemia. Bajo su estilo alegre, chispeante de humanidad, se vislumbra un bon vivant sensible, un viejoven empedernido que lo mismo escribe una glosa sobre los boleros de Pérez Prado que nos pregunta en Facebook si conocemos algún restaurante donde todavía sirvan pardales fritos: "Bien crujientes, oiga".