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Katy Mikhailova

Tanga, Tangana y una rasta

Vuelven a ponerse de moda las rastas en un momento en el que las ratas pierden las coletas.

Katy Mikhailova
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Vuelven a ponerse de moda las rastas en un momento en el que las ratas pierden las coletas.
Pablo Iglesias sin coleta. | Efe

Justin Bieber quiere volver a poner de moda las rastas, en un momento en el que las ratas pierden las coletas. Es un sinsentido. Desde que Beth llevara aquellas rastas safari en un talent show (la triunfita que actuó en Eurovisión con aquel "dime que es lo que puedo hacer, cómo te puedo tener …"), las rastas habían desaparecido.

Pero Bieber insiste con esta tendencia, y la red se le echa encima: apropiación indebida cultural. ¡Toma ya! Ya les hablé de las camisas hawaianas y el tequila mexicano. Suman y sigan: nos estamos volviendo, definitivamente, imbéciles. "J, por favor, infórmate sobre la apropiación cultural... No deberías llevar rastas", escriben los followers. "¿No dijiste que te estabas educando sobre la cultura negra? Entonces, ¿qué es esta tontería?", apelan. Perlas de este nivel se pueden leer en su Instagram.

Es vox populi que es un auténtico destrozo capilar y una oda a la suciedad, una rebeldía sin causa superior a las trencitas que te trenzan a pie de playa. Las rastas podrían ser un guiño a las patas de una tarántula (¿se dice patas?) y un escupitajo a la higiene. Es peor que el champú anti-casta de Pablo Iglesias, que el mostacho-pro-macho de José María Aznar y peor que el cartel de promo de Celebrity Bake Off con Chenoa y Esperanza Aguirre que competirán por el mejor postre. Sin embargo, todos tenemos derecho a llevar rastas. Que nadie nos lo quite. Y Pablo Iglesias debió hacerles honor, antes de cortarse la coleta.

Por si fuera poco, Blancanieves está en el punto de mira: vamos a reescribir el final, pues la ética feminista no comulga con manzanas envenenadas aunque usen móviles con manzanas mordidas para sus protestas.

Y si esto les sabe a poco, C. Tangana ha lanzado una marca de moda, Late Checkout, definido como un híbrido (no necesariamente ecológico y tampoco enchufable) entre el estilo "preppy" de hípica y golf, y el "urbano" de polígono y suburbio reguetonero. ¿La polémica? El precio desorbitado de las prendas. 340 euros es lo que cuesta un polo de una marca creada por un ser que ha saltado a la fama por recitar joyas de la literatura y el cante como "pa esa puta mierda ya no tengo tiempo" (‘Antes de morirme’ con Rosalía). Gongora no se lleva. Se lleva el polo del tangana, pero sin tanga, sin ganas y sin cola y con letra.

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