Mejores que nosotros

Luis Herrero Goldáraz

A veces impresiona observar lo peor de nuestro pasado y darnos cuenta de que, pese a todo, aquellos hombres que se mataron mutuamente seguían siendo mejores que nosotros.

2021-06-11

La Historia tiene cosas curiosas. Es como una de esas películas de viajes en el tiempo en las que, por tratar de retocar el pasado, se acaban generando monstruos en el presente. A veces incluso tienen lugar consecuencias sorprendentes. Gente más violentada por supuestas injusticias cometidas hace décadas que quienes las padecieron, por ejemplo. Así se llega a dar el caso de que una serie de personas con cargos de responsabilidad en la Administración pública parezcan más sectarias al hablar de una guerra terminada hace ochenta años que los que la sufrieron. El caso Juan de la Cierva es el último ejemplo. El inventor del autogiro no dará nombre al aeropuerto de Murcia por un informe que le tacha de golpista. En realidad no existen pruebas concluyentes que sostengan dicha afirmación, y hasta el diario ABC republicano que se tiraba en Madrid en 1936, cuando falleció en accidente de aviación, admiró de él que hubiese tenido "la gran virtud de encerrarse en los límites de su ciencia sin intervenir en las luchas políticas". Pero poco importa.

En los últimos días hemos sabido también que el Ministerio de Ciencia e Innovación, con el ministro astronauta al frente, ha decidido rebautizar los nombres de diversos premios nacionales, de tal manera que dejen de ir ligados a personajes como Ramón y Cajal, Gregorio Marañón, Menéndez Pidal o el propio De la Cierva. Los motivos del cambio no se han explicado, por lo que sería aventurado tildar la medida de sectaria. Lo que sí se puede decir es que es absurda, por innecesaria.

Yo no sé cómo se aproximará a la Historia la gente en estos días. No sé qué pensará, por ejemplo, de todos esos republicanos que apoyaron en un inicio a los sublevados por considerarlos salvadores de la República. Tampoco sé cómo vivió Juan de la Cierva el conflicto que comenzaba a desgarrar las vidas de sus compatriotas. No sé si sentía simpatía hacia esos militares que se habían levantado, según ellos, para restaurar el orden. Lo que sí que sé es que falleció en diciembre de 1936, cuando todavía Franco era un mero combatiente y no el dictador que impediría que en España se viviese en libertad durante cuarenta años.

Cuando ocurren estas cosas, lo primero en lo que uno piensa es en ese fenómeno que señaló Rafa Latorre en una entrevista reciente. Aquello de que la ignorancia sólo es plena cuando se han leído un par de libros. Más peligroso que un ignorante es quien "cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar", como diría Camus. Aunque también está el factor de que sentirse víctima legitima, váyase a saber por qué. Y que por eso es tan sencillo vender que todos los que combatieron en el bando perdedor fueron demócratas, aunque no lo fuesen, y motejar a quien discrepe de opresor y de fascista. Si esta es la memoria democrática que nuestros representantes del Gobierno reivindican, no quiero saber qué harán con el Pazo de Meirás y con el legado de Emilia Pardo Bazán, que ni vivió la guerra ni conoció a Francisco Franco.

Pero regresemos a Juan de la Cierva. "Es indudable que se trataba de un hombre de derechas; pero ello no constituía obstáculo para que sus actividades estuvieran enmarcadas dentro de una neutralidad exquisita… El apellido La Cierva quedará perpetuado en la historia de su país de un modo glorioso por lo que se refiere al ingeniero Juan de la Cierva y Codorníu, que ha ofrecido a la Humanidad las muestras de su extraordinaria inteligencia", rezaba el obituario que le dedicaron los rojos desde ABC. A veces impresiona observar lo peor de nuestro pasado y darnos cuenta de que, pese a todo, aquellos hombres que se mataron mutuamente seguían siendo mejores que nosotros.