Iglesias y la ‘Russian connection’

Cristina Losada

Si un vicepresidente dice que en el país de cuyo Gobierno forma parte no hay plena normalidad democrática, o tiene que dimitir o tienen que destituirle.  

2021-02-08

Serguéi Lávrov, ministro de Exteriores ruso, es conocido por su implacable defensa de los intereses de la Rusia de Putin frente a potencias rivales y sus contraataques frente a cualquier intento exterior de inmiscuirse en los asuntos rusos. El veterano diplomático se ha labrado fama de hábil, duro y cortante y, a lo largo de los años, ha logrado indignar a algunos de sus más insignes interlocutores. Con esta brevísima semblanza, queda claro que no debe sorprender que cogiera desprevenido al Alto Representante de Política Exterior de la UE, Josep Borrell –algo relativamente fácil de conseguir–, y le diera un golpe bajo con el caso de los líderes separatistas catalanes en prisión “por organizar un referéndum”. 

Lavrov propinó el golpe en réplica a la petición de Borrell, en nombre de la UE, para que Rusia ponga en libertad al líder opositor Alexéi Navalni, condenado a principios de este mes por violar la libertad condicional, tras regresar a su país después de un intento de envenenarle atribuido al Kremlin. Hace siete años, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos determinó que Rusia había violado el derecho de Navalni a un juicio justo cuando los tribunales rusos le condenaron por fraude en su actividad empresarial. De ahí que Lavrov quisiera hacer la comparación con Junqueras y el resto, mencionara decisiones judiciales contrarias a España en países europeos y dijera que, pese a ello, “España ha defendido su sistema judicial y ha pedido no dudar de sus decisiones. Eso es lo que queremos de Occidente en términos de reciprocidad”. Traducido: no os metáis y no nos meteremos

Hasta ahí, lo propio de la esgrima diplomática. Aunque, en otro orden de cosas, también es propia del separatismo catalán la pretensión de utilizar las palabras de Lavrov como prueba de algo. Del algodón ruso, quizás. Lávrov, de enterarse, seguro que se partía de risa. Cierto que la política rusa consistiría en aplastar cualquier separatismo interno y en alentar el separatismo fuera: en entornos que incordian a Moscú, como la UE, que es donde estamos nosotros. Ya se entrevió esa voluntad durante el golpe del 1-O. Sin embargo, lo que es del todo inaudito es que un vicepresidente del Gobierno español tome como pretexto lo que dijo Lávrov para asegurar que aquí no hay “plena normalidad democrática”. Entonces, cabe preguntarle para empezar, ¿qué hace un chico como tú en un sitio como ése? 

Iglesias, que querría haber mandado a todo el Gobierno Rajoy a prisión por lo de Bárcenas, la Gürtel o lo que fuera, dice que no hay plena normalidad democrática cuando los dos líderes de los partidos que gobiernan en Cataluña están en la cárcel o en Bruselas. ¿Por hacer qué? Ah, nada de nada: “Estas personas no han puesto bombas, no han disparado contra nadie”. ¿Será que poner bombas y disparar contra gente son las únicas acciones que Iglesias ve que merecen juicio y prisión? Tal vez. Depende. No queda claro. Lo único claro es que si un vicepresidente dice que en el país de cuyo Gobierno forma parte no hay plena normalidad democrática, o tiene que dimitir –sería lo honorable– o tienen que destituirle.