La cruz del Valle no debe caer

Santiago Navajas

Es crucial que los que somos ateos, laicos y liberales (y los socialistas que no hayan perdido del todo el oremus) defendamos también el Valle de los Caídos frente al terrorismo cultural del Gobierno.

2021-08-06

Enrique Máiquez ha defendido la cruz del Valle de los Caídos frente a la destrucción iconoclasta con que amenazan los socialistas. Sostiene Máiquez que ni por motivos de memoria histórica ni estéticos o ético-políticos tiene sentido la propuesta de destruir la cruz y arramblar con el monasterio de los benedictinos, la cripta y el cementerio. Todas ellas son razones de peso que Máiquez contempla como un asunto de una fe contra otra fe pero de signo diferente. Lo ve desde una perspectiva teológica y religiosa. Pero también podemos plantear el asunto en el más terrenal campo de la historia y la política.

Por ello es crucial que los que somos ateos, laicos y liberales (y los socialistas que no hayan perdido del todo el oremus) defendamos también el Valle de los Caídos frente al terrorismo cultural que pretende el Gobierno de Sánchez. Y que nos convertiría en cómplices a todos, en cuanto que el atentado provendría de un Gobierno representativo, del que ha sido el pecado original de la izquierda autoritaria en España: una antirreligiosidad primitiva. Lo que fundamenta el anticlericalismo primario de cierta izquierda española ha sido un nihilismo que niega todo valor trascendente porque odia cualquier pasión que lleve a la construcción de algo más grande que uno mismo.

Durante la Segunda República se puso de manifiesto ese nihilismo izquierdista que llevó al fanatismo político no solo anticatólico sino antiliberal. A quemar iglesias, cerrar escuelas y expulsar a órdenes religiosas, por una parte, pero también al asesinato político, la censura de prensa y el golpismo antirrepublicano. No en toda la izquierda. José Castillejo, alma de la Institución Libre de Enseñanza de la época y él mismo un republicano laico intachable, protestó contra los ataques que desde el Estado militantemente laicista se dirigían contra los católicos. El krausismo, la corriente ilustrada que pretendía la renovación de la educación en España, combatía contra el poder pedagógico de la Iglesia católica pero desde una perspectiva liberal, animando la sana competencia y rechazando cualquier intento de censura y de adoctrinamiento desde el Estado. Castillejo defendía un respeto incondicional a la conciencia de los alumnos y una educación pública basada en la instrucción objetiva, comprometida únicamente con los valores superiores que nos unen a todos. Los krausistas se vieron envueltos en un doble frente. Por un lado, el de los católicos reaccionarios que aspiraban a seguir teniendo un monopolio educativo; por otro, el de la izquierda anticlerical que aspiraba a convertirse en la nueva detentadora de dogmas.

Si el PSOE quisiera de verdad una memoria histórica de acuerdo a los valores democráticos de la verdad, el respeto a los hechos y la reconciliación patriótica, en lugar de jugar a talibán posmoderno, debería pedir perdón por su responsabilidad en el contexto de las agresiones contra los católicos –sus vidas, derechos y propiedades– durante la Segunda República. Y, en lugar de continuar la tradición izquierdista de ataque a los símbolos católicos, debería rectificar la deriva nihilista que conduce a la polarización, dejando de usar el Valle de los Caídos como una eterna cortina de humo mediática con la que distraer de su criminal conducta en el pasado, mala gestión en el presente y pesadillesca propuesta de futuro.

El respeto al Valle de los Caídos significaría que los socialistas se han reconciliado con lo mejor de sus historia, como Julián Besteiro y Fernando de los Ríos, y que se han desprendido de sus decimonónicos clichés anticlericales. Sería un pequeño paso para los socialistas sanchistas pero un gran salto para la democracia española.