España en Cataluña

José María Marco

Los socialistas parecen pensar que ha llegado la oportunidad de poner en marcha su proyecto de 'Estado compuesto' o de España postnacional.

2021-02-12

El éxito electoral de Ciudadanos en 2017 llevó a pensar a mucha gente que las cosas podían empezar a cambiar en Cataluña. No ha sido así. La situación política catalana demuestra que los apoyos al nacionalismos siguen intactos, mientras que las fuerzas que podían haber constituido una alianza en defensa de la unidad de España se encuentran enfrentadas y sin capacidad para influir en la situación.

Se dirá que, a diferencia de lo que ocurría entonces, hoy ERC no preconiza ya la proclamación inmediata de la independencia de Cataluña. Y hay quien atribuye esta novedad al cambio producido en el PSOE y el PSE, reunidos ahora, por primera vez desde hace mucho tiempo, en una estrategia de pacificación. Cuestión de tiempo, tal vez: en vista del error estratégico monumental del procés y de todo lo ocurrido en torno al 1-O, los socialistas parecen pensar que ha llegado la oportunidad de poner en marcha su proyecto de Estado compuesto o de España postnacional. Con un poco de suerte tal vez consigan llevar a su redil a la Esquerra, que abandonaría el independentismo para integrarse en esa nueva España feliz promovida por el Gobierno de Sánchez. 

De ser así, es un proyecto ilusorio. Los republicanos de la Esquerra parecen dispuestos a postergar su programa máximo, pero la postergación, como hemos aprendido todos desde el 1-O, no será definitiva. Aunque si el plan se cumple se abrirán unos cuantos años, diez o quince tal vez, durante los cuales, en vez de proseguir una imposible independencia inmediata, los nacionalistas terminarán lo que se ha venido haciendo durante cuarenta años y que el procés estuvo a punto de destruir, como es la construcción definitiva de la nación y el Estado catalanes.

Los partidos que aspiran a preservar la unidad de España como nación, aunque tendrán poco que hacer en la política catalana en los próximos años, debilitados como están por el desastroso experimento, tan propiamente español, de construir una democracia sin nación que la sustente, disponen por tanto de una oportunidad a medio plazo. Para empezar, sería recomendable que los electores que respaldaron a Cs 2017 midieran bien el sentido de su voto. El hieratismo del apparátchik Illa parece tranquilizar a una parte de la opinión pública, pero la misión que se le ha encomendado, y en la que cree sin la menor sombra de duda, está bien clara: apartar lo que queda de España de Cataluña, al modo de lo que se ha hecho en el País Vasco.

Por otra parte, los partidos nacionales –es decir, no nacionalistas: estaría bien recuperar el término– deberían esforzarse por diseñar una estrategia española, a medio y largo plazo, para Cataluña. No se puede seguir tratando Cataluña, uno de los centros de vida política española, como si fuera un mundo aparte. Lo es, en cierto modo, porque la sociedad catalana tiene sus propios códigos de conducta política, pero no es en cuanto que toda la crisis catalana es la demostración de que lo que ha fallado allí es la ausencia de España.

En contra de lo que mantiene el PSC-PSOE, la única propuesta templada, e incluso centrada, sería aquella que anclara a Cataluña, no en la España postnacional con la que sueñan los socialistas (y que será el principio de su definitiva independencia), sino en otra en la que la idea nacional sirva de base, como es natural que ocurra, para el pluralismo. Pluralismo combatido en Cataluña ferozmente, mediante la censura y la violencia asumidas con la mejor buena conciencia y que son al mismo tiempo resultado de la frustración  del procés e instrumento básico, irrenunciable, para los fines del nacionalismo. Y al parecer, también para los del socialismo postnacional.