Trump devorando el trumpismo

Jorge Soley

Quienes seguimos con atención la vida política estadounidense no nos vamos a aburrir, y esta constatación no es precisamente una buena noticia.

2021-01-07

Hoy teníamos que estar hablando de otras cosas, de las decisivas elecciones en Georgia, por ejemplo, pero nuestra mirada, estupefacta, difícilmente puede alejarse de esas imágenes del asalto al Capitolio en Washington DC. Imágenes de manifestaciones masivas primero, de caos absoluto después, con frikis de todo pelaje campando a sus anchas por el emblemático edificio y haciéndose selfis mientras ponían sus pies sobre las mesas de los congresistas, una escena a medio camino entre el saqueo de Roma por los godos y una de esas películas estudiantiles que siguen el camino iniciado por Desmadre a la americana a la que se le han añadido unas gotitas directamente sacadas de Jackass. Porque la foto de los frikis con cuernos no puede ocultar los cuatro fallecidos durante el asalto al Capitolio, más propio de una república bananera que de lo que se supone es una república consolidada e institucionalmente modélica. Una situación bochornosa que probablemente sea el punto final de una deriva que se iniciaba el pasado mes de noviembre. 

Entonces se vivieron unas elecciones singulares, donde el voto masivo por correo debido a la pandemia y la extrema polarización que durante todo el año había provocado estallidos de violencia auguraban una situación inédita. No había que ser un lince para prever numerosos casos de fraude electoral (días antes de las elecciones lo advertíamos aquí), y las anomalías e irregularidades de las que se han ido teniendo noticia confirmaron la impresión de que no estábamos ante los más limpios de los comicios. Pero una cosa es tener esa impresión y otra muy distinta ser capaz de probarlo. Se trataba, además, no de probar alguna irregularidad puntual, sino un fraude masivo que deslegitimaba el sistema y tendría que llevar a la cárcel a la plana mayor del Partido Demócrata. El famoso Kraken, las pruebas irrefutables que se nos prometían y que no se han podido aportar.

Hablaba antes de deriva. Porque intentar reunir pruebas de fraude y luchar por la limpieza de las elecciones no es que sea legítimo, sino que es muy saludable. Pero cuando no consigues reunir esas evidencias, cuando el Supremo rechaza tu caso, cuando todas las puertas se cierran, continuar azuzando a un tigre cada vez más desbocado es una grave irresponsabilidad.  También lo señalábamos cuando aún las espadas estaban en alto: “No estamos hablando de un juicio por robar unas galletas en el súper o saltarse un semáforo: la estabilidad de todo un país está en juego”, y advertíamos de “una guerra institucional de consecuencias imprevisibles para salvar a Trump”. Lo que no imaginábamos es que llegaríamos a la locura del espectáculo al que hemos asistido en el asalto el Capitolio. Y aunque es cierto que la izquierda ha jaleado sin pudor acciones violentas cuando se producían bajo el amparo de Black Lives Matter o de los grupos Antifa, hay que reconocer que el componente simbólico de la toma del Capitolio es muy superior al de las algaradas callejeras.

¿En qué momento Trump decide seguir adelante a sabiendas de que no tiene ninguna probabilidad de éxito fuera del golpe de Estado? No lo sabemos, aunque sospechamos que el Rubicón se cruzó hace ya bastantes semanas. Los resultados del 3 de noviembre, a pesar de todo, trajeron elementos positivos para los republicanos: la ola azul demócrata se desvaneció, los resultados en el Congreso fueron buenos, Trump consiguió avances entre las minorías étnicas que apoyan mayoritariamente a los demócratas. Se podía vislumbrar una amplia plataforma para un trumpismo sin Trump, integrando las grandes intuiciones de Trump pero evitando el histrionismo del personaje, capaz de galvanizar a una amplia base, es cierto, pero también fuente de viscerales rechazos. Pero quizás eso, un trumpismo sin Trump era precisamente lo que Trump quería evitar, convencido de que con su estrategia iba a ser capaz de dar forma a un movimiento de protesta que, si no le iba a poder mantener en la Casa Blanca, bien podría llevarle de regreso a ella en cuatro años. Una apuesta arriesgada, como estamos viendo, y que parece inverosímil, pero que es probable que Trump, con una elevada visión de sí mismo, no descarte. De hecho, la deriva que han ido tomando los acontecimientos dañará irremisiblemente el legado de Trump: sus éxitos en política exterior, la creación de empleo durante su mandato, la reindustrialización del país, sus designaciones para el Tribunal Supremo, todo ello queda en un segundo plano ante la imagen de un líder cuyos seguidores más fanatizados aparecen ante la opinión pública como un hatajo peligroso de frikis enloquecidos capaces de vejar los símbolos más sagrados de la patria que dicen defender.

Y mientras tanto no hablamos de lo ocurrido en Georgia, donde se decidía en unas cruciales elecciones quién iba a controlar el Senado. Los republicanos partían con mejores cartas, pero Trump, sencillamente, decidió no competir y focalizar todos sus esfuerzos en sus intentos de darle la vuelta a los resultados de las presidenciales de noviembre. Las apariciones de Trump en Georgia no fueron para apoyar a los candidatos republicanos y explicar lo que ellos iban a hacer por Georgia o por los Estados Unidos, sino que fueron usadas como plataforma para reclamar su victoria en las presidenciales y, de paso, amenazar e insultar a quienes, en el Partido Republicano, no veían con buenos ojos su estrategia, entre ellos el gobernador de Georgia, Brian Kemp. Ahora los demócratas se encuentran en una infrecuente tesitura, con la presidencia, el Congreso y el Senado en sus manos. Van a poder hacer lo que quieran (y no tendrán la posibilidad de culpar a los republicanos en caso de fracaso) y el único check que se puede interponer en su camino es el Tribunal Supremo… que prometieron ampliar para llenarlo de jueces favorables a las tesis demócratas. Un movimiento que muchos verían como la quiebra definitiva del statu quo institucional y cuyas consecuencias son imprevisibles. Biden va a tener en sus manos un inmenso poder, y por la misma razón, una inmensa responsabilidad.

Los hechos vividos ayer no son una anécdota, como tampoco lo son los violentos disturbios que asolaron los Estados Unidos a lo largo del año pasado y a los que los demócratas restaron importancia. Charles Murray, Robert Putnam, Christopher Caldwell o J. D. Vance, entre otros, llevan tiempo advirtiendo de lo rota, dividida y enfrentada que está la sociedad norteamericana, tanto que cada vez resulta más problemático concebirla como una única comunidad política. Esta violencia no nace de la nada y tampoco se desvanecerá por arte de magia, sino que persistirá. Algunos incluso hablan ya de una guerra civil en el horizonte, y aunque no se puede descartar nada, aciertan en lo que va a ser el futuro inmediato en las filas republicanas, abocadas a un conflicto interno que puede acabar con la creación de un tercer partido. Quienes seguimos con atención la vida política estadounidense no nos vamos a aburrir, y esta constatación no es precisamente una buena noticia.