Un tábano para despertar

Agapito Maestre

Ayuso ha venido a ejercer en la política española una función parecida a la que tuvo Sócrates en la Atenas de su tiempo

2021-04-08

Después de una excelente síntesis de la prensa del día, escribía Pilar Díez en estas páginas que Isabel Díaz Ayuso “tiene un par…”. Era una precisión atinada a los melindres de algún afectado por la mayor enfermedad del actual periodismo político: el infantil columnismo de frases hechas. El amaneramiento estilístico de algunos periodistas, después de venderse al primero que les da una soldada, oculta lo evidente. En este caso lo obvio, sí, es eso que destaca con precisión nuestra compañera de página: Díaz Ayuso le pone “un par” a todas sus acciones. Tiene arrojo decisión y valor para enfrentarse al mayor entramado de poder político, económico y mediático existente hoy en España, un país en ruina, cuya principal y acaso única vía de recuperación es Madrid. Y, sobre todo, tiene coraje para defender a todos los madrileños, incluidos a quienes la desprecian. No es sectaria. 

Isabel Díaz Ayuso “tiene un par”, en verdad, porque no tiene miedo al poder que se gesta horizontalmente y contando con los contrarios. Ha dado muestras de esa virtud durante casi dos años: ha gobernado en coalición con Cs y respetando la mirada crítica de Vox. Funda poder en colaboración con otros sin perder sus señas de identidad. Esto es exactamente el mayor atributo de un político. La voluntad permanente de fundar poder. No se conforma con la gestión de los problemas, sino que todas sus decisiones están respaldadas por una voluntad férrea de aportar una visión completa sobre los objetivos de su comunidad. Es algo que comparte con la candidata de Vox. Buscan siempre el mayor bien de toda la comunidad. El resto son mandangas.

Independientemente de los resultados electorales, hallo esperanzador el ejercicio de su liderazgo, porque está terminando con el mayor vicio de su partido: el desgraciado complejo de inferioridad a la hora gobernar. Fue, junto a la colaboración del Gobierno con el nacionalismo catalán y vasco, la parte envenenada de la herencia que el PSOE de González le dejó, en 1996, a Aznar: el poder es socialista y la gestión, a veces, es para la derecha. Romper la espina dorsal de ese complejo es decisivo. Ni Aznar ni mucho menos Rajoy fueron capaces de enfrentarse a todas las miserias que impusieron los socialistas. Es claro que esta mujer no parte de cero para superar ese miedo congénito de los sectores liberales y conservadores a la hora de hacer genuina política. Algunas personas intentaron su hazaña, por ejemplo, a Esperanza Aguirre no le faltaron redaños para enfrentarse a determinados asuntos. 

Pero ahora la cosa es más dura, porque no sólo se trata de poner fin a un modelo político que ha devenido un fracaso para la democracia, sino de acabar con la democradura, un sistema dictatorial con formas democráticas, que tratan de imponer los socialistas, los comunistas y los separatistas desde hace años. A veces, tengo la sensación de que Díaz Ayuso ha venido a ejercer en la política española una función parecida a la que tuvo Sócrates en la Atenas de su tiempo: es un tábano que con sus picaduras ha despertado a “un caballo grande y noble, pero lento”. No me extraña que en otras comunidades griten: “Queremos una Ayuso”.